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Habéis leído bien: hoy viene a nuestra sección de relatos un nuevo monólogo de humor, para alegrar este domingo con una pequeña colección de chistes sobre teléfonos móviles que, esperamos, os haga despertar alguna sonrisa. Y si en el anterior mónólogo hablábamos de la historia de los móviles en general, analizando su evolución dentro de nuestras vidas siguiendo la clave del humor, hoy nos vamos a centrar en un aspecto que ha ido variando a lo largo de su corta existencia: su tamaño. Todos tenemos claro que ahora existe una especie de ambigüedad entre sus dimensiones ideales, el peso y cómo debe de ser de grande su pantalla, pero eso no siempre ha sido así. ¿Os acordáis del primer Motorola que necesitaba acarrarearse con su maletín? Desde luego, ha llovido mucho, pero no tanto como pudiera pensarse. ¿Echamos la vista atrás?

Mónólogo de humor en relato: el tamaño en los móviles

El tamaño de los teléfonos móviles en monólogo

Lo miremos por donde lo miremos, el tamaño es algo que influye en nuestras decisiones y estado de ánimo, desde las dimensiones de esa barriga que contemplamos con tristeza delante del espejo a las bromas que se le gastan a todo hombre cuando anda escaso de centímetros. En altura, claro… Y este aspecto no podía escapar a los teléfonos móviles, objetos que, al tratarse de algo tan personal y propio de la persona, acaban reflejando su bondades y sus carencias. No cabe duda que el tamaño en los móviles es tan controvertido como una iglesia nudista, ya que su proporción ideal ha ido variando con el tiempo. Igual que un político pasando entre ciclos de gobierno y oposición…

El caso es que, si echamos la vista atrás, cuando empezaba a popularizarse aquel cacharro que permitía a la gente ir hablando por la calle como si estuviera gritándole a la niña de El Exorcista, observaremos que el tamaño no era realmente lo primordial, existiendo tales ladrillos que había quien contrataba los servicios de un sherpa para poder sacarlo a la calle. Y no estamos hablando de la aplicación famosa de reconocimiento de voz, no, ya que a duras penas los móviles de entonces podían hacer algo más que aquello que ya viene implícito en su nombre: teléfono. Entonces, ¿acarrear un trasto del tamaño de un adoquín sólo para llamar a alguien a precios insultantes o que te llamaran a ti con un coste más elevado que ir a cenar al Hilton? Evidentemente, estar a la última en tecnología tenía sus complicaciones, algo que tampoco ha cambiado a lo largo del tiempo. Ahora pueden llevarte al hospital tras una sobredosis de Angry Birds, y antes te llevaban tras una hernia lumbar o una luxación de muñeca, en una conversación larga había que aguantar mucho peso. De hecho, se conocen culturistas que ganaron masa muscular sólo con llamar a su madre…

Aunque, de repente, la necesidad de que el teléfono móvil se expandiera y funcionara casi en cualquier parte pudo asumirse, por lo que el funcionamiento correcto dejaba de ser imprescindible, apareciendo nuevos retos. Estaba claro que aquello de “teléfono móvil” era una asociación casi tan falsa como lo de “banco de confianza”, por lo que los fabricantes empezaron a miniaturizar sus cacharros y hacerlos mucho más bonitos, encontrando en el famoso diseño de concha uno de los más aceptados. Mítico es el StarTac de Motorola, de la época en la que el inventor del teléfono móvil aún se reservaba el mayor trozo de pastel. ¿Alguien recuerda ese famoso anuncio donde una chica paseaba por la playa, le sonaba el teléfono y se sacaba un StarTac del bañador? Quizá no lo recordéis porque os viene a la cabeza la publicidad de Fa, pero fue bastante sonado por su época. Y un avance de lo que tenía que venir: los móviles debían de ser tan pequeños como para llevarse sin que se notaran. Los condenados en la cárcel lo agradecieron.

Motorola StarTac, Ericsson t28, Nokia 8210… Terminales ligeros, compactos y con gran diseño, que atraían las miradas de los entusiastas a los teléfonos móviles. Y las manos si te descuidabas un poco… Pero estaba claro que lo primordial era conseguir que fueran más pequeños y más ligeros, como los cerebros de los aspirantes a Gran Hermano. Entonces, llegamos a un punto donde lo ideal era que el teléfono se perdiera en las manos, aunque eso sí: con menos funciones que un boli de cuatro colores. ¿Llamar? Perfecto. ¿Mandar SMS? Genial. ¿Jugar? Bueno, el Snake daba bastante de sí, aunque estaba al mismo nivel gráfico que un Tamagotchi. ¿Aplicaciones? La alarma no estaba mal. Las opciones de calendario, calculadora… Y para de contar. Por fortuna, la era de los Pocket PC empezaba a triunfar, trayendo al público común algo que ya disfrutaban los profesionales: los smartphones. Nokia Communicator o Palm Treo 600, estos eran los modelos a seguir. Y también un cambio paradigmático en lo que a dimensiones de móvil se refiere: el tamaño de estos volvía a crecer, debido, sobre todo, a que debían de mostrar más gráficos en pantalla. Irónicamente, la dieta en los teléfonos se parece demasiado a la dieta en las personas: también sufre el efecto rebote. Y no porque los terminales sean capaces de resistir a una caída, que esto sí que ha ido evaporándose con el tiempo…

Hace cuatro o cinco años, pocos tenían claro lo que era un smartphone, pero todos decían lo mismo cuando mostrabas uno: “¡qué ladrillo!”. Y esto era totalmente cierto, los primeros smartphones eran de todo menos ligeros, y bastante más grandes que la desilusión de un cantante callejero tras pasar la gorra. Pero tenían algo que los demás únicamente podían soñar: eran capaces de instalar aplicaciones, además de servir como reproductores multimedia, cámaras de fotos o disponer de juegos de calidad. Incluso existió una consola que ya unía teléfono y videojuegos, alcanzando el mismo éxito que el Sony Xperia Play: ninguno. Y todo en un aparato tosco, bastante pesado y grande, cualidades que definían a este y otros smartphones hasta que hicieron acto de presencia dos sistemas operativos móviles: iOS y Android. Y, como si los teléfonos inteligentes se hubieran apuntado a la operación bikini, enseñaron sus curvas adelgazando la figura, convirtiéndose en auténticos objetos de deseo. Literalmente. Porque sólo así se explica que se lleguen a hacer colas delante de una tienda varios días antes del lanzamiento…

Y llegamos a los tiempos actuales, donde está todo tan turbio como el agua tras enjuagar una taza de chocolate. Se puede decir que la tendencia mayoritaria es el aumento en el tamaño de los teléfonos móviles, como si todos estuvieran dopados con hormona del crecimiento. Sólo así se explica que las pantallas hayan superado en número de pulgadas a los lobitos de la loba, triunfando lo que parecía imposible: smartphones que, con las dimensiones de un Samsung Galaxy Note 2, han conseguido hacerse un hueco en muchos bolsillos para, posteriormente, romperlos. Y es precisamente en los bolsillos donde muchos usuarios no consiguen hacerse a tamaños tan grandes, por lo que existe una tendencia contraria que estaría más a favor de dimensiones contenidas, encontrándose tan a gusto con las cuatro pulgadas como un Hobbit entrando al Imaginarium por la puerta pequeña.

No hay duda de que el tamaño en los móviles ha sufrido casi tantos vaivenes como las acciones de Facebook, cambiando al ritmo de las tecnologías que componían su interior. Aunque hay algo que ha sufrido un crecimiento espectacular. Y no, no hablamos del precio de la gama alta, sino de las dimensiones y resolución de las pantallas. ¿Quién se acuerda del orgullo que suponía tener una pantalla con dos líneas de texto? Quizá bastara para que muchos escribieran sus memorias, pero apenas daba para leer un SMS. Y, gracias a las pantallas actuales… Pues tampoco leemos SMS, porque esto es algo casi tan extinguido como las antenas de los teléfonos. ¿Quién echa de menos los SMS? ¿Y los teléfonos tan sencillos como uno de hace cinco años? Seguramente, nadie.

Monólogo sobre el tamaño de los móviles

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