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A punto de rematar el domingo, no podía faltar nuestro relato habitual del fin de semana, ambientado en la temática móvil y con un tono algo más surrealista de lo normal. Como suele pasar en este espacio, la manera de narrar, los personajes y la temática varía entrega a entrega, para que así no no nos acostumbremos siempre a lo mismo, refrescando con ello cada lectura. ¿Os apetece coger el sueño con un relato sobre móviles? Pues tenéis aquí mismo dicha opción, dejándose leer con la misma facilidad que se ha dejado escribir. Bueno, quizá no tanto, porque no podemos decir que haya resultado demasiado fácil…

El paquete misterioso

El paquete misterioso

Otro día corriente conduciendo el camión de reparto, sin ninguna novedad que consiga animarme un poco la mañana. Mañana igual a las demás en la que he madrugado como un tonto para poder repartir a tiempo las primeras entregas de la jornada, idéntica parada en el bar cercano al almacén para tomarme el café con leche necesario para agarrar el camión con algo de seguridad contra el sueño y, como es habitual, inicio de mi turno de trabajo en dirección a mi primer destino: un domicilio del extrarradio. Nada nuevo,  todo lo mismo.
El tráfico va suficientemente fluido como para no sufrir retrasos, así que me lo tomo con tranquilidad y aflojo la marcha por debajo del límite marcado llegando, aun así, antes de lo previsto. Llamo al timbre, entrego el paquete, el cliente me firma el albarán y, con un buenos días, retorno el culo al asiento del camión arrancando el motor para salir hacia mi siguiente destino. ¿Tengo tiempo? Sí, voy temprano, así que me detengo en un aparcamiento público, giro la llave de contacto hasta sentir el balanceo del motor al detenerse y me preparo para revisar las noticias de la mañana. Agarro el periódico de la guantera, lo despliego tapando con él el volante, reviso por encima la editorial y, antes de ponerme con las páginas internacionales, escucho un sonido. ¿Dentro del camión? No, da la impresión de que sea fuera, como si estuviera sonando un móvil a pocos metros de donde he aparcado. Presto más atención,  aunque lo único que consigo es que me asalten más dudas de su procedencia. Es imposible que suene dentro, pero, aun así, decido bajarme y comprobar la carga del camión.
Definitivamente, fuera no se escucha ninguna melodía de móvil, así que, o se ha detenido, o es que las paredes del compartimento de carga de mi camión de reparto son más gruesas de lo que parecen. Rodeo el vehículo hasta el doble portón trasero, estiro de la palanca de cierre tras accionar la cerradura, abro una de las hojas y nada, allí no suena ningún móvil. Cierro, pero no me da tiempo. La melodía se escucha de nuevo amplificada diez veces, dejando claro que hay un objeto extraño dentro del montón de paquetes que me ha tocado repartir hoy. Así que no me queda más remedio que averiguar de dónde procede el sonido, saltando dentro del habitáculo para jugar al escondite con un teléfono misterioso. Y no tardo ni dos minutos en encontrarlo, pero eso no resuelve el enigma, más bien todo lo contrario. Uno de los paquetes de entrega, cuadrado y con quince centímetros aproximadamente por lado, resuena y vibra insistentemente, manteniéndose firmemente sellado por los precintos habituales y sin que la caja dé más información que su destinatario. Agito el paquete y el teléfono sigue sonando, sin que se aprecie nada suelto en el interior. ¿Lo abro o no lo abro?
Qué va, cómo lo voy a abrir… Soy un mensajero eficiente y fiable, no puedo ir abriendo los paquetes que transporto sólo porque llamen la atención, literalmente. Pero, por otro lado, aquello no deja de sonar y menearse, repitiendo la melodía una y otra vez como el canto de sirena que acaba hipnotizando a todo marino que se acerca. Decidido, lo abriré con cuidado de no estropear en exceso el precinto. Y sólo para asegurarme de que apago el teléfono para entregárselo intacto a su futuro dueño. Sí, eso voy a hacer. ¿Quién va a enterarse?
Extraigo un cutter que siempre llevo en el bolsillo de la chaqueta de reparto, despego con mucho cuidado las puntas de precinto de los extremos del paquete, retiro lo justo de este precinto como para permitirme extraer el contenido de la caja y saco un nuevo paquete bastante más pequeño, estando apretado entre plástico de burbujas. Agito la nueva caja, blanca y con la fotografía de un teléfono en la parte frontal, y el supuesto teléfono interior deja de sonar, como si estuviera satisfecho después de que lo sacara a la luz. Pero ahora soy yo quien no está satisfecho, así que sólo puedo calmarme si compruebo que lo que hay dentro es el teléfono que está impreso en la caja, justo el que llevo deseando desde hace meses. Y hay más: su envase original ya está desprecintado, así que sólo tengo que deslizar ambas partes y… Sí, justo el mismo teléfono con el que llevo soñando. Blanco, impoluto, inmenso y tan bonito que tengo que reprimirme las ganas de acabar con el asunto y guardármelo en el bolsillo. Aparto ese deseo de mi cabeza, me dispongo a tapar de nuevo aquella maravilla de la tecnología y, justo en ese momento, vuelve a sonar. Me quedo allí mirando mientras me asaltan las dudas, y al final no puedo reprimirme. Extraigo el teléfono de su caja, lo sostengo a escasos centímetros de mi cara, pulso el botón virtual de responder y me lo llevo a la oreja, incapaz de entender mis propios actos.
—¿Sí? —Pregunto indeciso. Silencio como respuesta—. ¿Quién es?
—…
—¿Hola? Sé que no soy a quien llamas, pero estaba sonando el teléfono en mi camión y…
—¿Iván?
Me quedo petrificado. La persona que hay al otro lado de la línea, con voz masculina y ciertas dosis de temor en su voz, sabe mi nombre. ¿Qué posibilidades hay de que esto pueda ocurrir? Ni siquiera me da tiempo a calcularlas.
—¿Iván? —Repite, esta vez más asustado—. Sé que eres tú.
—Pero… —mascullo—. ¿Quién eres? ¿Seguro que soy el Iván que tú crees?
—Eres repartidor, conduces un camión, estás detenido en un aparcamiento público… ¿Quieres que siga?
—No es necesario —ahora siento que soy yo quien está asustado—. ¿Qué quieres de mí?
—Tienes que destruir este teléfono.
—¿Qué?
—DESTRUYE-EL-TELÉFONO.
—¿Cómo voy a destruir algo que no es mío? Soy repartidor, ya he traicionado el puesto sólo con abrir el paquete.
—Están en camino, has de destruir el teléfono.
—¿Quién está en…?
No me da tiempo a terminar la frase. El sonido de unos neumáticos chirriando enturbian la quietud de la mañana, llegando a mis oídos con la misma potencia que espolea mi corazón. ¿Cómo era posible que aquella persona anticipase los sucesos? Y lo más importante: ¿debía de asustarme?
—¡CORRE, POR TU VIDA!
Decido no contradecirle. Agarro el paquete junto con su embalaje de transporte y el teléfono, salto fuera del compartimento de carga, cierro como puedo el portón aun a riesgo de que se me caiga alguno de los bártulos, echo un vistazo a la carretera que da acceso al aparcamiento público y veo venir a toda velocidad un coche negro de aspecto lujoso, cogiendo la curva como si estuviera compitiendo en un circuito de Fórmula 1. Echo a correr en dirección a la cabina, abro la puerta echando todo lo que acarreo sobre el asiento del copiloto, me subo, arranco el camión y, sin darme tiempo a cerrar la puerta, meto primera y acelero sin preocuparme de que me subo a la acera, saliendo de aquel aparcamiento como el soldado que da tumbos por una pista americana. Cierro la puerta y es entonces cuando me arriesgo a mirar por el retrovisor, agradeciendo la suerte de que el coche que me persigue tenga los faldones tan bajos como para quedarse atascado al subir la misma acera por la que me escapo yo. Enfilo la carretera y me alejo respirando hondo, haciéndome tantas preguntas que siento cómo me explota la cabeza. Y aquella misteriosa persona no vuelve a llamar, sin que dé señales de vida media hora más tarde, mientras aprovecho para detenerme en un callejón, oculto a las miradas ajenas, para así replantear mi estrategia. ¿Qué hacer? ¿Realmente he de tomarme en serio una situación tan irreal?
Recojo el teléfono del asiento del copiloto y observo la lista de llamadas, localizando la última, y única, recibida. Pulso sobre el botón de devolver llamada y la única respuesta que obtengo es la voz automática de la teleoperadora advirtiendo que el número marcado no existe. Repito la operación, sin éxito. Aquello cada vez resulta más extraño.
“Destruye el teléfono”, repito mentalmente adoptando la voz de mi interlocutor. “Destruye el teléfono”. Por más que repito la misma frase esta sigue sin adquirir sentido, entroncándose aún más en el hilo argumental de aquella sucesión de imprevistos. “¿Y cómo se supone que he de destruir el teléfono?”. Enumero las posibles formas. Pasar por encima con el camión, estrellarlo contra el suelo, tirarlo al mar, prenderle fuego, echarlo a un contenedor de basura… Espera, espera. ¿Pero qué estoy pensando? Soy un repartidor, mi deber es entregar sano y salvo cada paquete a su destinatario. Y está claro que yo he incumplido mi promesa, por más que el destino haya intercedido para que así sucediera. Entonces… ¿Realmente debo de destruirlo? Valoro pormenorizadamente las posibilidades y concluyo que, pese a que está claro alguien me persigue por el dichoso teléfono, mi obligación es entregarlo. Sí, soy un mensajero diligente, a pesar de haber vulnerado vilmente un envío. Decidido: saldré de aquel callejón e iré a entregarlo, disculpándome por mi actuación y deseando que el destinatario sea capaz de explicarme todo este embrollo. “¿Dónde vive?”. Recojo el embalaje y leo la dirección, siendo extrañamente familiar sin que sepa a a bote pronto porqué. Por fortuna, está a sólo cinco minutos de allí, así que tampoco voy a tardar demasiado en entregarlo.
Arranco el camión, echo marcha atrás con cuidado, observo a ambos lados de la calle para comprobar que no viene nadie, especialmente aquel coche negro con el que me topé en el aparcamiento público, y enfilo el morro en dirección a la entrega, plantándome allí exactamente cinco minutos después. Y nada más observar su situación, entiendo perfectamente porqué me había resultado familiar en un principio.
Una verja negra medio oxidada franqueando la entrada que permanece entreabierta, un edificio de tres plantas remozado con cemento de color beige sobre el que destacan las ventanas de doble hoja con contraventanas del mismo estilo barnizadas para darle un acabado rústico a la madera, unas escaleras de piedra que ascienden hasta la primera planta donde se sitúa la entrada principal a la vivienda, garaje inferior protegido por doble portón de madera barnizado con el mismo tinte que las contraventanas y un jardín descuidado que rodea la vivienda con una extensión más que generosa, disponiendo de una parte delantera pavimentada con baldosas en doble color. El déjà vu resulta demasiado intenso, es igual a mi casa.
Aparco la furgoneta delante de la verja y me bajo del camión con el móvil y el albarán, después de haber colocado el teléfono dentro de su embalaje todo lo mejor que puedo. Camino nervioso por el pavimento como si me adentrara dentro de mi propia vida, observándola desde fuera igual que lo haría cualquier espectador de cine, inquieto en la butaca mientras aguarda expectante el sobresalto que le reserva el director. Pero allí todo está tranquilo, sin que haya nada que interrumpa mi ascenso por la escalera hacia la primera planta. Llego arriba, llamo a la puerta con los nudillos, una puerta de madera que aparenta ser tan maciza como rústica, y unos instantes después esta se abre con un chirrido, apareciendo bajo el marco la viva imagen de mí mismo. Este se sorprende tanto como yo, abriendo de tal manera la boca que está a punto de sufrir una luxación de mandíbula. Voy a cerrar la boca y él hace lo mismo, cerrándola justo en el momento en el que lo hago yo. Me inclino ligeramente a la izquierda y mi reflejo hace lo propio, aunque él hacia el lado derecho. Extiendo el brazo libre hacia delante y él me imita, como si ambos perteneciéramos a un lado diferente del espejo y necesitáramos comprobar físicamente si resulta posible alcanzar el otro lado, despacio, igual que quien tantea la oscuridad tras despertarse súbitamente en la soledad del cuarto, acercando ambos índices como los niños que juegan a tocarse con un ojo tapado. Y entonces…

—¿Qué te pasa?
Mi mujer me miraba asustada tras haberse incorporado sobre la cama, guardando un gesto en el rostro como si se lo hubiera esculpido la misma muerte.
—No sé —respondí impávido tanteando mi nueva situación. La cama, el dormitorio iluminado a duras penas por la luz de la mesita de noche, el sudor frío corriendo por el cuello—. ¿Estoy en casa?
—¿Y dónde ibas a estar si no? —Mi mujer se inclinó sobre mí acariciando dulcemente mi frente, incitando con ello a que me recostara—. Tenías una pesadilla, llevas un rato moviéndote y hablando en sueños.
—¿Hablando en sueños? —Repetí tratando de recobrar el ritmo normal de la respiración—.
—Sí, decías no sé qué de un teléfono.
—Estaba soñando…
—Sí, con un teléfono —mi mujer se tumbó junto a mí girándose para mirarme a los ojos—. ¿Soñabas con ese dichoso móvil que llevas deseando desde hace meses?
—Eso parece.
—No te lo quería decir, pero… —mi mujer hizo una pausa calibrando sus palabras, y continuó—. Te lo he comprado.
—¿Sí?
—Sí. Me lo ha traído el mensajero justo hoy —mi corazón se agitó de nuevo, recobrando la tensión de mi pesadilla—. Y pensarás que es mentira, pero ese mensajero se parecía mucho a ti.

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