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Abrimos nuestras sección literaria en FaqsAndroid con un relato sobre el día después de una fiesta, cuando apenas sabes lo que ocurrió la noche anterior e intuyes que, seguramente, fue algo gordo. No cabe duda de que los móviles han provocado un cambio espectacular en cómo nos relacionamos, quedando con nuestros amigos gracias a ellos, conversando en tiempo real con los que faltan, fotografiando los mejores momentos de cualquier acontecimiento o, como en este caso, intercambiando más fácilmente los números de teléfono. O ayudando a reconstruir la madrugada gracias a los restos que siempre se quedan en el móvil. Si la resaca suele ser dura, mucho más puede ser el no acordarse de algo…

Relato: en el móvil siempre queda algo

En el móvil siempre queda algo

“Hemos terminado”. Sí, esto era lo único que ponía el SMS recibido a las doce del mediodía del domingo. En ese momento, no sabía qué había ocurrido la noche anterior, la cantidad de alcohol que me había introducido en el cuerpo, sus consecuencias a lo largo de toda la madrugada ni por qué, después de tantos años juntos, Marta me enviaba un mensaje cortando conmigo y sin darme ningún tipo de explicación. Claro, al menos explicaciones que yo recordara. Y, tras los intentos de desenredar todos los pedazos de recuerdos que la resaca me arrojaba omitiendo oportunamente lo importante, tardé algo de tiempo en hallar un hilo del que poder estirar, siendo este bastante confuso: Laura. Repetí mentalmente aquel nombre sin que me viniera nada a la cabeza aparte de aquellas cinco letras, pero no cabía duda de que algo tenía que ver con mi situación resacosa y solterona actual. Laura, Laura, Laura… El dolor de cabeza era demasiado intenso como para encontrar conexiones.
Decidí averiguar si conservaba algún resto más de la noche en el móvil, seguro que, al menos, tendría fotos de la fiesta. Quizá encontrara entre todos mis amigos a la tal Laura, además de saber por qué se enfadó mi propia novia. Y sí, en la galería había muchas pistas, además de imágenes comprometedoras. ¿Cómo podía ser posible que llegara a descontrolarme tanto? Fotos en las que retrataba a mis amigos nadando en una fuente, otras en las que salía yo tumbado debajo de un coche en una postura que se antojaba casi imposible y una imagen en la que aparecía una misteriosa chica rubia, sobresaliendo del resto por ser tan extraña como reveladora: allí estaba yo, abrazando a esa chica, mientras ella me besaba en el cuello. Me di varios golpes en la frente para intentar recordarlo, pero nada. Ni sabía si aquella era la tal Laura ni qué hacíamos allí abrazándonos. También ignoraba quién había sacado la foto, aunque eso era lo menos relevante.
Aquella imagen no era casual, nuestra expresión resultaba amigable, natural y con ciertas dosis de coqueteo. Demasiadas diría yo. Y ni rastro de mi novia, por lo que puede que en ese momento ya no estuviera en la fiesta. ¿Laura sería amiga suya? ¿La conocimos en el parque? ¿A ella sola, sin que estuviera con nadie más? Demasiadas incógnitas flotaban en mi maltrecha cabeza, aunque salió a flote una idea fresca que acabó cambiándolo todo. ¿Y si me hubiera dado su número de teléfono?
Abrí la libreta de contactos, busqué por la letra L, navegué entre el batiburrillo de números de móvil, cuentas de Facebook, de Gmail… y allí estaba, una Laura que no conocía. Al menos, que yo pudiera recordar. Además, por el nombre que le asigné en su momento, estaban claras mis intenciones: “Laura MelaTiraba”. Sí, así soy yo cuando me emborracho.
Accedí a la ficha de la tal Laura y allí me encontré con la rubia de la otra foto, identificada como imagen de contacto y en una pose provocativa que mostraba claros síntomas etílicos. También había información añadida, como su número de móvil, su página de Facebook y de Tuenti. La curiosidad pudo más que yo, así que tardé sólo unos segundos en pulsar sobre el enlace que guiaba al Facebook de Laura y navegar por el contenido de su página, viendo con sorpresa que allí estábamos ella y yo, la misma foto que yo tenía en el móvil, pero compartida en público. Y, por desgracia, yo aparecía etiquetado. ¿La habría visto mi novia? ¿Se habría enfadado por eso o porque nos vio en vivo y en directo? La resaca me impedía pensar mucho más allá, acrecentada por el arrepentimiento propio de los domingos por la mañana. ¿Qué más podría pasarme? La pregunta pronto tuvo respuesta en un mensaje repentino de Whatsapp, donde la tal Laura hacía una confesión que añadía aún más dudas al rebaño de ellas pastoreado por mi insufrible dolor de cabeza. “Fue brutal lo de anoche”. ¿Brutal?
“Hola!”, le escribí inocentemente. Si iba con tacto, quizá pudiese enterarme de algo más sin necesidad de preguntarlo directamente. “Hola, fiera”, respondió la tal Laura. Salpicando con un montón de emoticonos Emoji que simbolizaban la fiesta, bengalas, un conjunto de ropa interior en rosa que más bien era bikini y, para rematar, el dibujo de un fuego. “Fuego”, pensé sin escribir sobre la pantalla, que se mantenía encendida y esperando respuesta. Al instante, las nubes de mi mente se disiparon como el viento cuando aparta de un soplido el banco de niebla, dejando paso a un conjunto de imágenes en movimiento que se fueron superponiendo como una presentación en Powerpoint. La fiesta de San Juan, mis amigos lanzando petardos, botellón en el parque, Marta que se mantenía ausente, un paseo por la playa cuando ya estábamos un poco avispados, una chica que se apuntó a nuestro grupo junto con su novio, ese tío que… No tuve que indagar más, el peso de la culpa por mi posible infidelidad se esfumó.
Marta se lió con el novio de Laura y yo, para vengarme, traté de hacer lo propio con esa chica. Un juego tan infantil en su planteamiento como efectivo en su resolución, corroborado por el siguiente mensaje de la chica. “Quiero verte otra vez, esta noche ha sido inolvidable”. No es que inolvidable fuera el mejor adjetivo, pero, si quería verme otra vez, puede que terminara de desentrañar el misterio. Eso sí: de la siguiente ya me encargaría yo de recordarlo, aunque tuviera que grabar con el móvil toda nuestra cita.

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