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A nadie se le escapa que hay una fecha que se ha marcado a fuego en la actualidad debido a la supuesta profecía de una civilización antigua, habiéndose anticipado el próximo 21 de diciembre como supuesto fin del mundo según el calendario Maya. Evidentemente, esto no deja de ser pura superstición que, aunque no haya pasado de la anécdota, sí que ha causado impresión entre muchos aprensivos, organizándose metódicamente los días que faltan hasta la fecha como si estos fueran realmente los últimos. En fin. Profecías aparte, y cierta desinformación en  torno al 21 o 23 de diciembre como día clave, no cabe duda de que el fin del calendario Maya está dando demasiado que hablar, habiendo llegado hasta nuestra sección de relatos sobre móviles. ¿Cómo podemos unir ambos temas tan aparentemente diferentes en una misma historia? Fácil: ¿a quién llamaríais vosotros si realmente se acabara el mundo?

El fin del mundo

Relato: El fin del mundo

—¿Tú qué harías si mañana fuese el fin del mundo?
Los dos amigos conversaban en torno a diversos temas mientras disfrutaban de su consumición junto a la barra del bar tranquilo en el que solían reunirse, despreocupados por la hora y por el tiempo que llevaban allí sentados al ser el día siguiente el viernes anterior a un largo puente, día de Navidad incluido.
—Pues no tengo ni idea —el segundo amigo dio un último trago a su cerveza depositando la botella vacía sobre la barra con un sonoro suspiro—. ¡Paco, otras dos y algo para comer!
—En serio —el primer amigo insistió con el tema, espoleado por la falta de interés de su compañero—. Ya sabes que mañana es el fin del mundo. ¿Qué harías?
—No me digas que crees en esas gilipolleces.
—Yo no he dicho que crea —el primer amigo pasó a la defensiva, apurando él también lo poco que aún quedaba de su cerveza—. Pero me he puesto a pensar y, aunque sea todo falso, me he sentido algo extraño.
—¿Por el hecho de que termine el mundo sin haber concluido todo lo que tú querías?
—Exacto.
—Da que pensar, sí…
—Aunque no creas en la gilipollez del fin del mundo.
Ambos centraron la mirada fijándola en el frente, en las estanterías con todas las botellas que el dueño del bar acumulaba para dar salida a los deseos de sus clientes y, también, con el fin de decorar el ambiente con licores desconocidos para la mayor parte de paladares. Mientras el silencio dominaba la conversación de los amigos permitiéndoles abstraerse, el dueño del bar, Paco para los habituales, depositó dos botellines de cerveza sobre la barra retirándoles la chapa, colocando a continuación un plato diminuto con aceitunas entre medias de ambas bebidas. De forma mecánica, los dos amigos agarraron sendas cervezas dando un generoso trago, devolviéndolas a su lugar en la barra mientras sus pensamientos viajaban a la deriva en un mar de alcohol y melancolía.
—¿Sabes lo que haría yo? —Dijo el primer amigo, instigador del dilema. Ante la negativa del otro, procedió a formular su planteamiento—. Llamaría al amor de mi vida para decirle todo lo que no le dije en su momento, confesándole cuánto lamento haberla dejado escapar.
—¿Y por qué no se lo dices en persona?
—Prefiero el teléfono, con el móvil sería más sincero que diciéndoselo a la cara —el primer amigo hizo una pausa aprovechando para recapacitar y beber un nuevo trago—. Sí, la llamaría ahora mismo y le diría todo lo que nunca le he dicho.
—No es mala idea —dijo el segundo amigo—, creo que yo también haría lo mismo.
—Imagina que realmente mañana se acabara el mundo…
—Y dejamos un montón de cosas por hacer…
—Sin decir lo que sentimos a las personas que más hemos querido…
—Da que pensar, sí.
Nueva pausa nuevo trago, aunque esta vez mucho más largo que los anteriores. Ambos se abstrajeron en sus pensamientos mientras el dueño del bar les observaba desde el extremo izquierdo de la barra, mirando también el reloj y el vacío del resto del establecimiento, alternativamente. Tras un par de minutos en silencio, el primer amigo miró al segundo con esa expresión de convencimiento que sólo permite el alcohol y, sin pestañear, confesó sus planes, al tiempo que sacaba el móvil del bolsillo del pantalón y lo colocaba sobre la barra.
—Lo voy a hacer.
—¿El qué? —El segundo amigo miraba al primero como ese espectador que ve salir intacto del sarcófago al ayudante de un mago después de que este hubiera acuchillado sin piedad el armazón de madera—. ¿Qué vas a hacer?
—Llamarla.
—¿A quién?
—Al amor de mi vida, a la persona que me hizo ser quien soy y quien no, ya que cometí el error de dejarla escapar.
—Qué bonito… Dile eso, seguro que se emociona.
—Antes del fin del mundo… —el primer amigo recogió el teléfono y buscó el número de la mujer en la agenda, estando tentado de marcarlo—. Sí, voy a hacerlo.
—¿Sabes qué? —El segundo amigo repitió los pasos del primero adelantándose en la ejecución, ya que él sí que marco su número de teléfono—. La estoy llamando —mientras este sostenía el móvil junto a la oreja el otro pasó a imitarle, no iba a ser menos—. Tercer tono, cuarto… ¡Hola! Seguro que te preguntas por qué te estoy llamando…
—Sí, no he podido evitar llamarte antes de que se acabe el mundo…
Ambos hablaron por separado y con sus respectivos amores dando la impresión de que los cuatro formaban parte de la misma conversación.
—Porque sabes que mañana se acaba, ¿no?
—No, no es que crea en esas tonterías, es que…
—Tengo que decirte que…
—Aunque haya pasado el tiempo…
—No he podido dejar…
—De pensar en ti.
Silencio. Tras las confesiones telefónicas, los dos amigos se quedaron callados esperando la reacción, obteniendo una petición que, en ambos casos, fue la misma.
—Es para ti —entonaron al unísono—.
Intercambiaron sus teléfonos recibiendo un buen montón de reproches desde el otro lado de la línea, asintiendo a cada uno como quien no tiene criterio para negarse a la voluntad de otro. Tras un espacio de tiempo breve, pero intenso, los dos amigos devolvieron sus teléfonos móviles tras colgar las llamadas que les retenían con las mujeres.
—Siempre se me olvida cómo nos conocimos tú y yo —dijo el primer amigo tras apurar de un trago el resto de su cerveza—.
—Me pasa igual —respondió el segundo tras hacer lo propio con su consumición—. ¿Sabes qué?
—No.
—Como mañana es el fin del mundo, podríamos proponerles un cambio de parejas.
—¿Tú crees que van a querer?
—Claro. ¿Y si mañana se acabara el mundo?
—Tienes razón. ¿Llamamos?
—Tú primero…

Relato: El fin del mundo

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