UMI

Volvemos a cambiar de tercio en lo que a relatos se refiere poniéndonos un poco más melancólicos, no en vano el tiempo tan lluvioso y fresco que tenemos incita bastante a esta tarea. ¿Quién no ha tenido un amor importante en su vida? Pues de eso versa nuestra historia, unida en torno al tema que nos mueve en Faqs Android: los móviles. ¿Qué ocurre cuando se hace un regalo con forma de móvil? Evidentemente, se entrega un pedazo de tecnología, que es capaz de realizar muchas tareas. Pero también se regala un diario en el que se van acumulando miles de recuerdos, desde mensajes a fotografías. ¿Y qué ocurre cuando se recupera el teléfono después de un tiempo? Pues que…

Relato: Juntos para siempre. O no. ¿O sí...?

Juntos para siempre. O no. ¿O sí…?

—¿Te gusta?
Natalia no supo qué decir. Recién salido de aquel envoltorio en llamativo papel dorado, con su correspondiente lazo de color rosa que había pasado a mejor vida tras la emoción del momento, relucía un paquete blanco y minúsculo con la fotografía de un móvil sobre la cara frontal, estando protegido por una capa de film transparente. Natalia sintió cómo aumentaba su estado de excitación. Allí impreso, con la interfaz característica de la marca, se encontraba el teléfono que llevaba deseando desde el momento en el que lo vio expuesto en una tienda, habiendo sido un acierto por parte de su novio, Óscar, el haberse acordado de dicho deseo justo a pocos días del cumpleaños de la chica. Pero no sólo estaba el paquete del móvil, debajo había otro diminuto envoltorio, con el mismo papel de regalo que el original donde había estado oculto. Aunque sin lazo.
—¿Y esto qué es? —Preguntó Natalia recogiendo el diminuto paquete. Óscar sonreía mientras su pareja sopesaba el enigma envuelto—. Pesa muy poco. Y se supone que el regalo era este móvil, ¿no?
—La única solución es abrirlo, ¿no te parece?
Óscar contuvo la respiración mientras Natalia desgarraba con ímpetu el papel dorado, sacando a relucir una pequeña pieza de plástico blanco. De forma cóncava según se miraba de frente, poseía un color blanco mate que se transformaba en brillante para la parte trasera, protegiendo una inscripción que, en letras grandes y cuidadas a la vista, dejaba leer un “Para siempre” justo por encima de sus dos nombres, Natalia y Óscar.
—¿Es una funda para el móvil? —Preguntó Natalia sosteniendo aquel pedazo de plástico—.
—Así es —respondió Óscar agarrando la funda de manos de su novia—. Es para el móvil que querías. Así, siempre llevarás encima nuestros nombres y el mayor de nuestros deseos.
—Juntos para siempre…
—Así es. Para siempre.

Los días de domingo son sinónimos de días de limpieza, eso era algo que Natalia conocía bien. Dado que intentaba estar el máximo de tiempo fuera de casa, no podía evitar que los domingos se acrecentase dicha limpieza, siendo necesario aplicar más esfuerzo de lo lógico y necesario. Y aquel domingo de octubre estaba siendo aún más estricto de lo habitual, enfrascada como estaba en el cambio de armarios para enfrentarse a los rigores del otoño. Apertura de cajas con pantalones, jerseys y chaquetas, intercambio por tops, blusas y pantalones cortos ajustados propios del verano, muda de chanclas por zapatos… Y algo que solía hacer cuando se arriesgaba a subir al altillo: cotilleo de los múltiples objetos que se encontraban desperdigados criando polvo, regocijándose en la sensación agradable de recuperar una porción de sus recuerdos en forma material. Como abrir una cápsula del tiempo enterrada meses o años atrás. Pero aquella pequeña caja blanca iba más allá de un puñado de recuerdos inofensivos, el torbellino que destapó se enroscaba en lo más profundo de su corazón trayendo a la superficie sensaciones tan contradictorias como la esencia propia del ser humano.
“Ya ni me acordaba de este móvil”, pensó Natalia volteando la caja para contemplarla por todos sus ángulos. La cogió con las dos manos, deslizó suavemente la tapa hasta descubrir el interior y allí, blanco e impoluto, recibió los buenos días de un teléfono móvil que, a pesar de estar apagado, transmitía casi tanto como si estuviera activo. “Óscar…”.
Natalia y Óscar se habían separado hacía más de dos años, poniendo distancia de por medio a una relación que había resultado frustrante para ambos. “Demasiadas esperanzas puestas en ella”, pensó la chica mientras extraía el móvil del hueco en el que se acomodaba dentro de su caja. “Quizá fuese más culpa mía que de él, pero lo cierto es que no podíamos estar juntos”. Según pensaba, una corriente de helado remordimiento iba sacudiendo su cuerpo desde el estómago hasta la columna, atascándose en su garganta hasta impedirle casi respirar. “Estoy tan sola…”. Natalia se sentó en el suelo, con el móvil y la caja sobre el regazo, y dejó fluir las lágrimas como hacía cada vez que le atacaba la melancolía, por la espalda y en los momentos más vulnerables. “Como asediar a un castillo sin defensas”, solía pensar.
Se secó las lágrimas con la manga de la camiseta y probó a encender el móvil. Para su sorpresa, aún conservaba algo de carga, lanzándose al momento la animación de arranque y teniéndolo operativo en algo más de un minuto. Natalia navegó por los distintos menús recordando lo mucho que se había divertido en su momento con aquel teléfono, y acabó cayendo en la galería de imágenes, para su desgracia. Allí estaba ella, y lugares habituales que reconoció a simple vista, y estaba Óscar, y ella y Óscar, los dos en los lugares habituales, aquellos por los que le resultaba imposible volver a pasar sola. Entonces, un nuevo río de lágrimas irrumpió por el cauce como si se hubiera desbordado de una presa, necesitando de varios minutos para recomponerse. En vano, porque dentro de la caja del móvil, oculta bajo el manual de instrucciones, se encontraba la famosa funda serigrafiada. Y fue leer el “Juntos para siempre” para darse cuenta de lo mucho que se había auto engañado.
—¿Por qué? —Gritó. El escaso espacio del altillo le devolvió su propia voz amplificada, retumbando en sus oídos casi tanto como en su subconsciente—. ¿Por qué tuvimos que dejarlo? —Volvió a mirar aquellas letras, aquellos dos nombres grabados en la funda como el anticipo errado de una falsa adivinación, y se derrumbó, cayendo desmayada presa del pánico.
“¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?”. Natalia se irguió sintiendo una molestia en su cabeza, aunque pesaba más la del corazón. “No creo que haya sido mucho”. Trató de detener sus pensamientos, aunque una coletilla recorrió impasible su cerebro. “Pero ojalá me hubiera quedado ahí…”. Se irguió, sacudiéndose las malas ideas, y, al hacerlo, el móvil cayó al suelo, junto con la funda y la caja. Sin saber cómo, la aplicación de teléfono se activó, mostrando la última llamada realizada. “Óscar…”. Recogió el móvil del suelo y se vio tentada de pulsar en llamar. La sensatez bloqueó el primer intento, pero no el segundo, saltando el nombre a pantalla grande mientras aparecía la foto de su ex pareja. No cortó la llamada, pensando que sería imposible que hubiera saldo en aquella tarjeta. Pero se equivocaba, quedando a merced de un destino que sabe como nadie mover el hilo de sus marionetas.
—¿Diga?
Natalia no contestó, quedando muda de puro nervio.
—¿Natalia?
La voz de Óscar sonaba cristalina del otro lado de la línea, despertando tantos recuerdos como necesidades afectivas.
—Sé que eres tú. Respóndeme.
Más silencio. Entonces, el interlocutor dio un primer paso, consciente de que se trataba de uno grande.
—Lo siento —Óscar hizo una pausa, incapaz de ocultar su emoción—. Siento mucho lo que ha pasado. Lo siento, de veras. Te echo mucho de menos. Tanto, que a veces he pensado en no volver a levantarme.
—Yo también te echo de menos…
—Qué ganas tenía de escuchar tu voz.
—Y yo la tuya…
—Te quiero, siempre te he querido.
—Y siempre te querré…
—¿Por qué no quedamos y hablamos de nosotros?
—Claro. ¿Estás libre esta noche?
—Y ahora mismo.
Natalia y Óscar concretaron la cita, colgaron y ambos se dispusieron a engalanarse para recuperar el terreno que habían perdido. Natalia, por su parte, dejó la limpieza para otro domingo, bajó del altillo y puso a cargar el teléfono que, junto con su relación, había conseguido recuperar. Lo dejó sobre la mesa, con el cable colgando, y cayó en la cuenta de que le faltaba una cosa. Le puso su funda, la ajustó al cuerpo del teléfono haciendo presión y volvió a leer aquel mensaje. Puede que, después de todo, no estuviera tan equivocado.

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