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Tercera entrega de nuestro relato de misterio protagonizado por Carlos. Y hoy es realmente emotivo para nuestro personaje. Como habéis elegido durante toda la semana, se acaba enfrentando a su perseguidora, encontrando en ella algo con lo que no esperaba toparse. Intriga, ¿a que sí? Pues ya sabéis que sólo hay una manera de saber cómo continúa el relato: leyéndolo. Y votando por la continuación, por supuesto. ¿A o B?

Antes de empezar, hagamos un resumen de los dos capítulos anteriores. Carlos, una persona corriente y rutinaria, se encuentra un móvil de alta gama en un baño público. Decidido a devolverlo, se lo lleva esperando a que el dueño le llame para recuperarlo, pero no lo hace. Tras todo un mes, opta por quedarse con el móvil, y es entonces cuando recibe la llamada, obligándole a devolverlo de malas maneras. Carlos decide no acudir a la cita, saliendo al día siguiente de su casa para retomar su vida cotidiana. Y se da cuenta de que una chica le sigue, despistándola en la estación de metro para después esconderse en un hotel. Pero su perseguidora le encuentra, vigilando a Carlos por si este saliera por la puerta de su escondite. Él decide enfrentarse a ella.

Relato: la sorpresa tiene cara de mujer

La sorpresa tiene cara de mujer

Decidido, tenía que actuar a la ofensiva en lugar de esconderse dentro de su caparazón de cangrejo. ¿Qué podría perder? Carlos no era del tipo de personas que tuviese el valor de enfrentarse con decisión a lo desconocido, y menos cuando percibía indicios de peligro. Pero estaba claro que sólo se podía actuar, devolviendo el mango de la sartén a su propia mano. O, por lo menos, eso intentaría.

Echó una última ojeada por la ventana, comprobó que la posición de la chica pelirroja seguía siendo la misma, recostada sobre la pared del edificio opuesto al del hotel mientras vigilaba la entrada principal del mismo, y trazó un rápido plan en el que, a pesar de improvisado, quedaban definidos todos y cada uno de los movimientos. En dicho plan, Carlos tomaba el ascensor hasta la planta baja del hotel, se internaba en recepción manteniéndose en el fondo de tan amplia y diáfana estancia, giraba a su derecha adentrándose en el restaurante para huéspedes que se mantenía abierto también a los que no lo eran y salía a la avenida por el lateral del enorme edificio, manteniéndose fuera de la vista de su perseguidora hasta que, habiendo recorrido una distancia prudencial en sentido contrario para que no le viera, bordeaba la manzana llegando por la calle posterior, una calle en diagonal que desembocaba justo en la misma avenida y a la altura del hotel, a pocos metros de donde la chica se mantenía apoyada. Y todo salió a pedir de boca. Tras poner en práctica el plan, Carlos se encontró parapetado tras la esquina del edificio que ahora compartía con la pelirroja, mientras los nervios le golpeaban el estómago y cada parte del cuerpo amenazando con estropear la improvisada jugada. ¿Se atrevería a sorprenderla apareciendo de sopetón por su costado?

“Venga, que ya he llegado hasta aquí”, pensó Carlos reuniendo las fuerzas para lanzarse y doblar la esquina. “Si no lo hago ahora no lo podré hacer nunca”. Se palpó el bolsillo del pantalón donde guardaba el móvil desencadenante de la situación extrema en la que se encontraba, rezó por que no le sonara justo en ese momento, respiró todo lo profundo de lo que fue capaz, tensó los músculos de las extremidades y dio una zancada saliendo del refugio que le proporcionaba la esquina. “¡Allá voy!”.

—Hola —espetó Carlos tras recorrer en varias zancadas la distancia que le separaba de la chica. Esta se sorprendió, irguiéndose y dirigiendo el cuerpo hacia él, pero no se mostró asustada. Al contrario que Carlos—. Aquí me tienes.

Días después, una vez hubo concluido la aventura, Carlos rememoraría todas y cada una de las palabras que se dirigieron en aquel momento, lamentando profundamente el no haber elegido una frase más oportuna que un “Hola. Aquí me tienes”. Pero en el momento de la acción, poco más pudo pensar aparte de enfrentarse a ella cara a cara.

—Hola —respondió la pelirroja con una sonrisa después de verse asaltada. Su rostro no poseía ni rastro de maldad, enfado o rencor por haberse visto sorprendida justo cuando tendría que haber sido al contrario, mostrando unos rasgos que denotaban diversión y cierta alegría por el encuentro—. Al fin nos vemos —comentó tras unos segundos durante los que se mantuvo analizando a Carlos—. No esperaba que fueras así.
—¿Así? —Repitió Carlos. La actitud tan jovial de su perseguidora le había descolocado, quedando totalmente a merced de ella—. ¿Y cómo te pensabas que era?
—Bueno… —la chica se mantuvo pensativa mientras se acariciaba con la mano el mentón, un gesto que maravilló a Carlos, indefenso ante el carisma y la belleza de aquella mujer— Después de que nos hubieras robado el móvil y de que no nos lo devolvieras cuando te lo pedimos, te hice un aspecto más de… —pensó la palabra, seguramente porque la primera que le vino a la cabeza le pareció inapropiada—. Gamberro.
—¿Gamberro? —Volvió a repetir Carlos. Su escasa dialéctica le abandonaba—.
—Sí, ya sabes. De esas personas que tiene cara de robarte el bolso cuando miras para otro lado.
—Pero… Yo no soy un gamberro.
—Eso ya te lo he dicho, no tienes cara de gamberro.
—Tampoco soy un ladrón.
—Bueno, en eso creo que no estoy del todo de acuerdo.

El rostro de la chica mutó ostensiblemente desde la simpatía hasta el enfado cambiando, incluso, su tono de voz. Este pasó de ser suave a mostrarse áspero.

—¿Por qué nos robaste el móvil? —Inquirió la chica—. No tenías ningún derecho a quedarte con él. ¿Por qué no nos lo devolviste cuando te lo pedimos?
—Yo no he robado ningún móvil —Carlos revolvió entre la maraña de pensamientos de su cabeza localizando la explicación más plausible y conmovedora posible—. Yo me lo encontré en el baño y lo recogí para que ningún otro lo encontrara. Tenía la intención de devolverlo. De hecho, lo mantuve encendido durante un mes, para que así vosotros pudierais llamar al teléfono y contactar conmigo. O cualquiera de vuestros amigos. Pero nadie llamó hasta que yo cambié la SIM y puse la mía. Después de todo un mes.

Carlos recalcó la última frase, haciendo énfasis en sus buenas intenciones. Y pareció surtir efecto, porque la pelirroja volvió a mostrarse tan amable como al principio.

—Vale, es cierto que nosotros teníamos que haber llamado.
—Y no lo hicisteis —Carlos se envalentonó—. Y no sólo eso, sino que encima me llamasteis amenazando, llegando, incluso, a perseguirme. ¿Quién os creéis que sois? ¿Unos matones?
—Nosotros no somos nada de eso.
—¿Alguien de la policía secreta?
—Tampoco.
—¿El gobierno…?
—Menos aún. Tú ves muchas películas, ¿verdad?

Carlos estaba avergonzado. Según se confirmaba, su imaginación parecía no tener límites.

—Te seguí para recuperar el móvil —continuó la chica—. No sabía ni quién eras ni tus intenciones. Ahora veo que mi padre no tenía razón y que tampoco debíamos comportarnos de esta manera.
—¿Tu padre? ¿Ese hombre malhumorado que me llamó por teléfono?
—Sí, el mismo. Cuando se pone nervioso puede parecer un poco agresivo, pero es buena persona.
—¿Cómo te llamas?

Carlos pensó que ya era hora de conocerse algo más en profundidad, puesto que todo parecía indicar que aquella relación estaba destinada a ser más extensa que la clásica entre perseguido y perseguidor. La chica dudó por un instante, pero no tuvo reparos en confesar su nombre.

—Yo soy Martina. ¿Y tú cómo te llamas?
—Carlos.

Dos besos en las mejillas sellaron la amistad. Carlos sintió la piel de su nueva amiga quedándose grabada en una zona del cerebro destinada a tener siempre presente la agradable sensación de cercanía con otra persona, quedándose igualmente marcado su perfume, un olor delicado y fino que emanaba del cuerpo en tonos cítricos ofreciendo un auténtico festín para el olfato. Y para la melancolía.

—Ahora que nos conocemos, supongo que nos devolverás el móvil, ¿no?
—Cla… Claro —balbuceó Carlos embelesado. En sus labios aún permanecía el tacto del rostro de Martina—. Aquí lo tienes.

Carlos extrajo el móvil de su bolsillo alcanzándoselo tal cual a su dueña, sin caer en la cuestión de que ni siquiera le había quitado su SIM ni borrado los datos. Martina rechazó recogerlo, lanzándole una proposición que cambiaría para siempre su rutinaria vida.

—¿Quieres venir conmigo y dárselo directamente a mi padre? Seguro que con tu ayuda acabamos antes nuestro trabajo.

Y ahora la pregunta de la semana, bien obvia según se desarrollan los acontecimientos. ¿Elegís A o B?

  • A: Carlos rechaza la invitación de ir con Martina.
  • B: Carlos acepta, involucrándose en el trabajo. Sea cual sea.

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