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Acabamos nuestro relato donde el protagonista, Carlos, se ve envuelto en una trama misteriosa por llevarse un móvil de un sitio donde no debería haberlo encontrado. Y tras un buen número de semanas, toca despedirse del personaje dándole un final como se merece, aunque en este caso no haya sido el escritor quien lo marcara, sino los lectores. Sí, la elección ha sido la del final triste, así que este es un pequeño espoiler de lo que nos depara el relato de este domingo. Mirémoslo por el lado positivo: a Carlos ya no le veremos sufrir más. ¿Es esto un consuelo? Claro que sí, tras este último acto, nuestro personaje se retirará para siempre tras las bambalinas a vivir su vida de ficción. Y ese acto empieza… ya.

Relato: fin de fiesta

Fin de fiesta

La conversación de aquel misterioso hombre con quien fuera que estuviese al otro lado de línea se prolongó por unos cuantos “sí”, “eso haremos”, “lo tenemos todo controlado” y diferentes expresiones similares que apenas dejaban entrever una pista para quien estuviera escuchando, por lo que Carlos sólo tenía claro que se dirigían a algún lugar sin determinar de Barcelona o alrededores, porque el coche, aquel Mercedes de clase alta y lujos interiores al mismo nivel que el vehículo oficial de un ministro, rodaba por las calles de la Ciudad Condal sin que se filtrase desde el exterior sonido alguno del denso tráfico. Aquel hombre sentado en el asiento del copiloto cortó la comunicación guardando el móvil en algún sitio que Carlos no pudo vislumbrar debido a quedar ajeno a su vista, y no volvió a abrir la boca durante el resto del trayecto. Viaje que no se hizo mucho más extenso. Ni desconocido. Poco después de que cesara la conversación telefónica, Carlos cayó en la cuenta de que circulaban por calles próximas a su casa, reconociendo el trayecto al instante y sabiendo también cuál era el destino.

El Mercedes aparcó justo delante del edificio donde vivía, sin hacer caso a los toques de claxon e improperios que arrojaban los coches situados detrás suyo al ver obstaculizado su camino. Sin mediar palabra, ambos matones abandonaron su asiento, descendieron a la calle y le indicaron a Carlos que bajara también del Mercedes, cerrando después la puerta cuando los tres recuperaron el sandwich que habían formado desde el momento de conocerse.

—Vamos a tu casa —dijo el matón con el que Carlos había compartido las únicas palabras—. Y no quiero juegos, ¿entendido?

Carlos asintió mientras se internaba en la portería flanqueado por ambos armarios, desatándose en su cabeza las posibles opciones que podrían desencadenarse. ¿Pensaban robarle la casa? Bastante absurdo, no creía tener nada de valor como para que alguien fuera a robarle. ¿Buscar alguna pista que pudiera llevar a sus secuestradores ante los verdaderos dueños del móvil? Esto tenía más sentido ya que, seguramente, la organización para la que trabajaban los cuatro ocupantes del Mercedes bien podría no saber nada de la relación de Carlos con Martina y su padre. Aunque hubo otra idea, mucho más macabra, que cobró fuerza conforme el ascensor subía hasta el piso. ¿Y si fueran a liquidarle dejándole en su casa y sin despertar sospechas? Los nervios se acrecentaron hasta casi provocarle un desmayo, pero Carlos aguantó el tipo a pesar de que la vista se le nubló por unos instantes obligándole a dar un pequeño paso en falso nada más salir del ascensor. Mantuvo la compostura y se dirigió directo hasta la puerta. “Eso sólo pasa en las películas”, se repitió mentalmente mientras acertaba a introducir la llave en la cerradura, lográndolo al cuarto intento. Empujó la puerta y entró en el interior del piso, extrañándose de un par de aspectos que le descolocaron al momento. Por un lado, la casa estaba a oscuras, algo extraño ya que él nunca salía de ella sin dejar subidas las persianas. Y por otro lado, aquel olor que percibía no era corriente. Olía a dulce y a cera quemada, una mezcla intrigante que vio desecho su misterio según doblaba la esquina que daba acceso al comedor.

—¡Sorpresa!

Un grupo ingente de personas ataviadas con sus mejores galas saltaron de sopetón desde todos los ángulos posibles, mientras sobre la mesa ardían un buen número de velas asentadas en una tarta rectangular y de color blanco. Carlos cayó de golpe. Con el trajín de la aventura había olvidado la fecha de su cumpleaños. Pero era evidente que sólo lo había olvidado él.

—¡Felicidades! —Le dijeron uno a uno todos los amigos de la fiesta mientras pasaban a felicitarle, darle dos besos, la mano, un abrazo o, incluso, algunos tirones de orejas—. Seguro que no te esperabas encontrarte dentro de la trama de una película —le dijo otro al tiempo que le colocaba en la mano un vaso de tubo con cubitos de hielo en el fondo y vertía dentro una dosis generosa de bebida alcohólica—. La hemos organizado pensando en tu pasión por el cine.

Hay veces que los nudos se desatan como por arte de magia, incluso después de haberlo intentado sin éxito durante un buen rato. Y aquel misterio dejó por fin de serlo, encontrando en los nervios que aún le revoloteaban por el estómago el simple charco que siempre queda tras una buena tormenta. Todo había sido una broma, planeada por sus amigos para el día de su cumpleaños. Y allí estaba Carlos, recibiendo toda aquella muestra de cariño mientras en su interior se batían en duelo dos sensaciones contrarias. Por un lado, se sentía aliviado de que todo aquello hubiera sido una mentira, los acontecimientos le llevaban por un camino que tenía más piedras y zanjas que espacio para caminar. Pero por otro… Sí, se sentía engañado, como desprovisto de una emoción que había hecho suya ignorando que eran otros quienes la habían puesto ahí. Era todo mentira, claro. Con cada una de sus consecuencias.

—Lamentamos haberte asustado —le dijo a Carlos el supuesto matón con aspecto de culturista—. Si te hemos molestado sólo ha sido por meternos en el papel.
—Eso —comentó el otro matón abriendo por primera vez la boca—. Somos actores de una compañía que se dedica a montar este tipo de performance. Espero que no lo hayas pasado mal.
—No, claro que no —mintió Carlos dándole un largo trago a su copa.

Recorrió con la mirada todo el comedor localizando al resto de actores de la compañía. Apoyados en una esquina, se encontraban el supuesto conductor del Mercedes y el copiloto misterioso, que le saludaron con la mano en cuanto se cruzaron con su mirada. Además de los dos matones, encontró en el sofá al supuesto padre de Martina, con un bol de frutos secos en el regazo mientras charlaba alegremente con uno de sus amigos. Y justo en la entrada de la cocina, apoyada contra el marco de la puerta, localizó a la mujer que estaba buscando, vestida igual que la había dejado horas atrás, mientras apuraba de un trago la copa que tenía en la mano. Carlos se acercó hasta ella, justo cuando esta parecía prepararse para marchar.

—Hola —saludó Carlos alzando la mano libre—.
—Hola —le respondió la chica con una sonrisa. Algo fría—.
—Así que todo ha sido una broma…
—Pregúntale a tus amigos. Trabajamos en una compañía que se dedica a preparar estas cosas.
—No hubiera pensado nunca que actores fingieran toda una historia de misterio para regalársela a alguien por su cumpleaños.
—Pues los hay —dijo la chica adentrándose en la cocina para dejar su vaso dentro del fregadero, que aún presentaba abundante hueco libre—. Hemos montado desde tramas de espías hasta de rupturas. Y una vez… —hizo memoria mientras se acariciaba el mentón con la mano— Incluso fingimos una historia a lo James Bond. Fue realmente divertido.
—Todo mentira…

Carlos sintió desvanecerse bajo sus pies la última porción de suelo que aún le mantenía a salvo del precipicio y, como en los dibujos del Correcaminos, se vio a sí mismo como ese Coyote que se encuentra a pocos instantes de caer.

—Lo cierto es que… —a Carlos se le trabó la lengua, pero prosiguió, dispuesto a caminar por el aire los escasos centímetros que le separaban de tierra firme— Me gustas. Sí, me pareces muy guapa. Y pensé que… —recogió todo el valor del que disponía— Pensé que yo también te gustaba.

La chica sonrió, bajó ligeramente la mirada y se acercó hasta Carlos pegando los labios contra su mejilla para darle un tímido beso. Antes de abandonar la íntima cercanía, aprovechó para decirle las últimas palabras.

—Soy una actriz, mi trabajo es hacer creer lo que no siento.

Y abandonó el comedor con paso decidido, seguida del resto de actores. Carlos permaneció en el mismo sitio sin poder pensar en nada, mientras observaba cómo aquella mujer abandonaba su vida para siempre. Entonces lo sintió. Notó el vértigo y cómo el aire se arremolinaba en torno suyo acompañándole en la caída, sabiendo que, de igual modo que le ocurre al Coyote, le esperaba el fondo del barranco. Pero no le dejaron revolcarse en su propia desgracia. De repente, se vio en el centro de un tumulto mientras sus amigos le tendían el regalo de cumpleaños, primorosamente envuelto y engalanado con un gran lazo dorado. Carlos dejó su copa en el suelo y abrió con timidez aquel minúsculo paquete. Rompió una segunda capa de papel de periódico y lo que dejó a la luz fue el último golpe de una historia rocambolesca. Allí, simbolizando la ironía del destino, yacía impertérrito el maldito móvil, completando con precisión suiza una vuelta completa de 360 grados.

7 comentarios

    • ¿Querías que lo matara? XD Final triste, no trágico. Después de que al pobre le toman el pelo, descubre que la mujer que le gustaba sólo fingía y recibe un móvil como regalo de cumpleaños que seguramente le vaya a traer malos recuerdos para el resto de su vida…
      Si yo fuera Carlos, me ponía triste. :(

    • No soy de hacer historias luctuosas. Siempre he pensado que se puede escribir una buena trama sin necesidad de hacerle daño a ningún personaje, así que, a la hora de crear finales tristes, donde realmente hago hincapié es en los sentimientos. Al fin y al cabo, ¿no es ahí donde realmente nos hieren y con más insistencia? 😉

  1. Pues bueno siendo este el final triste, también me ha gustado, ya que no habéis tenido sangre chicos, haber elegido final feliz, y se hubiera zumbado a la chica xDDD

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