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¿Intrigados por saber cómo termina nuestra historia del móvil de segunda mano? ¿Os comíais las uñas tras haber leído las dos partes anteriores y no sabíais cómo iba a concluir el relato? Pues ya tenemos aquí a la última y definitiva parte, dejando a nuestro protagonista con la clave del misterio al descubierto. ¿Será lo que él esperaba? ¿Conseguirá salir de la historia sano y salvo a pesar de haberse involucrado en una trama de misterio? Pues sólo hay una manera de saberlo: leyendo el relato. Esperamos que el desenlace os guste tanto como a nosotros nos ha gustado escribirlo.

Esta es la tercera y última parte de una trilogía de relatos relacionada con un móvil de segunda mano. Si no has leído las dos entregas anteriores, puedes acceder desde este enlace a la primera historia, enlazando a partir de ella a la segunda y, posteriormente, también a la tercera, de la que vamos a dar buena cuenta a continuación.

Relato: Las fotos de móvil no están concebidas para imprimirse

Las fotos de móvil no están concebidas para imprimirse

Por más que leía una y otra vez aquella contestación escrita no sacaba demasiadas conclusiones, estando tan confuso como al inicio de toda la historia cuando Diego se descubrió a sí mismo en las fotografías guardadas del teléfono que había comprado de segunda mano. Tras un lío argumental más propio de una obra teatral del Siglo de Oro que de una vida común y corriente como la suya, Diego se vio atrapado en la telaraña tendida por una chica con la que creía no guardar relación, algo que contrastaba con las palabras de ella y con el hecho de haberle seguido a escondidas para robarle una intimidad que parecía no pertenecerle. Diego no aprobaba el trabajo de los paparazzis, y menos si era él el objetivo, desarrollando a partir de ese momento cierta empatía con los famosetes de medio pelo que se ven abocados sin desearlo a las páginas del corazón. ¿Cómo se sentía? Más turbado que enfadado, habiéndose desecho de la ira inicial en favor de una curiosidad que, como quien mete los dedos en un enchufe para ver qué pasa, podría acabar con su vida tal y como la conocía.
Diego se preparó al día siguiente para la cita como quien se enfrenta a la mujer que sus padres le han entregado en conveniencia. Nervios, miedo, inconformismo, confusión… y cierta alegría que desentonaba con el resto de sensaciones turbadoras. “¿Qué tal estoy?”, se preguntaba mirándose al espejo del dormitorio, uno anclado a la pared que le permitía observarse al completo gracias a sus dimensiones. “No soy un cobarde, pienso cantarle las cuarenta a esa chica. Sea quien sea”. Dio un giro en redondo observando su retaguardia mientras, mentalmente, se reprochaba las esperanzas que había puesto en esa cita unilateral. “Vale, seguro que no me conviene una chiflada como esta. Pero, ¿y si resulta que es guapa? ¿Y si le gusto tanto que me ha estado haciendo fotos sólo para poder verme a todas horas?”. Diego dio unos últimos toques a los picos del cuello de su camisa apartando de su mente la parte más racional de su conciencia; miró el reloj, comprobó que estaba a apenas treinta minutos del horario habitual para salir de casa aquel día de la semana y abandonó el dormitorio sabiendo que, conforme pasaban los minutos, se encontraba menos dispuesto a arrojar reproches; algo clave ante una violación de la intimidad como la que había sufrido. “¿Y si fuera guapa?”. De repente, como el profeta que escucha súbitamente una revelación, le vino a la cabeza una persona. “¿Y si fuera esa Laura?”. Aunque, por improbable, la descartó.
Del domicilio de Diego a su bar preferido apenas habían diez minutos andando, distancia que alargó al máximo tratando así de no llegar con mucha antelación. Jugueteaba con el móvil mientras encauzaba los pasos fantaseando con la idea de que el teléfono había pertenecido a una chica guapa y esbelta, rubia y de grandes pechos, simpática y alegre, rasgos por los que cualquier hombre apostaría con los ojos cerrados, Diego incluido. Y así es como se sentía: cegado, como un ajusticiado camino de su ejecución con un pañuelo anudado a los ojos, impidiéndole ver adónde se dirigía ni quién iba a ser el verdugo. Puede que no fuese tan grave como para pensar en ejecuciones, pero, justo cuando el camino concluyó y no existía otra salida que enfrentarse al inevitable final, su estómago se constriñó esperando el disparo, aunque fuese él mismo quien tuviese que apretar el gatillo. Y así lo hizo. Diego empujó la puerta del bar enfrentándose a su destino, ignorando que era el mismo destino quien le había puesto allí dicha puerta.
Entró en el bar y miró alrededor. Aquel recinto no era ni demasiado grande ni muy pequeño, quedando en las dimensiones justas para albergar a varias decenas de amigos sin que tuviesen que mezclarse sus conversaciones. Unas pocas mesas estaban dispuestas en forma de columna a mano derecha y justo enfrente de la barra que, obviamente, se encontraba a mano izquierda, completando la primera estancia de las dos principales con las que contaba. Tras una pequeña pared, en la que desembocaba la barra, quedaba una especie de reservado donde no se vislumbraba a los clientes hasta que se traspasaba el dintel del arco que servía como puente entre las dos secciones del bar, atesorando la sección más profunda una cuadrícula de mesas con sus respectivas cuatro sillas alrededor. En la zona del bar más próxima a la puerta de entrada no había nadie que respondiese a las señas de una chica así que Diego cruzó por la vía rápida saludando con la mano al dueño, que se mantenía distraído tras la barra conversando con uno de los clientes habituales, también amigo de Diego. Justo antes de traspasar el umbral bajo el arco se detuvo, aún a salvo de las miradas que pudieran acechar más allá. ¿Entraría? Claro que sí. ¿Acaso no era respuestas lo que buscaba? Por supuesto. ¿Iba a amedrentarse por más que estuviera en desventaja? “Me reconocerás”, se repitió antes de dar el paso, marcando con él el punto de no retorno. Y así fue: la reconoció. Sentada al fondo del reservado, en una mesa para cuatro donde sólo ella ocupaba asiento, la chica misteriosa le asaltó la mirada como la propia frase que había remarcado en el correo, cayendo en la cuenta de quién era y, también, de las posibles motivaciones que la habían llevado a convertirse en una espía de andar por casa. Entonces, se echó en cara su exceso de inocencia por ignorar quién se escondía tras el correo, aunque ya era tarde para emitir reproches a nadie más que a aquella chica, que le saludó con la mano antes de lanzarle la primera flecha.
—Te estaba esperando, Diego.
Este se quedó petrificado ante aquella voz dulce que le hablaba como si él fuese una serpiente, sabiendo que tenía más de serpiente la propia encantadora.
—¿No irás a marcharte ahora, verdad? —La chica, una de las Lauras que se habían prodigado por su vida, y que no deseaba volver a ver, le indicó con un gesto que se sentara, retirando después la silla contigua a la suya—. Menuda casualidad, quién me iba a decir a mí que nos encontraríamos de esta manera.
Diego vaciló, pero los pies se negaron a recular. Laura, viendo que su amor platónico no se decidía a dar un paso, le engatusó con una sonrisa y con un guiño, lanzando un halo invisible tan hirviente y turbador que Diego fue incapaz de resistirse al encantamiento. El destino le había tendido una emboscada y él no tenía armas con las que defenderse, estando a merced de una bandida que le había robado varios meses de su existencia. Además de decenas de fotos y de una tarde que no había hecho más que empezar, ignorando el final tan rocambolesco que le esperaba. “Guapa es”, se burló mentalmente infundándose ánimos.
—Cuánto tiempo —Laura le dio dos besos en las mejillas una vez que Diego se hubo sentado a la mesa, aproximándose en exceso a los labios—. Hará… ¿Siete meses? —La chica esperó a que su acompañante contestara, pero este no lo hizo, habiéndose atragantado ante el arrojo de Laura—. Sí, hace siete meses. Concretamente —hizo el cálculo mental—, siete meses y trece días —Laura miró el reloj de su muñeca—. Y seis horas, lo recuerdo como si fuera ayer.
“Yo también lo recuerdo”, pensó Diego paralizado. Si Laura era una viuda negra, ya había sufrido el picotazo.
—No quiero que pienses mal de mí, la antigua Laura ya no está —ante la mirada extrañada de Diego, pasó a explicarse—. En serio. He dejado de ser tan obsesiva. Y ya no soy tan celosa. De verdad, créeme.
A sus ojos fríos y calculadores se asomó una cálida tarde de primavera, como ese sol que calienta tímidamente entre unas cumbres nevadas. Y Diego sintió cómo su recelo interior se resquebrajaba, dejando paso a una empatía con el poder de transformarse en cariño. Sentimiento que fue aflorando desde su corazón tras haberse refugiado allí después de la trágica ruptura. “Diego, no te dejes engañar”, pensó hablándose en tercera persona; como si quisiera auto convencerse. “Es la misma Laura que te rompió el corazón hace siete meses. ¿La recuerdas? La misma que estuvo a punto de secuestrarte de todo lo que más querías”. Pero era inútil. O el encantamiento había surtido efecto o, en realidad, Laura había cambiado, porque se comportaba de una manera diferente a la que tenía en sus recuerdos, aún aletargados.
—¿Por qué has cambiado? —Diego se asombró de escucharse. Su voz sonaba pálida y reverberante, como surgida del fondo de una cueva—. ¿Seguro que lo has hecho?
—Sí, créeme.
—¿Y por qué me has estado siguiendo? —Al estirar del hilo el resto de reproches acudieron a la llamada—. ¿Por qué me has estado haciendo fotos sin que yo me diese cuenta? Y encima vendiste las pruebas sin preocuparte ni siquiera de borrarlas. ¿Y si hubiera comprado el móvil otra persona?
—Lo siento —Laura agachó la cabeza compungida y rompió a llorar sonoramente mientras se tapaba los ojos con los dedos de la mano—. No debí hacerlo, soy una idiota. Pero me dejé llevar y… —la chica hipó arrojando con dificultad las palabras—. Y… No pude evitar hacerte fotos para… Para tenerte más cerca.
Diego sintió algo extraño en el pecho. Y no supo si se trataba de desprecio hacia sí mismo por haber dudado de Laura o, simplemente, era fruto del retorno de su atracción hacia ella. No se preocupó en el momento de discernir cuál de las dos sensaciones era la acertada, pero, a tenor de cómo actuó a continuación, seguramente fueran ambas.
—Está bien, no pasa nada —Diego consoló a Laura acariciándole la espalda, sintiendo un escalofrío por la suya al rozarle la parte desnuda del cuello. Hacía meses que no sentía el tacto de la piel de una mujer, y aquella porción tan suave le pareció una puerta abierta al fin de su soledad. Por más que hubiera sido elegida así—. Siento hacerte llorar, pero es que me pareció horrible encontrarme en las fotos de un móvil extraño. Fue… —echó mano de la memoria, obnubilada por el fino vello que le nacía a Laura en la base de la nuca—. Como si me hubieran robado una parte de mí sin permiso.
—Lo siento —Laura repitió la frase cargándola de disculpa y sin alzar la cabeza. Parecía estar a gusto con el consuelo—. Eras mi mundo y, de repente, desapareciste.
—Es que… No soportaba que te entrometieras en mis amistades.
—Lo hice porque… Te quiero.
—Y nunca me gustaron tus celos. No soporté que te pelearas con mis compañeras de trabajo.
—…
—Y que siempre te burlaras de mis aficiones, sobre todo con los móviles —Diego detuvo los reproches. Parecía que su ex pareja se arrepentía—. Pero si has cambiado…
—¡Lo he hecho! —Laura alzó la cabeza como el canguro que da un respingo, mostrando el gesto compungido y alterado por un borrón de maquillaje. Como si un pintor hubiese pasado la brocha por la cara de un mimo—. Créeme, no volverá a ocurrir. Dame otra oportunidad.
—Yo… —Diego balbuceó. La chica, para enfatizar su arrepentimiento, le agarró de las manos, sosteniéndolas demasiado cerca de su pecho. Como advirtió el indefenso Diego—. Bueno, supongo que lo podemos intentar.
—¡Gracias!
Y se abrazaron, obteniendo una sensación tan grata como largo fue el mismo abrazo. Mientras, el tiempo transcurría despacio, desgranándose con parsimonia en el reloj de arena que ambos compartieron con el destino. Como una cita a tres en la que Laura y Diego aprovecharon para besarse tras el primer abrazo, abrazarse aún más fuerte tras el primer beso, besarse apasionadamente tras las primeras muestras de un cariño aletargado por la ruptura y encaminar sus pasos fuera del bar hasta el piso de Laura, cambiando de escenario sin mutar ni un ápice la acción. Allí, un invisible regidor dio por comenzado el último acto, que arrancó con unas llaves pendiendo en el rellano.
Laura abrió la puerta de su piso y Diego lo encontró igual que la última vez. Era un tercero sin ascensor coqueto, de reducidas dimensiones y con todas las estancias separadas entre sí por diez pasos a lo sumo, donde lo reducido del espacio contrastaba con la casi total ausencia de mobiliario. Ideal parejas, como diría cualquier anuncio inmobiliario, disponiendo de un vestíbulo como punto de partida para un pequeño pasillo que mantenía la cocina a mano derecha y de frente al comedor. La estancia más grande del piso guardaba el espacio justo para colocar un sillón de tres plazas con la televisión enfrentada a apenas tres metros, situándose esta contra la pared y siendo lo único que colgaba del tabique. Ni cuadros ni fotografías ni relojes, a Laura le gustaba el minimalismo llevado al extremo movida por su escasa dependencia de los objetos.
La anfitriona llevó de la mano a su invitado sin dar ningún tipo de rodeo, cruzando el pasillo, el comedor, adentrándose por la parte izquierda del mismo y dejando atrás el baño y el trastero, que se abrían a los costados con idéntico aspecto al que Diego tenía en la memoria. Pero no ocurrió lo mismo con la habitación de Laura, que se encontraba justo de frente según se avanzaba por el segundo pasillo. Tras abrir la puerta, extrañamente cerrada, Diego se encontró con una decoración más propia de una película de terror que de la comedia romántica que segundos antes le parecía estar viviendo, reconociéndose al instante en las decenas de pósters que jalonaban aquellas cuatro paredes. Cruzó el umbral mientras giraba la cabeza en todas direcciones descubriéndose en más y más imágenes, todas de diferentes dimensiones y en distintos soportes. Había fotos tamaño cartel de cine de él hablando con unos amigos en la terraza de un bar, de Diego saliendo de su oficina, habían imágenes tamaño carnet que completaban un collage en forma de corazón, todas con él en primer plano, folios con aspecto borroso donde aparecía su figura como si hubiese sido objeto de una prueba de impresión… En definitiva: allá donde mirase allá que se veía. Incluso en forma de peluche, presidiendo la cama con una reproducción en tela, y a escala, de él mismo.
—¿Qué es esto? —Preguntó Diego tras avanzar hasta la cama y recoger el peluche. Su cara, la real, mostraba una mueca de desconcierto con algunas notas de asco—. Explícame qué hago en todas estas fotos y en este… —volteó el muñeco para verlo por detrás, comprobando que el atuendo encajaba con su propio estilo—. Peluche.
—No te enfades —al rostro de Laura volvió a asomarse la misma mirada fría y calculadora que Diego recordaba de sus peores momentos. A su vez, arqueó los labios formando una sonrisa pizpireta acorde con el movimiento sensual que pasó a interpretar, avanzando hasta él mientras se desvestía de cintura para arriba—. Ya no me hacen falta tus fotos, te tengo en la realidad.
Diego quedó inmovilizado ante el cariz sexual que estaba tomando la situación, viéndose tumbado sobre la cama tras un impetuoso empujón de su amante, cayendo esta encima suyo. Y se dejó hacer, abandonándose al consuelo de un calor que, aun siendo peligroso, reconfortaba.
—Vamos a jugar, ¿te parece? —Diego asintió. Acto seguido, Laura se inclinó tratando de alcanzar la mesita de noche, de la que extrajo con cierta dificultad dos parejas de esposas. Los pechos desnudos de la chica rozaron la nariz de Diego robándole cualquier rastro de auto dominio, única explicación lógica para lo que ocurrió a continuación—. Voy a esposarte a la cama.
Y así lo hizo. Gracias a los barrotes de forja del cabecero, las esposas se anclaron eficazmente a la cama inmovilizando las muñecas del improvisado cautivo que, privado de voluntad, veía la escena como si no fuera con él, como si asistiera de espectador a una película de bajo presupuesto y alta carga sexual. Satisfecha con el trabajo, Laura abandonó el lecho rodeándolo hasta llegar a su escritorio, de donde recogió una cámara compacta que reposaba tranquila aguardando el momento de entrar en acción. Y ese momento había llegado.
—¿Recuerdas la de veces que me decías que el móvil era lo mejor para hacer cualquier cosa, fotos incluidas? —Laura se situó a los pies de la cama enfocando con la cámara a su prisionero, tomándole las primeras instantáneas—. Pues te equivocabas —cambió de posición para variar el plano. Diego ni se inmutó—. Me compré un móvil carísimo y hacía una mierda de fotos. Tuve que malvenderlo para comprarme una cámara de verdad —volvió a mover su posición, yendo hacia el otro costado de la cama—. Y, además, descubrí algo: las fotos de móvil no están concebidas para imprimirse.
Diego se abandonó a su suerte abandonándose, a su vez, a los designios de su captora, disfrutando de una extraña sensación mezcla de paz, amor, deseo y, no podía negarlo, temor. No sabía hasta dónde llegaba la turbación de Laura, pero tampoco se aventuró a hacer suposiciones. Simplemente, se dejó llevar. Y, según comprobó más tarde, no se estaba tan mal esposado a una cama.

Fin.

Relato: Las fotos de móvil no están concebidas para imprimirse

6 comentarios

  1. Uff! que miedo da esta Laura 😉

    Mis felicitaciones de nuevo Iván. Tienes vocación de novelista. Te animo a que sigas escribiendo relatos y nos podamos deleitar con ellos.

    • Muchas gracias!
      Vocación tengo, de novelista ya no lo sé. Hay que echarle narices para enfrentarse a una novela. 😉
      Ten por seguro que los vas a seguir leyendo. Aunque esto suena más bien a amenaza. 😛

  2. La verdad es que no me esperaba los giros que han habido, primero creía que acabaría en romance pastelón, pero luego parecía que iba a acabar en asesinato, la verdad es que me has tenido intrigada hasta el final.

    • Eso está bien, significa que no está tan mal escrito. Y antes que gustarle a los demás prefiero gustarte a ti. 😉

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