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Como buen relato de los domingos que es, el de hoy aspira a convertirse en una lectura relajada de tarde, siendo algo necesario tras el ajetreo que muchos habréis tenido la noche del sábado. Refranes populares aparte, no cabe duda de que la noche del sábado es propicia a las relaciones sociales que van mucho más allá, marcando el punto de partida de relaciones a largo plazo y de aquellas que no sobrevivirán a la mañana del domingo. Y seguramente os estéis preguntando ahora: ¿qué tiene esto que ver con los teléfonos móviles? Bien: como ocurre en todos los ámbitos de la vida actual, este gadget se ha vuelto omnipresente, apareciendo hasta cuando no se le necesita. Y si no que se lo pregunten a nuestros protagonistas, que recordarán la noche del sábado como una de las más aciagas de sus vidas. Aunque sólo lo sabréis si leéis hasta el final del relato, que justamente empieza tras la habitual foto de nuestra sección.

Relato: Coitus interruptus tecnologicus

Coitus interruptus tecnologicus

El sábado había tocado a su fin hacía apenas cuatro horas, pero aún quedaba lo mejor de la noche para las improvisadas, y momentáneas, parejas que abandonaban entre arrumacos aquel vetusto bar de copas. El garito había visto mejores tiempos que aquellos en los que le tocaba vivir, pero tampoco podía quejarse: cada fin de semana permanecía lleno de gente perteneciente a todos los estratos sociales, edades y condiciones sexuales, habiéndose ganado a pulso la fama de local ecléctico y de ligoteo. Como atestiguaban Santiago y Zoe que, tras varias semanas sintiendo dentro el vacío de la soledad carnal, decidieron probar suerte dejándose arrastrar por sus respectivos amigos hasta aquel recinto, acabando unidos gracias a la telaraña invisible que tienden el alcohol y el deseo. Dos horas más tarde, dejaban atrás el local, a sus amigos, a los cubitos de hielo derritiéndose con parsimonia en las copas a medio beber que permanecían abandonadas sobre la barra y se Introducían en el coche de Santiago, no sin antes darse un repaso bucal a fondo arrastrándose por todo el lateral del vehículo.
—¿Dónde vamos? —preguntó Santiago tras serenarse lo suficiente como para encontrar las llaves por sus bolsillos e introducirlas en el contacto. No pudo evitar estremecerse al imaginar el paralelismo entre la acción de las llaves con el contacto y lo que a él le esperaba al final de la noche—. ¿A tu casa o a la mía?
—Mejor a la tuya —respondió Zoe arreglándose el pelo mientras se miraba en el espejo de la visera del copiloto—. Vivo con una compañera de piso que está estudiando para una oposición —se reclinó en el asiento tras abrocharse el cinturón, adoptando una posición relajada y, según se le antojó a Santiago, tremendamente sensual—. ¿Te puedes creer que no sale ni siquiera los sábados?
—Está bien estudiar —respondió Santiago arrancando el coche—, pero también es necesario salir de vez en cuando.
—Eso mismo pienso yo.
El transcurso del viaje fue tranquilo y distendido, pasando rápido el cuarto de hora escaso que distanciaba el bar de copas de la casa de Santiago mientras ambos picoteaban entre diversos temas personales sin ahondar en lo que sucedería una vez llegados a destino; a pesar de que los dos permanecían deseosos de hablar de ello. Aunque, sobre todo, de poner en práctica lo que se les pasaba por la imaginación, temiendo que estuviesen demasiado oxidados como para mantenerse a la altura de las circunstancias. Circunstancias que se desencadenaron una vez Zoe y Santiago se presentaron ante la puerta del domicilio de este último, creciendo una ola de nervios tal en el interior del chico que no hubiera podido acertar en la cerradura con la llave por más intentos que le brindara la paciencia de Zoe. Aunque, por fortuna para él, no necesitaba usar ningún tipo de llave, teniendo ante sí la oportunidad de crecerse como macho alfa. Y no la desaprovechó, ignorando que fue el desencadenante de toda la serie de despropósitos que tendría lugar durante los veinte minutos posteriores.
—¿Sabes que puedo abrir la puerta con el móvil? —dijo Santiago dirigiéndose a la chica con una sonrisa pícara mientras trataba de que los nervios no torcieran su gesto en una mueca—.
—¿Y eso? —preguntó Zoe—.
Ante la curiosidad de ella, Santiago se envalentonó, decidiendo atacar con su lado más geek.
—La cerradura tiene un mecanismo de apertura por NFC que sólo se abre con el móvil que conoce la combinación —Zoe miraba atenta a Santiago esperando a que abriese de una vez la puerta, sin mostrar su ansia por pasar a unos preliminares más jugosos que una lección de burda tecnología—. Ya verás. Inicio en mi móvil la aplicación, escribo la contraseña de la cerradura que tengo que abrir —el chico ejecutaba las acciones sobre el teléfono conforme las decía—, pongo el móvil sobre el pomo de la puerta… y se abre.
Santiago ejecutó el truco como los mejores magos, cargando su actuación con ciertas dosis de misterio y rematándola con una pose a la que sólo le faltaba un golpe de platillos. Aunque a la cerradura no pareció impresionarle la ejecución, manteniéndose bloqueada cuando Santiago echó mano del pomo para abrir, bloqueando a su vez la apertura de la puerta.
—Probaré otra vez, que a veces da problemas.
Zoe le miraba tratando de no reírse por su fracaso, aunque la situación dejó de ser cómica tras el décimo intento; y después de ver que, conforme pasaban los minutos, el cansancio, el aburrimiento y la impotencia pasaban factura a su deseo, que se esfumaba como el perfume vaporizado sobre un puñado de tierra.
—No sé qué pasa —comentó Santiago nervioso—. Siempre se ha abierto a la primera —revisó la configuración ante la mirada hastiada de Zoe, dando con el problema tras un rato de angustiosa búsqueda—. ¡Ya está! Resulta que no tenía el NFC activado y la aplicación no me lo dijo —tocó el pomo de la puerta con el móvil, pareciéndose más al mago que se consuela con que le salga una vez su magia que a aquel que está acostumbrado a que le aplaudan cada truco. Esta vez, la cerradura emitió un sonoro “clic” tras el toque, anticipando la posibilidad de abrir la puerta—. Pasa.
Santiago abrió la puerta de su domicilio con una mano mientras tendía la otra hacia adelante indicándole a Zoe que pasara. Ésta obedeció gritando mentalmente un “¡por fin!” mientras ponía los pies en casa de su ligue, encontrando que aquella casa estaba mucho más ordenada y limpia de lo que cabría esperar en un chico como él. Sólo había dos razones: o Santiago era una persona ordenada o lo había limpiado todo con vistas a una posible relación íntima. Aunque pronto dejó de pensar en aquellas dos posibilidades para centrarse en un aspecto que le inquietó todavía más: aquel piso estaba demasiado oscuro. Y su anfitrión no había encendido la luz, siendo algo extraño si se tenía en cuenta que ambos estaban ya dentro. Zoe se giró en redondo con la intención de pedirle explicaciones a Santiago, y se encontró con que éste permanecía enfrascado en el manejo de su móvil, pareciendo ajeno a la situación.
—¿¡Qué haces!? —Preguntó Zoe sin poder disimular su temor—. ¿¡Por qué no enciendes la luz!?
—Lo estoy intentando —respondió Santiago sin levantar la vista del móvil—. Pero no lo consigo.
—¿¡Estás intentando encender las luces desde el móvil!?
—Sí —asintió Santiago tratando de encontrar una explicación lógica al problema—. Es que mi casa es domótica, y…
—¿Domo… qué?
—Domótica. Que se maneja de forma electrónica, automática y eficiente. Tengo los controles en el móvil, pero no van.
—¿Manejas las luces con el móvil? —A Zoe le sonaba demasiado surrealista como para aguantar estoica aquella situación, colmando su paciencia y dando al traste con las ganas de rematar la noche entre los brazos de Santiago. A pesar de que le encontraba tremendamente atractivo, aquella obsesión enfermiza con hacerlo todo desde el móvil le pareció demasiado—. ¿En serio?
—Sí. Aunque no sólo las luces —Santiago dio con el problema y activó la iluminación de la casa, deseando que con ello se hubiera inaugurado lo mejor de la noche. Pero no fue así—. También puedo controlar la calefacción, el aire acondicionado, las persianas, la inclinación de la cama…
—¿¡La inclinación de la cama!? —Repitió Zoe enfatizando la frase—.
—Sí —el pobre Santiago no sabía cómo solucionar el desastre, pero intentó dar un golpe de efecto con la instalación que había preparado exclusivamente en su dormitorio—. Puedo inclinar la cama tocando la pantalla de la aplicación. Incluso puedo hacer que vibre.
—¿¡Que vibre!? —Aquello era demasiado para Zoe que, avanzando los pocos pasos que le separaban de Santiago, se puso a su altura para abrazarle y darle un beso sencillo en los labios—. Mira, cariño —él la miraba sin saber ni qué hacer ni qué decir, esperando el desenlace de la actuación de la chica—. Me gustas. Y me apetecía mucho revolcarme contigo. Pero esto ya es demasiado.
Se separó del cuerpo de Santiago y avanzó hacia la puerta, dejándole rebuscando entre posibles argumentos para detenerla sin encontrar alguno fuera convincente. Santiago trató de avanzar detrás de la chica dando un paso, pero, justo en ese instante, ella se volvió soltando su alegato final. Tan rotundo y pesado como una losa.
—Si quisiera que la cama vibrara, me iría a mi propia cama —Zoe asió el pomo de la entrada, aquel pomo que había dado al traste con su libido y con su noche, y acompañó la puerta en la maniobra de escapada—. En la mesita de noche tengo vibración de sobra.

Relato: Coitus interruptus tecnologicus

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