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Hoy vamos a cambiar un poco de tercio en lo que a temática de relato se refiere adentrándonos tímidamente en el género negro para encontrarnos con la típica escena de interrogatorios, donde nuestros protagonistas intentarán averiguar el móvil del asesino. Por sentido doble ya que, como estamos en Faqs Android, la historia trata de por sí sobre móviles. En concreto, de una tecnología que, si bien parece que está llamada a ser una auténtica revolución, no parece que despegue en occidente. Hablamos del NFC y de un futuro posible uso que bien podría materializarse. ¿Necesitáis más pistas? Pues sólo tenéis que encontrarlas leyendo el siguiente relato, esperamos que lo encontréis tan interesante como entretenido.

El NFC asesino

relato: el NFC asesino

—No estamos para bromas.
—Pensé que queríais que contase la historia.
Aquella sala era demasiado pequeña como para que el policía pudiera calmar los nervios de otra manera que no fuese recorriendo el escaso espacio libre dando un pequeño círculo de apenas un metro de radio, el hueco que ocupaba la mesa y sus dos sillas enfrentadas era demasiado grande. Evidentemente, eso estaba hecho aposta para intimidar al máximo posible al interrogado, pero también restaba movimientos a los interrogadores, sobre todo para los policías con un carácter tan inquieto como el que poseía Marcelo. Este dio una décima vuelta en redondo mientras hacía patente su malestar, observado desde la esquina contigua por Luis, el otro policía encargado del caso que permanecía sumido en la penumbra y en la calma, ambas bien estudiadas.
—¿Vas a decirnos lo que queremos saber? —Repitió Marcelo subiendo aún más el tono. Como un tiovivo en miniatura, seguía dando vueltas sobre sí mismo—. ¿O tendremos que ponernos duros?
—Qué miedo… ¿Vais a jugar mucho tiempo más al poli malo poli bueno?
—Siempre podemos jugar a poli malo poli malo… —dijo Luis abandonando su apoyo en la pared para dar un paso al frente. Se acercó hasta la mesa de interrogatorio, retiró despacio la silla contraria a la del interrogado, que había permanecido libre y bajo la mesa en todo momento, y se sentó en ella sin apartar la vista de su oponente, inyectando su mirada con el odio acumulado tras veinte años de servicio—. Quizá prefieras eso.
—No, no…
—Entonces, ¿vas a decirnos cómo la mataste?
—Yo no la mat…
—¡Que nos lo digas, coño! —Luis aporreó la mesa con ambas manos cargando aún más de tensión aquella diminuta estancia. El interrogado congeló una mueca de miedo en la cara, como una figura de cera que se ve sorprendida para la eternidad, mientras Marcelo iniciaba una nueva rotación en torno al eje imaginario que se había marcado—. Sabemos que fuiste tú el último que habló con ella. Analizamos la aplicación que usasteis, sabemos el mensaje que mostró, os vieron a los dos abandonar el garito juntos. Incluso hay testigos que aseguran que observaron a la chica asustada. ¿Y aún dices que no lo hiciste?
—Lo juro, no lo hice.
—Hemos analizado tu teléfono —Luis echó mano a uno de los bolsillos de su chaqueta y extrajo un teléfono móvil envuelto en una bolsa transparente—. ¿También vas a decirme que no es tuyo?
—Es cierto, este teléfono es mío.
—Entonces, ¿qué pasó la noche del uno al dos de septiembre?
—Pero si ya os lo he contado…
—Pues hazlo otra vez. Y, por tu bien, no omitas ningún detalle.

No sé cuántas veces queréis que os lo cuente, pero bueno. Aquí va. Como ya os he dicho, me llamo Teo, y el sábado por la noche salí con mis amigos de cena y de copas, a ver si con suerte podía traerme a alguien para casa. No, no me miréis así, ni soy un asesino ni tengo deseos ocultos, lo único que quería era… pues eso… enrollarme con alguien. Unas copas, algo de sexo y punto, nada de complicaciones. Y parecía que todo iba bien. Después de la cena, mis amigos y yo entramos en la discoteca. ¿La hora? No recuerdo muy bien. Ya había tomado algo de camino, pero creo que eran las dos más o menos. Sí, las dos y media, recuerdo que uno de mis amigos me lo preguntó, porque él quería estudiar el domingo y no pensaba marcharse demasiado tarde.
El caso es que tomamos una copa todos juntos y luego invitamos a unas chicas que teníamos cerca y que no paraban de mirarnos. Allí estaba Sara. Sí, ella era la chica a la que han matado. No, no tengo ni idea de quién pudo ser, yo sólo sé que salimos juntos de la discoteca, pero acabamos yéndonos a casa por separado.
A ver… Sí. Después de que cada uno de mis amigos escogiera a su chica, yo me acerqué a Sara y le pregunté si quería que le invitara a algo. En un principio me dijo que no, ya que no pretendía dejar sola a la única amiga que quedaba sin rollo. Pero supongo que debió ver en mí un plan más divertido para una noche de sábado, porque al final aceptó. Nos acercamos hasta la esquina más alejada de la barra (en aquella discoteca queda a oscuras y puedes tener algo de intimidad) y pedí un Vodka con naranja para ella y ron con cola para mí. Estuvimos hablando durante un rato, intimamos y, entonces, decidimos jugar al Simon Says.

—Cuéntanos un poco más sobre ese juego —interrumpió Marcelo cesando también su paseo en torno a sí mismo—. ¿Por qué se ha vuelto tan popular?
—Pues la verdad es que no tengo ni idea —se sinceró Teo. El interrogado reclinó su espalda sobre el asiento y trató de relajarse—. Yo no llevo mucho tiempo usándolo, hasta hace poco no tenía un móvil con NFC.
—¿Sólo funciona en teléfonos con NFC? —Preguntó Luis a pesar de saber la respuesta—.
—Que yo sepa sí. Como ahora se ha vuelto tan popular, hasta los móviles más baratos lo tienen. Y Simon Says se ha vuelto igual de famoso, ya que con él es tremendamente fácil enrollarte con las tías más buenas. Aunque no siempre funciona, claro.
—Explícanos cómo se usa —intervino Marcelo—.
—Es muy fácil. Cuando estás con una chica, le tienes que preguntar si quiere jugar a Simon Says. Hay veces que te dicen que no, pero la mayoría acepta. Al menos conmigo, claro —Teo hizo una pausa para darse importancia—. Ella tiene que poner su móvil contra el tuyo, tocando los dos la parte de atrás, y ha de arrancar el juego. Tú también enciendes Simon Says, se comunican por NFC y el programa propone algo que debéis hacer juntos.
—¿Qué tipo de cosas? —Preguntó Luis mientras analizaba a fondo cada gesto, palabra y expresión del interrogado—.
—Pues de todo. Desde un simple beso a un abrazo. O salir de cena, buscar otra pareja, tener sexo… Sí, esta es la opción más divertida. Aunque no pasa tantas veces como debería…
—Pero no son estas todas las opciones —auguró Marcelo plantándose de pie junto a su compañero—. Simon Says también posee mensajes asesinos, ¿verdad?.
—Pues sí, eso nos pasó a nosotros el sábado. Yo había oído hablar de ello, pero no lo podía creer. Como el juego te obliga a aceptar sus condiciones, debes hacer todo lo que dice. Por ambas partes, porque las dos personas que juegan tienen que aceptar el juego y sus normas. Y que te salga un mensaje como el que me salió a mí es una putada.
—Cuéntanoslo.

Como os he dicho, Sara y yo decidimos jugar a Simon Says en aquel rincón de la discoteca. Ella sacó su móvil y yo saqué el mío, los dos arrancamos la aplicación y, cuando estuvo cargada, pegamos los móviles por la parte trasera. Aceptamos el intercambio de datos, estuvo unos segundos pensando y, entonces, apareció el mensaje. Me salió a mí, por lo que ella no lo pudo ver hasta que se lo enseñé. Aunque por mi cara ya supo que algo no iba bien.

—¿Cómo sabe Simon Says qué es lo que tiene que mostrar? —Preguntó Luis recogiendo el teléfono de la mesa y activando las teclas virtuales de la pantalla a través de la bolsa de plástico. Mientras esperaba la respuesta arrancó el programa, mostrándose un espacio en la pantalla donde insertar la contraseña de usuario—.
—No tengo ni idea. Para crearte una cuenta, tienes que rellenar los datos del juego con tu nombre, nick y tus gustos personales. Supongo que, en base a eso, Simon Says encuentra parecidos entre las dos personas que juegan.
—Entiendo… —Luis arrojó el teléfono sobre la mesa suavemente, consiguiendo que resbalara hasta quedar a escasos centímetros del borde contrario de la mesa, junto a su dueño—. ¿Quiere esto decir que si Simon Says te mostró un mensaje asesino fue porque tu carácter es así?
—Imposible. Yo mentí al arrancar el juego por primera vez.
—¿Mentiste? —Inquirió Marcelo recalcando la pregunta—.
—No os lo toméis a mal, pero todos mentimos. Así es más fácil que Simon Says entienda que somos un buen partido para la otra persona que está jugando.
—Resumiendo —intervino Luis—. En el momento de rellenar tu perfil mentiste para que el juego te permitiera tener sexo con otras chicas.
—Sí.
—Pero no salió nada relacionado con el sexo aquella noche —concretó Marcelo—. ¿Verdad?

No, aquella noche no salió nada como debería. Sara me preguntó que qué me había salido. Intentó verlo, pero yo escondí el móvil asustado. No sabía qué hacer. Jugar a Simon Says implica aceptar sus normas, pero aquello era demasiado, claro. Aunque no pude esconderlo por mucho tiempo, Sara me acabó quitando el teléfono de las manos. Entonces, aunque deseé con todas mis fuerzas que el mensaje hubiera desaparecido, todavía estaba en la pantalla, leyéndose con toda claridad. Allí, en letras blancas sobre fondo negro, estaba escrito… “Simón dice: mata a Sara”.

Continuará.

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