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Vistas la potencia y capacidades que van adquiriendo los móviles más actuales, a uno no le sorprende que puedan llegar a realizar funciones casi de ciencia ficción. Reconocimiento de voz, navegadores GPS, consolas… Incluso los hay que pueden resistir las situaciones límite, como golpes, barro o, incluso, el buceo. Aunque lo normal es que esto no sea posible, y que ni siquiera lo intentemos. Pero… ¿Qué pasa cuando se junta la mala suerte con un despiste? Pues quizá lo que le acaba sucediendo al protagonista de nuestro próximo relato, una situación que más de una vez habréis pensado que podría ocurrir. ¿No es cierto?

Relatos sobre móviles

El móvil no es submarino

Típica madrugada de sábado a la típica hora en la que no se sabe bien si la gente viene o se marcha, donde los más afortunados bailan al costado de alguien a quien acaban de conocer manteniendo perspectivas de terminar la noche anudado entre sus brazos, otros con menos suerte y con el dinero suficiente ahogan su tristeza entre cubitos de hielo y Luis, nuestro protagonista, con más infortunio que quien va a pedir crédito a una sucursal de Bankia, se mantiene escondido en el único rincón de la barra que permanece en penumbra, apoyado sobre la estructura mientras en las manos sostiene un móvil con el que consulta los mensajes deshilachados, aquellos que mandó con la esperanza de encontrar compañía para aquella solitaria madrugada y que, para su desgracia, nadie respondió. ¿Qué podía hacer aparte de marcharse? Poco más, apenas le quedaba lo justo como para tomar el autobús nocturno, aunque una pequeña esperanza le mantenía anclado a aquel rincón, una esperanza en forma de llamada que, creía, se produciría en los próximos instantes.
“Estoy seguro de que me va a llamar”, pensaba Luis encendiendo de nuevo la pantalla de su teléfono. “Me dijo que no tenía nada que hacer, seguro que le da el punto y se acerca hasta aquí. Sí, seguro”.
Luis se mantuvo en aquel rincón mientras se hacía cada vez más fuerte la idea de marcharse, hasta que no encontró motivos para seguir aplazando el momento, planeando antes una parada técnica en el lavabo. Por lo que allí se encaminó, cediendo la esquina de la barra a una espontánea pareja que andaba con fruición comiéndose a lametones. Avanzó entre la multitud que danzaba al son de la música entre espasmos casi eléctricos y arrastró sus pies hasta el váter de caballeros habiéndose confundido previamente con el de señoras. “¿Es tan difícil colgar un cartel que pueda descifrarse sin un doctorado en escritura egipcia?”, pensó Luis entrando en aquella húmeda y vacía estancia. Empujó una de las puertas que daba acceso a las tazas de váter, la cerró prestando atención a si el pestillo era realmente fiable y, tras comprobar que así era, se dispuso a iniciar el ritual para el eventual desahogo. Pero la mala suerte no se había quedado contenta con dejarle solo durante toda la noche y, tan inoportuna como siempre es una llamada en el baño, el móvil sonó provocando un respingo en su dueño. Luis, sabiendo que era su amiga la que llamaba y temiendo que, si no lo cogía, no volviera a llamar, extrajo nervioso el teléfono del bolsillo del pantalón con tan poca fortuna que, aunque trató en vano de cogerlo al vuelo lanzando zarpazos como un gato cazando una mosca, el móvil cayó cuan clavadista introduciéndose dentro de la taza con una puntuación de 10, rematando su espectacular salto adentrándose hasta el interior del sifón. La melodía estridente se apagó en el acto una vez tomó contacto con el agua, encendiendo el pavor en el pobre Luis que, con las manos colgando en el aire y una expresión desencajada, observaba desolado como la Ley de Murphy había triunfado en la clásica situación de teléfono móvil/taza de váter.
-¡Mierda! -exclamó agachándose a la altura de la taza tras haberse recogido sin miramientos la ropa interior-. ¡Mierda, mierda, mierda…!
Poco importaban las lamentaciones en voz alta, el móvil había desaparecido en las entrañas del objeto más asqueroso y desagradable posible sin que existiera forma aparente de enmendar el resultado de su torpeza. Pero tampoco estaba decidido a abandonar por lo que, aunque sabía a ciencia cierta que el teléfono había pasado a mejor vida, introdujo la mano derecha remangada dentro del agua, bastante limpia para su fortuna, giró la muñeca para adaptar su extremidad a la forma del desagüe y escarbó sin éxito en el interior. Luis sudaba por el esfuerzo además de por el extremo calor que de por sí hacía en aquel baño, pero ni se percataba del sudor, de que su camisa se empapaba por este y otros fluidos sin determinar ni de que, para poder llegar más al fondo del problema, había adquirido una postura totalmente surrealista para alguien que de repente entrara en el baño, quedando estirado casi por completo en el suelo mientras sus piernas se escurrían fuera del cubículo de la taza del váter asomando sin pudor por debajo de la puerta. Y pasó lo que tenía que pasar. La puerta del servicio de hombres se abrió dejando paso a dos amigos que entraron conversando a gritos espoleados por la euforia del alcohol, cortándose automáticamente dicha euforia al comprobar que de uno de los baños asomaban unas piernas. Parpadearon varias veces pero allí seguían, sin rastro del resto de persona.
-¿Hola? -gritó uno de los amigos acercándose hasta las piernas de Luis. Este trató de sacar el brazo del sifón espoleado por la vergüenza, pero, como suele ocurrir en estos casos, la casualidad se cebó con él reteniendo la extremidad. Como un dedo que se atasca a pesar de haber entrado sin esfuerzo en el agujero-. ¿Estás bien? -Luis no respondió, deseando que se marcharan. Pero no lo hicieron-. Oye, que este tío está muerto…
-Que va a estar muerto -replicó el segundo amigo aguantando el equilibrio y el orden de sus pensamientos-. Pégale una patada a las piernas, a ver si dice algo.
Luis aguantó la respiración esperando el impacto con la esperanza de que no fuera doloroso, pero no fue así. El golpe fue tan grande como su mala suerte, directamente dirigido al tobillo izquierdo, provocando un impulso de dolor tan intenso que recorrió en forma de espasmo su columna vertebral para explotar en el cerebro como una granada de mano, siendo incapaz de ahogar el grito de animal malherido que asustó a los recién llegados como si de repente hubieran escuchado a un fantasma.
-¡Hostia, está vivo!
-Si no lo has rematado con la patada -bromeó el segundo amigo quitándole hierro a aquella situación tan extraña. Avanzó hasta las piernas chillonas y escupió a duras penas una pregunta-. ¿Estás bien?
Luis siguió sin decir nada, apretando los dientes en un intento de contener el dolor.
-Pues tendremos que llamar a la policía -comentó el autor de la patada sin estar demasiado convencido-.
-Mejor hablamos con alguno de los camareros y que se lo comenten al dueño de la discoteca.
-No, no -suplicó Luis desde dentro sin levantar demasiado la voz-. Me he quedado atascado en el váter, ayudadme…
Los dos amigos se miraron sin saber muy bien cómo actuar. Dentro de aquel baño había una persona en problemas y con las piernas asomando por debajo de la puerta, algo que dejaba entrever ciertas connotaciones con las que nadie querría mezclarse durante una noche de fiesta. Aunque, aun así, acordaron con un gesto ejercer de buenos samaritanos, pensando que, quizá, algún día se encontrasen en una situación parecida de la que también querrían salir con ayuda.
-¿Estás herido? -preguntó el de la patada-.
-No -respondió Luis a punto de llorar. No sabía si por la vergüenza, la rabia, el dolor o por todo a la vez-. Se me ha encajado el brazo en la taza del váter.
-A ver si podemos ayudarte –dijo el improvisado karateka mientras trataba de abrir la puerta sorteando las piernas que se deslizaban por debajo-. Está cerrada. ¿Echaste el pestillo?
-Sí –se lamentó Luis-.
-Espera, voy a saltar por encima.
El chico, de poco más de veinte años y una agilidad más que aceptable teniendo en cuenta su estado etílico, se enganchó al extremo superior del tabique que hacía la doble función de falsa pared y marco de puerta y se aupó haciendo fuerza con los brazos, hasta conseguir que la cabeza asomase por encima. Y una vez vio el panorama, no pudo evitar reírse. Allí, tirado en el suelo y boca abajo, había un hombre que se antojaba algo maduro para la situación bochornosa en la que se había metido, teniendo el brazo dentro de la taza del váter como si le hubieran entrado ganas de bucear estando borracho y el alcohol le espoleara a intentarlo.
-No es lo que parece –lloró Luis por la desesperación y la vergüenza girando cuanto pudo la parte superior de su cuerpo. La postura le impedía mirar a su salvador con claridad-. Se me coló el móvil dentro del váter, traté de sacarlo… y tampoco pude sacar el brazo.
-Espera, a ver si puedo hacer algo.
El chico pasó el cuerpo por encima de la puerta, con bastante dificultad debido a la delgadez del tabique y a la amenaza de no sostener todo el peso, y poco después se encontraba de pie al otro lado, agachándose a la altura del abochornado Luis e iniciando las labores de reconocimiento.
-Creo que has metido demasiado el brazo.
-Sí, eso pienso yo también –ironizó Luis-.
-Voy a ver si estirando del codo sale, ¿vale?
-Por intentar…
El joven introdujo sin miramientos las manos dentro del agua y trató de colocar los dedos debajo del codo para tirar hacia arriba, consiguiéndolo sin mayores dificultades debido al generoso hueco que aún quedaba libre en el desagüe. Pero al estirar las cosas no fueron tan sencillas, siendo imposible mover ni un centímetro del codo ni del resto del brazo. Por difícil que pareciera, la extremidad no sólo entraba por completo dentro del sifón, sino que, una vez hecha la maniobra, después no salía. El joven aplicó más fuerza a la tarea consiguiendo, a cambio, una buena colección de gritos.
-¡Para! –chilló Luis asustado-. ¡Me estás haciendo daño!
-¿Qué pasa? –preguntó el otro amigo desde fuera-. ¿Algo va mal?
-Todo va mal –comentó el joven sacando las manos del agua. Se irguió y procedió a abrir el pestillo del baño-. Me temo que la única solución es romper la taza.
-¿Pero cómo hacemos eso? –preguntó el otro amigo mientras contemplaba el panorama como si hubiera traspasado la pantalla de una película de comedia-. Como no la rompamos a cabezazos…
-Habrá que llamar a los bomberos.
Estaba claro que la única solución eran los refuerzos, así que, una vez puesto en conocimiento de los camareros y dueño de la discoteca, Luis se vio inmerso en un cúmulo de gente curiosa cada vez más numeroso que no dejaba de comentar entre risas su absurda situación, incorporándose después al tumulto la policía, el cuerpo de bomberos armado con cascos, cizallas y mazos y, completando el pack institucional, dos enfermeros avisados por las posibles heridas que podría sufrir un, según palabras textuales, “idiota que había metido el brazo dentro del váter”. E idiota Luis se sentía con creces, única sensación que le quedó tras haber sido sometido a hirientes burlas, preguntas absurdas, tirones dolorosos e, incluso, mazazos, y no precisamente de forma simbólica. Los bomberos consiguieron sacarle el brazo a base de soltar el váter de la pared, cortar tuberías y demoler por completo la pieza de cerámica, con menos tacto del que uno podría suponer al tener atrapada en sus entrañas el brazo de una persona. Aunque, por fortuna, todo eso quedaba ya atrás, como formando parte de un recuerdo que uno hereda de una pesadilla y cuya única señal visible son los latidos de tensión con los que te despiertas.
-¡Luis! –exclamó una chica tras acercarse curiosa a la ambulancia a la que este se encontraba subido-. ¿¡Qué te ha pasado!?
Luis observó a su amiga como si se le hubiera aparecido un ángel justo cuando hacía la peor trastada, siendo incapaz de articular una sílaba. Miró al enfermero que tenía a su costado, terminando la tarea de aplicarle un vendaje a su dolorido brazo, y devolvió los ojos a la chica, cada vez más asustada al no recibir explicación.
-Un accidente…
-¿¡Accidente!?
La chica subió a lo alto de la ambulancia y ocupó la porción de camilla que el enfermero había abandonado tras terminar su trabajo.
-Me he hecho daño en el baño –explicó Luis a medias-. En el brazo.
-Pero… ¿Estás bien?
El consuelo de la recién llegada bien merecía la espera. Incluso el mal trago sufrido tras todo el bochorno. La chica le acarició el brazo con dulzura dándole un beso en los labios con la intención de aplacar sus males, siendo el germen de un beso más largo que acabó, sin que ambos lo supieran en aquel momento, hilando un feliz destino en común. Un destino que no se torcería durante el resto de sus vidas, ni siquiera cuando uno de los bomberos le alcanzó a Luis su móvil chorreante y este, explicándole la vivencia a su futura mujer, sólo obtuvo a cambio un concluyente idiota enmarcado entre sonoras carcajadas, anticipo de otras muchas situaciones que su torpeza se encargaría de proporcionar.

2 comentarios

  1. Hola, tengo un Huawei G 300. El lunes por la mañana hice unas fotos y por la tarde intente hacer otras, pero me salian quemadas de luz. Creo que no se le ha caido a mis hijos. Alguien me puede decir que puede haber pasado? Gracias

    • La verdad es que no lo sé. Como no se haya estropeado el obturador no tengo ni idea. ¿Utilizas la app propia de cámara o alguna en la que puedas variar el tiempo de obturación? ¿Probaste a reiniciarlo?

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