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¿Queréis una lectura ligera que case con esta tarde de domingo? Pues aquí la tenéis, recién salida de la imprenta digital. Y hoy nos metemos en el jardín de la provocación, ahondando en uno de los temas que más han dado que hablar tras el lanzamiento del iPhone 5: sus mapas. Ya lo habéis leído hasta la saciedad, los mapas de Apple no son ni de lejos comparables a los de Google, dando pie a pérdidas de ruta, lugares equivocados y, como ocurre en el relato, puntos de encuentro que no acaban de ser los correctos. Evidentemente, la historia está escrita con mucho humor, por lo que hay que tomársela como tal. Y no como sus protagonistas, que seguro que habrá dos que no puedan dormir por las noches…

En el lugar equivocado

Relato: En el lugar equivocado

—¿Tú estás seguro de que era aquí?
Ambos se bajaron del coche, un BMW negro de clase alta que denotaba presencia y opulencia a partes iguales, y observaron en torno suyo sin encontrar apropiado el lugar donde les habían llevado las indicaciones. Conductor y copiloto se miraron tratando de encontrar una explicación al hecho de que allí no hubiese absolutamente nada, y el segundo, incapaz de ofrecer un argumento consistente, sólo pudo encogerse de hombros.
—Yo he puesto las coordenadas que me han mandado, no tengo nada que ver —dijo el matón dándole la espalda a su compañero. Oteó una última vez dando una vuelta completa de 360 grados y sólo pudo convencerse de la escasa idoneidad de aquel lugar de reunión—. En serio, sólo he puesto las coordenadas que nos mandaron por email. Y el teléfono nos ha traído hasta aquí.
—Pero… —objetó el matón que había conducido el BMW hasta aquella porción de desierto—. Yo juraría que íbamos a hacer el intercambio en una arboleda.
—Pues quizá cambiasen de idea.
—Es absurdo. Si alguien nos espía, verá lo que hacemos a kilómetros de distancia.
—¿Tú crees que por aquí habrá alguien?
Los dos miraron de nuevo alrededor, corroborando la total ausencia de vida. Tanto humana como animal. Incluso vegetal.
—No. Aquí sólo hay silencio.

—Sí que tardan…
Los dos compañeros, tanto en el trabajo como en aquella misión tan poco habitual de entrega, se miraron primero para después observar sus relojes de pulsera, resoplando al unísono por el contratiempo. El sol se filtraba tímido por entre las copas de los árboles, escapando del follaje un círculo de claridad que caía justo encima del capó del coche, donde ambos estaban sentados. Tras unos segundos más de espera, el conductor del vehículo y de la operación interrumpió de nuevo el silencio para materializar la pregunta que llevaba tiempo rondando por su cabeza.
—¿Seguro que les enviaste bien las coordenadas?
—Por supuesto que sí —respondió el aludido. Extrajo su móvil del bolsillo de los vaqueros, un Galaxy Nexus tan bien cuidado como protegido por su respectiva funda integral, y comprobó los mensajes enviados desde la aplicación de Gmail—. Mira.
El copiloto le alcanzó el móvil a su compañero y este comprobó que las coordenadas se habían enviado al destinatario marcado para la entrega. Copió la cadena de números, la pegó en la casilla de búsqueda de Google Maps, pulsó en la lupa de buscar y, a los pocos segundos, la aplicación marcó el punto exacto que indicaban las coordenadas. Como era de esperar, ese punto coincidía con su propia posición.
—Sí, estamos bien.
—Ya te lo dije.
—Pues mucho rato más no esperaremos. Como no vengan en la próxima media hora le damos el maletín al primero que pase.
—¿Y si nos lo quedamos?
El conductor miró con severidad a su compañero en un gesto claro de desaprobación, y este agachó la cabeza sintiendo en su pecho la punzada invisible de la deslealtad.
—Tenemos que entregar el maletín y así lo vamos a hacer, ¿entendido?
—Está bien, está bien. Lo siento.
—Nosotros estamos en el lugar correcto, así que hemos cumplido —el conductor hizo una pausa y, después, sentenció—. No nos iremos sin entregar el maletín. Sea a quien sea.

—Es imposible, aquí no puede ser.
—Pero las coordenadas nos han marcado este lugar —se defendió el copiloto y dueño del teléfono guía—. He puesto los números en la búsqueda, he encontrado el lugar y he iniciado las indicaciones. Hasta aquí.
—Dame el teléfono —su compañero le alcanzó el móvil, un iPhone 5 de color negro, invitándole a abrir la aplicación de mapas. Tal y como había anunciado, la marca del destino coincidía con el lugar que indicaba el posicionamiento GPS. Aunque había algo extraño: en la vista de satélite se intuía el camino que les había llevado hasta allí tras abandonar la carretera, pero la aplicación no marcaba como transitable a ninguno de los dos—. Aquí falla algo.
—¿No se habrán equivocado a la hora de enviarnos las coordenadas? —Se defendió el dueño del móvil viendo como peligraba su integridad física. Su compañero tenía un comportamiento intachable por las buenas, aunque no solía ocurrir lo mismo por las malas—. Lo han hecho aposta para quedárselo.
—Voy a llamarles. Y por tu bien espero que hayan sido ellos los que se han equivocado.

—Un cuarto de hora —sentenció el conductor levantándose del capó del coche—. En un cuarto de hora nos vamos.
—Dales un poco más de tiempo —dijo el otro mientras observaba el devenir de su compañero—. Dudo mucho que no se presenten teniendo en cuenta lo que…
El móvil interrumpió la frase de su dueño, que pasó a descolgar la llamada intercambiando frases de disculpa y acusación con la persona que se encontraba al otro lado de la línea. Tras un par de minutos discutiendo, colgó la llamada y se dispuso a explicar lo que le habían comunicado.
—Están en otro sitio.
—¡Mierda!
—Han dicho que les hemos enviado unas coordenadas falsas.
—Pero si no ha sido así…
—Ya, eso es lo que yo les he explicado. Me han dicho que pusieron las coordenadas en la aplicación de mapas del iPhone 5, y esta les llevó a un sitio equivocado.
—¿Y qué van a hacer?
—Han dicho que les compartamos nuestra posición actual por correo, que seguramente se habrán desviado unos pocos kilómetros.
—Diez minutos tienen, no les espero más —el conductor se internó entre los árboles soltando una última frase antes de perderse de vista—. ¡Me cago en el iPhone 5!

—Me acaba de llegar el correo —dijo el copiloto desbloqueando la pantalla del móvil—. Y viene la dirección.
—Esta vez ponla en el Google Earth —ordenó el otro matón—. ¿La tienes instalada?
—Sí —el dueño del móvil obedeció. Una vez el programa encontró la señal GPS y marcó las nuevas coordenadas recibidas sobre el mapa, puso de manifiesto el error tan grave de situación que les separaba de la recogida—. Creo que tenemos un problema.
—A ver…
El conductor recogió de nuevo el teléfono, comprobó la pantalla y ahogó el impulso de estrellarlo contra el suelo. A ojo, les separaba una distancia de cincuenta kilómetros como mínimo, a todas luces insalvable.
—¡Al coche! —Ordenó el conductor ocupando su puesto—. Y por tu bien, espero que lleguemos en menos de media hora.

—Se acabó el tiempo.
El copiloto de la entrega se sobresaltó al escuchar la voz de su compañero retornando del bosque, y tuvo que esperar unos segundos más hasta verle salir de los árboles. Se levantó del capó del coche, miró por última vez su reloj de pulsera y esperó las órdenes.
—¿Qué vamos a hacer?
—Entregarle el maletín al primero que encontremos.
—Pero… aquí no hay nadie.
—Pues saldremos a la…
El conductor no terminó la frase. A lo lejos, por la carretera que ellos habían recorrido hasta dar con el claro en el que aparcaron, se divisaba el frontal de un tractor de color azul. El copiloto siguió con los ojos la mirada de su compañero, descubriendo alegremente que la suerte les sonreía. Y no sólo a ellos.

—¡Hola, cariño!
La mujer se echó en los brazos de su hombre nada más aparecer por la puerta del comedor, cayendo en la cuenta de que su marido sólo la rodeaba con una de las extremidades. Se separó de él, miró a su mano derecha y se quedó extrañada del maletín negro que pendía a menos de un metro del suelo.
—¿Y eso?
—No tengo ni idea —respondió el marido depositando el maletín sobre la mesa—. Me lo han dado dos tipos de ciudad que me he encontrado viniendo hacia aquí. Dijeron que tenían prisa y que, si alguien venía pidiéndomelo, se lo diera.
—¿Y tú vas recogiendo todo lo que te dan por el campo?
—Mujer… —se defendió el granjero agachando la cabeza—. No tenían mala intención. Y ya sabes que yo no me puedo negar ante los favores.
—¿Y qué es lo que hay dentro?
—Ni idea.
—Abrámoslo.
Poco importó que el hombre tratara de negarse, a la mujer le faltó tiempo para accionar los dos cierres que mantenían a buen recaudo el interior del maletín dejándolo al descubierto sin que ninguno de los dos diese crédito a lo que veían sus ojos.
—Paco, por más que venga alguien preguntando, este dinero no sale de casa.

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