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Tras nuestra trilogía de relatos donde asistimos a una venta de segunda mano, y al descubrimiento de un misterio encarnado en forma de fotografías, hoy cambiamos de tercio para versionar a un clásico del cine, donde asistíamos a un Bill Murray que revivía una y otra vez el mismo día de la marmota. ¿Os acordáis de “Atrapado en el tiempo” (o “Groudhog day” en su versión original)? Pues sí: vamos a contar la historia introduciendo un teléfono móvil, donde nuestro personaje revivirá una y otra vez el mismo Hangout al que, por motivos de trabajo, ha de asistir. ¿Qué puede ocurrirle? Pues seguro que ya empezáis a intuir por dónde puede ir la historia, no en vano se trata de una pequeña adaptación de un clásico que siempre nos ha gustado mucho. Y esperamos que a vosotros os guste tanto como el relato que viene a continuación.

Atrapado en el Hangout

Relato: Atrapado en el Hangout

Un zumbido insistente y profundamente molesto se filtró entre las capas freáticas del sueño de Bill para interrumpir la cita onírica que mantenía con la chica de sus sueños, arrojándole sin miramientos a la realidad que en esos momentos le reclamaba. Abrió los ojos, alzó la cabeza unos centímetros por encima de la almohada y fijó la vista en la mesita de noche, donde su móvil berreaba espoleado por la alarma en forma de clásico despertador “flip” que había instalado unos días antes. Como si fuese el aviso para la salida de su avión, el reloj mantenía idéntico aspecto al clásico de los paneles de los aeropuertos, mostrando una hora concreta: las siete y media de la mañana.
Bill recogió el teléfono y detuvo la alarma, fijándose después en el aviso que mostraba la barra de notificaciones. “Hangout a las ocho”, leyó. ¿Por qué lo tendría apuntado como recordatorio si estaba claro que no lo iba a olvidar? “Manías de mi jefa”, pensó Bill mientras abandonaba el lecho dejando atrás las sábanas calientes y las ganas de seguir durmiendo, ignorando que el primer pie que había puesto sobre el suelo había sido el izquierdo. Él no estaba para absurdas supersticiones ni para otro asunto que no fuese pensar en su jefa, habiendo permanecido en su mente desde la profundidad del sueño hasta la levedad del estado consciente, donde seguía revoloteando por su cabeza como la imagen de una mariposa que sólo muestra su lado más bello. “Si no fuera por ti, Andie, mandaba a la mierda el puñetero Hangout”.
El resto del tiempo hasta que comenzó la videoconferencia transcurrió sin nada reseñable. Un lavado ligero de cara, desayuno frugal a base de café americano recién hecho, preparación del ordenador haciendo extensibles dichos preparativos a la iluminación del entorno y de los objetos que quedaban en plano justo a la espalda de su futura posición, cambio de la camiseta de dormir por una camisa mucho más formal… Rápidamente se echó encima la hora, sentándole frente al ordenador mientras los nervios batían el café en su estómago. Aguardó la invitación, la aceptó y entró en antena junto al resto de asistentes a la videoconferencia, encontrándose entre ellos su amada jefa y moderadora: Andie. Esta le saludó presentándole al resto de invitados, algunos de los cuales ya conocía del consejo de administración. Minutos después, cuando la reunión ya abordaba los puntos claves, Bill cayó en la cuenta de que apenas tenía batería en el portátil, con el desastre que eso supondría a media conferencia. Se disculpó levantándose de la silla, recogió el cargador que guardaba dentro del maletín que reposaba en el suelo, se metió bajo la mesa para enchufarlo a la toma de corriente y allí, con las prisas, y por una mala jugada del destino, se electrocutó, perdiendo el conocimiento.

La alarma chirrió desde la mesita de noche anunciando un nuevo día y Bill, profundamente dormido justo antes de que sonase, dio un pequeño respingo entre las sábanas alzando la cabeza para ver la hora. Las siete y media marcaba el reloj “flip” que había descargado como despertador, ejerciendo su función en apaisado gracias a un soporte sobre el que se sustentaba el teléfono sobre la mesita. Bill recogió dicho teléfono y observó el aviso de la agenda, leyendo aquel “Hangout a las ocho” como si el mensaje le trajera un recuerdo lejano pendiendo en un precipicio gracias a un hilo tan fino como su propia memoria. “Qué raro”, pensó irguiéndose para poner los pies sobre el suelo, primero el izquierdo. “Debía de estar soñando con esto mismo porque es como si lo viviese de nuevo”. La sensación de déjà vu le acompañó durante toda la preparación del desayuno y del propio Hangout al que debía de enfrentarse, dejando paso antes de las ocho a su propia imaginación. “Cómo irá vestida Andie?”. Bill ya lo sabía, aunque el visualizarla le permitía a su imaginación desbordarse y deleitarse con el vestido de ejecutiva y falda por las rodillas. “Si sólo pudiese atreverme…”. La invitación cortó de raíz su ensimismamiento, accediendo a la videoconferencia y a la ronda de presentaciones. Allí se encontró con algo extraño: había miembros del consejo que no conocía y que, extrañamente, le parecían familiares, igual que las palabras de la propia Andie.
—Aquí está George Martin, vicepresidente de Luther Systems —el tal George levantó la mano cordialmente—. Y aquí tenemos a Sandy Bridge, presidenta de la misma compañía.
Bill ya no prestó atención al resto de las presentaciones. Su portátil anunciaba el desastre, marcando el inicio de la cuenta atrás antes de agotar la batería y dar al traste con la reunión a distancia. Así que inició los trámites de carga y, justo antes de arrimar el enchufe a la toma de corriente, sintió una corazonada. ¿Por qué se imaginó que se electrocutaría? No tenía ni idea, por lo que enchufó tranquilamente el cable. Electrocutándose.

Las siete y media de la mañana dieron paso a la alarma del teléfono de Bill y a los primeros rayos de sol colándose por la ventana, rompiendo bruscamente su estado de sueño para ponerlo en pie sobre el colchón. Se miró las manos esperando verlas ennegrecidas por la electrocución, pero estaban completamente limpias y sanas, igual que el resto de su cuerpo. Su respiración era igual de normal. Bueno, no tan normal: los nervios por el déjà vu se hicieron demasiado patentes, dejándole claro que aquello ya había ocurrido antes. Bill echó la vista atrás mientras trataba de calmarse y se encontró con dos rastros casi idénticos en la memoria que hacían referencia al Hangout marcado a las ocho. “¿Realmente lo tengo?”. Bill recogió el móvil de la mesita, apagó la alarma, que aún seguía chirriando, y observó la nota que le avisaba de alerta. Y allí estaba: “Hangout a las ocho”.
Dio dos pasos saltando de la cama por el costado contrario al habitual y aterrizó sobre el pie izquierdo, disponiéndose a retomar su rutina diaria aseándose antes de preparar el desayuno. Pero, justo a la hora del café, decidió cambiarlo todo. En lugar de café americano se sirvió una taza de whisky hasta el borde, lo acompañó con unas nubes de azúcar que guardaba en el armario y decidió sumergir unas cuantas dentro de la bebida, obteniendo el perfecto desayuno de los campeones borrachos. Dio bandazos por el comedor mientras se acababa la taza a generosos tragos y se sentó con un suspiro delante de la pantalla del portátil, entrando por los pelos en la videoconferencia.
—¿Te pasa algo? —Le preguntó Andie a través de la ventana. Su preocupación parecía sentida, alcanzándole a Bill en el mismo corazón—. No te veo muy bien. Podemos aplazar el Hangout si quieres.
—Tranquila —respondió Bill cerrando el aviso de la batería—. Estoy perfectamente.
Todos discutieron durante diez minutos sobre el estado de la empresa y de la propuesta de Luther Systems por entrar en el accionariado, hasta que a Bill se le apagó el portátil quedando fuera de la conversación. “Hala, a ver qué ocurre ahora”, pensó Bill tranquilo apurando la taza de Whisky. Apenas sintió el quemazón por la garganta de tan anestesiada como la tenía, aunque sí que escuchó el timbre de la puerta, que comenzó a sonar insistentemente como si le reclamasen con urgencia.
—¡Ya voy! —Gritó Bill levantándose de la silla—. ¿Quién será a estas horas?
No lo supo ese día. De tan borracho como estaba, sufrió un pequeño mareo al erguirse, perdiendo el equilibrio para dar con su cuerpo contra el suelo. La cabeza dio un latigazo espoleada por el movimiento de la espalda y, tras restallar sin ningún sonido, impactó en la tarima con un temible crack, haciéndole perder el conocimiento.

“Estoy harto ya”, pensó Bill apagando la alarma con enfado. “¿Qué coño está pasando?”. Bill no lo sabía, pero de lo que sí estaba seguro era de que no le seguiría más el juego a ese destino que día a día se empeñaba en jugar con su existencia. ¿Por qué se repetían constantemente las mismas horas de aquel día de mayo? Lo pensara como lo pensase sólo llegaba a la conclusión de que, o estaba loco, o había llegado al fin del mundo, decidiendo que no iba a dejarse amilanar por aquel tejemaneje del que era objeto. Fuese quien fuese el que manejara los hilos, se los recortaría aunque se le fuera la vida encontrando las tijeras.
Bill salió de su casa sin asearse, sin prepararse el desayuno y sin iniciar los preparativos para el Hangout, abandonando su hogar con la única compañía de su teléfono móvil. Bajó raudo las escaleras y puso los pies en la calle, izquierdo primero, caminando deprisa en la primera dirección que se le ocurrió, justo a mano izquierda. Siguió por la acera cruzando dos pasos de cebra casi sin mirar, teniendo como único objetivo el alejarse lo más posible de su casa. Cruzó un tercer paso de cebra, este con semáforo en verde para los peatones, y se adentró por la acera de enfrente, pasando junto a unos obreros en plena mudanza. Estaba tan absorto en su huida que ni escuchó los avisos que le dirigían los obreros ni los gestos para que se apartara de debajo del piano, cayendo este a plomo sobre su cabeza tras la extraña rotura de la cuerda que lo sujetaba.

Al quinto día Bill decidió no levantarse de la cama. Según estimó tras pensar durante los diez minutos que llevaba despierto, el desvanecimiento ocurría por sucesos acaecidos más allá del dormitorio por lo que, dedujo, estaría a salvo si no salía de la cama. ¿Qué le podría ocurrir en ella? Ni iba a tocar enchufes ni había posibilidad de que le cayera un piano en la cabeza. Sólo cerraría los ojos, dejaría que le llegase el sueño y traspasaría la frontera de ese Hangout al que no pensaba asistir, creyendo que con ello abandonaría el bucle temporal al que se había visto arrojado. Así que cerró los ojos, dejó la mente en blanco, sintió como la tierra bajo su conciencia se hacía cada vez más blanda, abrió los ojos una última vez para observar que ya eran las ocho y se durmió.

Levantó los párpados descubriéndose en un mar de chirridos bañado por el sol aún tímido de las primeras horas de la mañana. Alzó la cabeza conteniendo la respiración, plantó la mirada en las láminas negras de la pantalla que contenían aquellos números blancos y enormes y su desilusión le arrojó de nuevo sobre la almohada. Eran las siete y media del mismo día de mayo. “¿Qué coño está ocurriendo?”. Bill sentía que su cordura se esfumaba por una fuga cada vez más grande de sus pensamientos, estando estos más ocupados en desentrañar el misterio que en asimilarlo, convirtiendo sus actos en algo más propio de un loco que de un ejecutivo a punto de reunirse virtualmente con su jefa encarnada también en amada. Y fruto de esos devaneos mentales se le ocurrió quedarse en la cama sin dormir para comprobar que, tal y como pensaba, retrocedía al inicio del día tras quedarse inconsciente, ya fuera por un golpe o por el mismo sueño. Así que, si no dormía, y tampoco salía de la cama, no habría nada que consiguiese alterar el fluir natural del tiempo. Y eso hizo. Bill se mantuvo boca arriba con los ojos lo más abiertos que pudo, mientras por su mente desfilaban posibles explicaciones para aquel misterio. ¿Estaba muerto? Parecía improbable. ¿Seguía durmiendo? Bill se pellizcó en la barriga sintiendo al momento el dolor punzante del pellizco, lo cual daba al traste con las dos teorías planteadas: la de la muerte y la del sueño. Entonces, ¿por qué no podía traspasar la frontera del Hangout? Estaba claro que había algo más poderoso que su voluntad empeñado en que rememorase constantemente las dos primeras horas de aquel día del mayo, tal y como quedó demostrado a continuación. Por una cadena de desdichas que fue sucediéndose cuan hilera de fichas de dominó, el vecino dio un portazo en la habitación contigua al dormitorio de Bill, consiguiendo que temblase toda su casa. La pared acumuló gran parte de las vibraciones traspasándolas a la estantería con libros anclada justo encima del cabecero de la cama, uno de los volúmenes se movió hacia adelante perdiendo el sustento de la balda, el libro se precipitó en caída vertical hacia la cabeza de Bill y este vio venir al libro sin dar crédito a que aquello pudiera ocurrir realmente. Para su desgracia, no tuvo tiempo de apartarse. Pero no fue lo peor: el libro que le abrió la frente era el más gordo de toda su biblioteca: un Quijote ilustrado en un solo tomo. Para colmo, en tapa dura.

Bill se levantó de la cama a toda prisa vistiéndose con la misma celeridad para salir de casa antes que diesen las ocho menos veinte. Corrió por la acera prestando atención a todo lo que podía provocarle algún peligro sin detenerse en ningún momento ni mirar atrás, hasta llegar a un descampado protegido por una valla donde la hierba era la única inquilina en aquellas dos hectáreas de terreno sin urbanizar. Además de unos niños que jugaban al béisbol en la otra punta del descampado y por los que Bill ni siquiera se preocupó. Miró su reloj, comprobó que eran casi las ocho y fue a sacar su teléfono del bolsillo. ¿Por qué no hacer el Hangout en la calle? Así se evitaría los peligros de su casa y podría completarlo con éxito, siendo, quizá, la llave que consiguiese abrir la salida de emergencia al exterior del bucle temporal. Pero Bill huyó demasiado rápido del piso: se le había olvidado recoger el teléfono. También había errado en la elección del lugar recibiendo, para su desgracia, el impacto de una pelota de béisbol. Como no podía ser de otra manera, dicho impacto fue en la cabeza.

“Ahora no me ocurrirá nada”. Había repetido la espantada asegurándose de que aquella vez sí que tenía el teléfono, yendo hasta el mismo descampado, protegiéndose tras la valla de madera y permaneciendo aislado en la única esquina de la calle por la que no transitaban ni vehículos ni gente. ¿Qué podía pasar? “Nada”, se dijo Bill aceptando la invitación al Hangout desde el móvil. “No me puede ocurrir nada”.
—Aquí está George Martin, vicepre…
—Vicepresidente de Luther Systems —terminó Bill cortando a su jefa. Esta puso cara de sorpresa—. Y la que está al lado es Sandy Bridge, ya los conozco.
—Imposible —dijo la aludida. Esta, más que sorprendida, se mostró molesta. Aunque Bill apenas podía percibirlo por el reducido tamaño de la pantalla de su móvil—. Yo a este señor no le conozco de nada.
—Bill, explícame esto.
—¿Sabes qué es lo que te tengo que explicar? —Bill se propuso sincerarse con Andie sabiendo que, al día siguiente, todo volvería a repetirse como si nunca hubiese sucedido. ¿Qué podía perder?—. Andie… —Su nombre se le atragantó en la garganta, cerrando el paso a cualquier otra palabra—. Yo…
—Espero que, por el bien de tu trabajo, tengas una explicación coherente para tu comportamiento —al ver que Bill seguía callado le espetó—. ¡Responde de una vez! ¿Qué es lo que te pasa?
Fue imposible. Por más que intentó confesarle sus sentimientos estos se resistían a abandonar el refugio cálido y tranquilo del que disfrutaban en su corazón, dándose por vencido tras varios e infructuosos intentos.
—¿¡No dices nada!? —Andie estaba furiosa, habiéndose alejado cualquier rastro conciliador de sus intenciones—. Pues está bien. No hace falta que vuelvas a la oficina, te enviaremos tus cosas dentro de una caj…
No pudo escuchar más. La misma pelota del día anterior, o del mismo día, le impactó en la cabeza tras trazar una parábola imposible y haber conseguido una caída totalmente en vertical salvando la valla que le servía de parapeto, dejándole claro una cosa a pesar de su inminente inconsciencia: no podía escapar al bucle de su destino. Ni al Hangout.

Bill abrió los ojos, apagó la alarma, saltó de la cama poniendo primero el pie izquierdo sobre el suelo y se dispuso a realizar los quehaceres mañaneros, poniendo especial atención en los pequeños detalles. Se lavó a conciencia la cara sintiendo el frescor del agua de mayo, dejando que sus ojos se relajaran tras el madrugón que los había arrojado del sueño a las siete y media de la mañana. Se masajeó las mejillas y se secó con la toalla, aspirando el aroma a limpio que desprendía la tela al contacto con el agua. Abandonó el baño acudiendo a la cocina y repitió con detenimiento las tareas, dejándose embelesar por los olores a café recién hecho y por el sonido que hacía la cafetera al absorber las últimas gotas del depósito, retirando después la jarra para llenarse una taza con el líquido negro todavía humeante. Pasó a cambiarse de ropa abandonando su camiseta de dormir y se fijó en las líneas de su cuerpo, quitándole peso a los pequeños depósitos de grasa que se acumulaban a ambos lados de sus aún marcados abdominales. Dejó los preparativos y ocupó su asiento junto al ordenador, dispuesto a celebrar una vez más el dichoso Hangout.
—Hola Bill.
—Hola —este saludó a Andie con una sonrisa—.
—Aquí está George Martin, vicepresidente de Luther Systems. Y aquí tenemos a Sandy Bridge, presidenta de la misma compañía.
—Hola —saludó repetidamente Bill. Y se dispuso a dar el paso—. Ahora que estamos aquí reunidos voy a hacer una revelación —el resto de asistentes al Hangout enmudeció esperando una lección maestra de cómo cerrar un negocio, Andie incluida—. Quiero confesar lo mucho que quiero a esta mujer —su jefa y la presidenta de Luther Systems abrieron la boca para decir algo sin que realmente fuesen a decirlo, a sabiendas que eran las dos únicas mujeres de aquella videoconferencia—. Andie, estoy enamorado de ti desde hace meses, antes incluso de entrar en el consejo —la jefa quiso desconectarle del Hangout, pero el pánico, y la incertidumbre, se lo impidieron—. Eché la solicitud sólo para estar cerca de ti. Para poder vernos como excusa del trabajo. Y ahora, aunque sé que confesándotelo no voy a ganar nada, no puedo seguir sin decírtelo: te quiero —Andie apagó su cámara en un intento de que el resto no viese su sonrojo. Aunque no apagó ni silenció a Bill. Esta vez, por decisión propia—. Te quiero, te amo, no puedo vivir sin ti. Y como sé que tampoco voy a hacerlo, voy a matarme.
Andié apretó de nuevo el botón volviendo a su estado original, en un intento vano de evitar una tragedia.
—¿¡Qué vas a hacer!? ¡Tranquilízate!
—Adiós.
Bill giró el portátil poniéndolo de cara a la ventana y suplicó mentalmente por que no se apagase antes de llevar a cabo su alocado plan. Se levantó de la silla y avanzó hacia dicha ventana, asegurándose de que en todo momento seguía estando en plano. Abrió las hojas de cristal estirando del tirador hacia adentro y subió con cierta dificultad el pie izquierdo al alféizar para situar después el cuerpo al completo, quedando a un paso de caer por el vacío. Se despidió con la mano de la pantalla de su ordenador, donde se agolpaban horrorizados los asistentes al Hangout, y soltó las manos del marco de la ventana, cayendo hacia adelante sin oponer ninguna resistencia.

Las siete y media. La alarma chirriaba. El sol se colaba invitando a disfrutar del día. Bill apagó mecánicamente el despertador. Se restregó los ojos. Levantó ligeramente la cabeza. Recogió el teléfono. Miró las notificaciones. Y se topó con algo extraño que desterró por completo su desidia, descubriendo sorprendido que la notificación de la agenda había desaparecido. Desesperado, desplegó y plegó la barra de notificaciones sin encontrar la tan familiar alerta, pasando a buscarla en la aplicación de la agenda para darse cuenta, posteriormente, de que no sólo había desaparecido el Hangout, también había cambiado el día, arrojándole al mañana después de haber vivido repetidamente un hoy en bucle. Pero eso no fue lo más extraño. Debido al movido despertar de Bill, había despertado a otro inquilino de la misma cama, que se desperezaba suavemente mientras mantenía su cuerpo oculto bajo las sábanas.
—¿Quién…? —Bill no daba crédito a aquello. Paralizado, concluyó—. ¿Quién hay?
Una cabellera negra con rizos asomó de debajo de las sábanas como una mariposa emergiendo del capullo, dando al traste con todas las posibles reticencias ante el encuentro con un desconocido en cama propia. Que ni siquiera lo era: ni hombre ni extraño, apareciendo una sonriente Andie que, a pesar de lo terrenal de su somnolencia, a Bill le pareció un mismo ángel.
—¿Me haces un café? Me muero por uno.
Bill obedeció. Temeroso de que se deshiciera el encanto, y sin atreverse siquiera a pellizcarse, se irguió en la cama observando de reojo el bulto que hacía el cuerpo de Andie bajo las sábanas. Descolgó las piernas por el costado de la cama contrario al de su improvisado acompañante, puso el pie derecho sobre el suelo y encauzó la rutina diaria, habiendo cambiado ya para siempre.

Relato: Atrapado en el Hangout

2 comentarios

  1. Versión en relato de Atrapado en el tiempo: Atrapado en el Hangout, interesante. Me encanta vuestra web.

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