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Ha llegado el día más alegre para todos los niños: el día de Reyes. O el momento en el que todos los padres hacemos la vista gorda y les permitimos ensuciar toda la casa con papel de envolver, cajas por doquier, plásticos y juguetes recién abiertos desparramados por todos los rincones. Evidentemente, esto nos alegra enormemente, contemplando cómo se divierten mientras retrocedemos mentalmente a ese momento infantil en el que nosotros también hacíamos lo mismo. ¿Os han traído muchas cosas los Reyes? ¿Habéis regalado otros tantos regalos? Pues desde Faqs Android os entregamos un pequeño detalle en forma de relato, para que os entretengáis leyendo durante unos minutos. Con el día de Reyes como tema principal, además del omipresente de los móviles. ¿Os apetece leerlo?

Lista de Reyes compartida

Relato: Lista de Reyes compartida

Aquellas eran unas Navidades algo tristes para Mario ya que, además de que sus nueve años marcaban la frontera con la pérdida de la inocencia y el comienzo del descreimiento propio del adolescente, también iniciaron el descenso al pozo que supone para un niño el hecho de que sus padres se divorcien, sucediendo un frío seis de diciembre, fecha en la que ambos progenitores sellaron oficialmente el no quiero. Sin preguntarle la opinión ni compartir con él sus diferencias. Sencillamente, ocurrió.
Luis, padre del niño, se enfrentó a las mismas Navidades convulsas que su hijo, aunque desde un punto de vista mucho más positivo. Incluso había encontrado la manera perfecta para que Mario escribiese la carta a los Reyes superando todos los obstáculos que se sucedían en el camino de las familias recién separadas, pudiendo acordar con su ex mujer todos los regalos sin necesidad de hablar directamente con ella. Pilar, su ex esposa, aceptó de buen grado la propuesta, colaborando en la sorpresa tal y como lo habían hecho durante años de casados, aunque sin apenas contacto. Y Mario pudo hacer su lista de una manera sencilla y práctica, llegando a ambos padres, y en tiempo real, todo lo que el niño deseaba para el seis de enero, el día más feliz en la vida de todo niño. Aunque estaba por ver si eso ocurriría también aquel año.
La solución a los problemas había sido una simple aplicación móvil que, instalada en la tablet que Mario atesoraba desde su anterior cumpleaños, presentaba una lista a rellenar con todo lo que el niño quería para Reyes, estando conectada en tiempo real con los móviles de ambos padres. Todo sencillo, rápido y sin necesidad de contactar con la madre excepto para lo imprescindible, limitándose dicho contacto al correo electrónico. Luis ya había tenido suficiente con verla acompañada de su abogado durante largas sesiones post matrimoniales.
Como acostumbra a ocurrir, los sentimientos adoptan vertientes recíprocas, por lo que la propia Pilar también estaba a gusto con la solución encontrada por su ex marido. Tras años de incomprensión y dejadez en una relación socavada por la rutina, había hallado en el divorcio la única solución a su asfixia, a pesar de que intuía el pequeño infierno al que debía de enfrentarse su hijo, obligado desde aquellas Navidades a celebrarlas por partes y con cada uno de los bandos enfrentados en una guerra sin sentido. Pilar descargó e instaló la aplicación cuando Mario empezó las vacaciones de Navidad, aprovechando que le tendría en casa durante todos esos días de fiesta a excepción de los acordados en la tutela. Y el niño recogió el testigo sin demasiado entusiasmo, habiendo descubierto de la forma más dura que los regalos en familia son poca cosa cuando ya no hay familia. Aun así, aceptó seguirle el juego a sus padres y utilizar la aplicación, por lo que fue escribiendo escalonadamente todo cuanto quería. No se guardó ni un deseo.
La primera petición pilló a Pilar por sorpresa. A pesar de que era consciente de que Mario tenía instalado el programa de la carta a los Reyes, no se esperaba que empezase a rellenarla un sábado a las nueve de la noche, mientras el niño agotaba los últimos minutos de vigilia antes de enfrentarse a la hora oficial de dormirse. Aunque ese primer regalo no fue ninguna ninguna sorpresa: un juego de consola, algo lógico y común entre cualquier niño de su edad. Igual que la segunda de las peticiones, recibida el lunes de Nochevieja antes de la hora de cenar: una bicicleta nueva. Pilar respiró tranquila, quizá su hijo estaba aceptando la separación y poniendo sus ilusiones en los regalos de Reyes, igual que el resto de los niños de su edad.
Luis fue recibiendo la lista de los regalos con cierta preocupación. A pesar de alegrarse de que su hijo aparentase disfrutar con las peticiones de Reyes, el simple hecho de pensar en el desembolso monetario le estremecía, y eso que Luis no era ningún tacaño. El juego de consola era asequible, la bicicleta elevaba un poco el listón aunque se podía asumir, pero la tercera petición acabó por desbordar sus previsiones: un teléfono móvil con Whatsapp para así hablar con él y con su madre. Haciendo números, estos ponían de manifiesto su escasa capacidad económica tras el divorcio, además de otros aspectos que no había vislumbrado cuando Pilar le planteó a bocajarro la separación. No cabía duda de que la vida era más fácil en pareja, y no sólo cuando los hijos escribían la carta a los Reyes. Si había sido decisión suya el separarse sin contar con la opinión de Mario, ¿cómo iban a ser capaces de negarle cuanto pidiese?
Juego de consola, bicicleta, teléfono móvil, zapatillas de marca, un monopatín… La lista engrosaba con rapidez, igual que la angustia de Luis y de Pilar. Coincidían en que la idea de la lista compartida era buena, aunque no sus resultados. Si era difícil para los padres casados el complacer a sus hijos, para los divorciados era una auténtica pesadilla, acuciados por el sentimiento de culpa que iba creciendo conforme se acercaba el día de Reyes. ¿Podrían comprarlo todo? ¿Realmente se merecía Mario la lista al completo? Y lo que era más importante: ¿por qué se sentían tan mal con ellos mismos? Ese sentimiento de culpa era una costra gruesa y persistente, pero había algo más allá de la cicatriz formada con la separación: soledad. Y tanto Luis como Pilar lo descubrieron de golpe tras el último regalo deseado por Mario, que llegó justo cuando ambos se encontraban con las defensas más bajas, tratando de dormir en una cama que, con sólo un mes, había pasado de estar libre a resultar vacía.

“No quiero que me traigáis ningún regalo de los que he pedido, sólo quiero que estemos juntos otra vez. Eso es lo único que quiero: ver cómo sonreís cuando los tres nos levantamos de la cama el día de Reyes”.

Melancolía. Tristeza. Soledad. Deseos de retroceder en el tiempo y enmendar los errores cometidos. Imposibilidad de hacerlo. Necesidad de reencontrarse con aquello entre lo que te sientes a salvo. Amor que revive como esa brasa que enciende el fuego con sólo un soplo de aire fresco. Una llamada intempestiva como resorte automático ante la desesperación… Luis descolgó temblando por los nervios, mientras sentía cómo Pilar era incapaz de articular correctamente las palabras. ¿Podrían negarle a su hijo aquel regalo? El sentimiento de culpa se posicionó en contra. Y su corazón, a pesar de las diferencias, opinaba lo mismo.

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