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¿No os parece que el domingo es perfecto para dejarse atrapar por la lectura? El día transcurre a un ritmo pausado, casi tedioso, convirtiéndose en el mejor momento de la semana para dejarse embriagar por las líneas de una historia escrita con inteligencia y grandes dosis de entretenimiento. Al menos es a lo que aspiramos en FAQsAndroid, estrujándonos el cerebro para entregaros un relato donde siempre hay un móvil de por medio. Y el que hoy nos ocupa es realmente misterioso, siendo la continuación de la historia que ya iniciamos la semana pasada. ¿Os apetece saber cómo continúa? Pues aquí la tenéis, la segunda parte de una trilogía que se anticipa trepidante.

Como es lógico, es necesario haber leído antes la primera parte, estando justo en este enlace. Si todavía no la habéis leído, o queréis refrescar la trama, debéis de echarle un vistazo antes de continuar.

Relato: El destino siempre tiene cobertura

El destino siempre tiene cobertura

Diego revisó una a una las fotos de la galería encontrándose en la gran mayoría de ellas; siempre en segundo plano, alejado de la cámara y sin ser capaz de distinguirse a no ser que aplicara el máximo nivel de zoom posible. Asustado, e iracundo, trató de hilar las posibles razones ante tal intrusión de su intimidad, consiguiendo un cordel débil, quebradizo y sin opciones de levantar una conclusión en firme. ¿Para qué querría Miguel, el dueño del móvil, hacerle fotos a escondidas? ¿Por qué no las habría borrado si sabía que iba a venderle el teléfono con todas esas pruebas que le delataban? Y muchas más incógnitas que se apelotonaron en su cabeza como los niños a la salida de un colegio, peleándose por salir en primer lugar en cuanto hubiese un resquicio por el que traspasar la verja. Pero no lo había. O, por más que pensaba, era incapaz de encontrarlo.
“No tiene ningún sentido”, pensó Diego depositando hastiado el móvil sobre la mesa, que se mantuvo unos segundos con la pantalla encendida como si se burlara así de su incapacidad para resolver el misterio. “Qué va, ningún sentido. Primero, a Miguel no le conozco de nada, por lo que no tendría razón para espiarme y hacerme fotos. Segundo, si hiciera algo tan extraño y poco común, habría tenido la precaución de borrar las pruebas”. El tiempo pasaba impasible mientras, en la calle, el manto de la noche caía tan progresivo y pausado como una llovizna de primavera, inundando lentamente todo aquello con lo que mantenía contacto. Comedor de Diego incluido, que pronto se vio inmerso entre tinieblas sin que la mente de su dueño dejase de dar vueltas en torno al astro dominante en el que se había convertido aquel misterio. ¿Qué podía hacer? Estaba claro que poca cosa aparte de contactar con el antiguo dueño, quedando excluido el mantenerse de brazos cruzados. Así que Diego se puso manos a la obra. Descargó la aplicación del servicio de compraventa en su funesto nuevo móvil, inició su cuenta, pulsó sobre los últimos movimientos y en el botón de contacto con el vendedor que le brindaba el sistema. Acto seguido, se abrió el cuadro de inserción de texto correspondiente al mensaje, invitando a la queja, al reproche o a la solicitud de explicaciones. También los tres juntos, claro, algo a lo que Diego se dedicó los cinco minutos siguientes.

Hola, Miguel.
Soy Diego, el comprador del móvil que has entregado en mano hoy. Me he encontrado con un problema, y me gustaría que me dieses una explicación. No has borrado las fotos que hiciste con el móvil estando todas, o al menos una parte, en la galería. No he podido evitar mirarlas y descubrir algo que no hubiese imaginado en la vida. ¿Por qué aparezco yo en la mayor parte de las fotos? ¿Qué haces espiándome? Quiero que me des una explicación convincente de tu actitud. Si no, me veré obligado a denunciarte a la policía.
Diego.

Revisó varias veces el mensaje por si fuera demasiado amenazante o descortés, pero no se le ocurrió otra manera de pedir explicaciones más que aquella tan directa. Así que pulsó sobre el botón de enviar y aguardó impaciente la respuesta mientras procedía a cerrar las cortinas del comedor y a encender las luces del mismo, recibiéndose la notificación de respuesta pocos minutos después. Miguel se había dado mucha prisa, algo que no encajaba en una persona que escondía una actitud bochornosa.

Hola Diego.
No tengo ni idea de qué hacen esas fotos allí. Supongo que no te creerás mis explicaciones a la primera, pero te juro que no he mirado el teléfono ni si tenía algo en la memoria. Ese móvil se lo compré a una chica hace una semana y lo revendí casi sin tocarlo. Mándame tu número de teléfono y te llamo para contarte toda la historia, no quiero que pienses nada raro de mí.

Diego obedeció respondiendo al mensaje con su número de teléfono. Tomó asiento de nuevo, trató de serenarse poniendo en claro todas sus ideas, respiró y exhaló hondo varias veces, alzó los brazos cogiéndose las manos en alto para estirar posteriormente los músculos de la espalda y, antes de que concluyera sus estiramientos, el teléfono comenzó a sonar como ese mensajero que acaba llamando a la puerta tras haberle esperado durante varias horas. Sólo que ni habían transcurrido horas ni era un augurio de la alegría ante el recibimiento de un paquete.
—¿Diego? —La voz de Miguel sonaba algo distinta del otro lado de la línea, aunque resultaba reconocible. No había ningún deje extraño en el tono, ni siquiera nerviosismo—.
—Sí, soy Diego —articuló las palabras mínimas esperando a que el interlocutor se explicara por sí mismo—.
—No sé qué es lo que hay en el teléfono, pero ninguna de esas fotos las he hecho yo.
—Pero si era tuyo, ¿no? —Diego trató de serenarse. La impotencia de sorprenderse en algo tan macabro estaba dejando paso a la furia—. Me has vendido tu móvil, todo lo que había allí era tuyo.
—No exactamente.
Miguel le explicó a Diego con pelos y señales toda la historia, descubriéndole las vicisitudes del teléfono durante todo el tiempo que había estado sus manos. Resultó que aquel móvil sólo había sido suyo por una semana, tras habérselo comprado a una chica que estaba desesperada por venderlo. Al parecer, tal desesperación incitó una venta relámpago, aceptando el primer precio que le ofrecieron. Y ese había sido el de Miguel que, sorprendido, se vio con un móvil demasiado barato, estando impoluto y con la caja y accesorios intactos; tal y como comprobó después tras el intercambio con la dueña. Como Miguel le explicó a Diego, dicho intercambio se había producido en el descampado que ya conocía justo una semana antes de que llevaran a cabo el suyo, llevándose a cabo sin ningún tipo de contratiempo. Aquella chica, además de guapa según las propias palabras de Miguel, era algo tímida aunque decidida, realizando el proceso de compraventa sin titubeos y de una manera muy directa. Apenas se dijeron palabras más allá de los saludos y de algunos datos acerca del teléfono, abandonando el descampado minutos después de encontrarse.
—Ella fue muy puntual —añadió Miguel recordando más detalles—. No es que yo me retrasara mucho, pero ya estaba allí cuando llegué yo, apoyada junto a su coche mientras trasteaba con algún tipo de aparato. Una cámara compacta, juraría —Miguel aventuró suposiciones, sin saber muy bien si esto ayudaba o no a Diego—. La guardó una vez salí del coche, sin que hiciera alusión a ella ni a nada más que al teléfono. Juraría que tampoco estaba demasiado interesada en el dinero que iba a pagarle.
—¿Y cómo se llamaba? —Preguntó Diego cada vez más confuso—.
—Laura. Tengo su correo, te lo envío en cuanto colguemos la llamada. A ver qué te cuenta ella.
La mente de Diego giró en torno a aquel nombre, pero tampoco le decía mucho. Alguna amiga de la infancia se llamaba así, también un par de compañeras de trabajo y una ex novia. Evidentemente, no podía decirse que fuera un nombre poco común, por lo que no adivinaría nada con sólo ese dato. Tendría que contactar con ella por correo igual que había hecho con Miguel.
—Aún no te he contado cómo es que no toqué el móvil —Miguel hizo una pausa mientras valoraba cuánto debía de contarle, pero acabó decidiendo que tampoco tenía mucho sentido ocultar su discutible comportamiento—. Como te he dicho, le compré el teléfono a Laura muy barato. Demasiado, se ve que le quemaba en las manos. Y como vi que podía sacarle algo revendiéndolo directamente… —una nueva pausa—. Lo puse de nuevo a la venta. Y ahí ya entraste tú.
—Bueno —intervino Diego sin ningún rastro de reproche. Su mente se mantenía alejada de aquella conversación telefónica, pensando ya en qué podría escribirle a la tal Laura—. No voy a criticar que quisieras ganar algo de dinero si lo habías comprado barato. ¿Quién soy yo para decirle a alguien cómo ganarse unos euros se forma honrada?
—Bueno, honrada… Tampoco se puede decir que actuase muy bien.
—No me importa, no tengo nada en contra tuyo. Sólo quiero saber quién es esa Laura y por qué me ha estado sacando fotografías a escondidas.
—Espero que lo averigües —Miguel dio por terminada la conversación. Con suerte, nunca más tendría que hablar con Diego y, por extensión, con aquella Laura, de la que aún guardaba sus ojos en la memoria. Una mirada azul, penetrante y fría, como surgida de un cascote polar. Sólo de pensar en ella se estremeció—. Que tengas suerte.
—Gracias.
Tras despedirse colgaron la llamada, devolviendo cada vida a su correspondiente existencia. Y la de Diego estaba plagada de incógnitas, demasiadas para lo resuelta y clara que él acostumbraba a tenerla. ¿A quién le importaría lo suficiente como para arriesgarse a jugar a los espías de aquella manera tan chapucera? Tanta desidia no encajaba en un profesional, por lo que estaba claro que la tal Laura era una aficionada. Siempre y cuando hubiese sido ella la que personalmente hiciese las fotos porque, visto lo visto, el móvil que con tantas ganas había adquirido, qué tanto placer le había proporcionado en los primeros minutos de uso, estaba resultando más turbio que una charca después de un chapuzón de elefantes. Intuyó que aún le quedaba mucho hasta llegar al fondo de la charca, siendo el correo que le llegó a continuación un paso más dentro del lodo.
Miguel le envió la dirección de correo de Laura y una captura con los datos que había recibido tras la compra del teléfono, siendo estos tan justos como un segundo apellido, correspondiente a Martínez, y el pueblo donde vivía la chica, justo el mismo donde también residía Diego. Esto explicaba algunas cosas; como el hecho de haberle fotografiado en los lugares habituales por los que alternaba o que lo hubiese hecho sin llamar la atención, conociéndolos, seguramente, casi tan bien como él. Y respecto al apellido… No le sonaba como tal. Aunque bien era cierto que no iba preguntándoselo a todo el mundo. Ni siquiera a sus amantes, por pocos que hubiese tenido.
Diego siguió dándole vueltas unos minutos más mientras, en la calle, ya era completamente de noche. Miró el reloj, comprobó que aún era una hora corriente para estar despierto y se decidió a enviar la misiva, decantándose por copiar el texto que le había enviado a Miguel adaptándolo a una desconocida Laura. Releyó varias veces el correo, se aseguró de que iba cargado con la suficiente rabia por los malos actos de la dueña del teléfono y pulsó sobre enviar sufriendo, al mismo tiempo, una explosión nerviosa que se acabó extendiendo por cada centímetro de su cuerpo hasta erizarle el vello de la nuca. Se mantuvo expectante a la respuesta, aún a sabiendas de que esta podría tardar horas en llegar. O días. Incluso no llegar nunca, quedándose así con la incógnita de por vida y con la sensación de estar vigilado allá donde fuese. Pero no, la respuesta llegó con casi tanta celeridad como le había respondido anteriormente Miguel, colándose en su bandeja de entrada como un misil que se introduce por la ventana abierta del refugio de un terrorista. Sin detonar, sólo para llevar el mensaje envenenado del que sabe quién eres y lo que haces.

Por fin nos encontramos, Diego.

Este leyó la primera línea del correo tras tardar horrores en poder abrirlo. Las manos le temblaban poniendo en riesgo al propio teléfono, que se sostenía en vilo sobre el suelo colgando de unas manos torpes y vacilantes.

No sé cómo ha ido a parar ese teléfono a tus manos, la verdad es que no me lo explico. Pero bueno, supongo que es mejor así. ¿Tú crees en el destino? Sé que no, que eres una persona que necesita palpar todo lo que ve. Pero mira, va a ser cierto que se cumple, porque yo ya lo sabía. Sabía que nos uniría. Y eso es lo que he estado esperando desde hace años.

Aquello era demasiado. No sólo le espiaba, sino que la tal Laura le conocía. Y bastante bien a tenor de las observaciones, evidenciando detalles de su personalidad que no daba a conocer a todo el mundo. No en vano era muy cuidadoso con mostrarse tal y como era.

Ahora que el destino nos ha unido, ¿no va siendo hora de materializar dicha unión? Intuyo que debes de estar muy intrigado por quién soy. Bien, intrigado no es la palabra. Seguro que te has asustado de aparecer en esas fotos. Pero no te preocupes: no soy mala, te lo demostraré en cuanto nos veamos. Mañana mismo en el bar de Juan, a la hora que acostumbras.

No daba crédito de lo que le ocurría. Diego, una persona con una rutina tan marcada que huía por convicción de todo cuanto podía alterarla, se encontró, de un día para otro, con una admiradora que no sólo no se conformaba con idolatrarle, sino que se escondía para hacerle fotos, le seguía y, además, también conocía su personalidad, sin que él cayera ni por asomo en quién podría ser aquella tal Laura. Aunque estaba claro que pronto lo averiguaría, ella ya se había encargado de cerrar la cita incluso antes de que Digo pudiese aceptarla. Pero había más, una última frase que le revolvió el estómago como si su cuerpo se hubiese empeñado en centrifugar aquella víscera hasta convertirla en un pañuelo arrugado y raído, transformando la lectura en bucle en un interminable descenso en caída libre.

No hace falta que te diga cómo iré. Me reconocerás.

Tercera parte

Relato: El destino siempre tiene cobertura

9 comentarios

    • No te voy a mentir: aún no he escrito la última parte, por lo que todavía no sé muy bien cómo concluirá. Pero, acabe como acabe la siguiente, no habrán más, prometido. 😉

  1. Mis felicitaciones Iván. Se agradece leer algo tan fresco en una web geek. Espero con ansias conocer el final del relato.

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