UMI

¿Intrigados por cómo continúa nuestro relato de los domingos? Si hacemos un poco de memoria, nos encontramos a un Carlos que se encuentra un móvil de alta gama en un lavabo público, algo que tampoco resulta muy descabellado. Decide quedarse con el teléfono aguardando a que le llame su dueño, cosa que no ocurre hasta que, misteriosamente, cambia la SIM por la suya. Tras decidirse a no devolver el teléfono, se encuentra con que alguien le sigue, localizándole a pesar de que, en un principio, le despista. Esta es una chica a la que decide enfrentarse, siendo la hija del dueño y demasiado atractiva como para obviarla. Y claro, nuestro protagonista decide colaborar con ella, accediendo también a conocer sus intenciones.

¿Listos? ¿Habéis refrescado la memoria? ¿Vais a elegir la A o la B? Veamos…

Lo que parece ficción puede no serlo, relato

Lo que parece ficción puede no serlo

—¡Claro que voy contigo! —exclamó Carlos casi sin pensárselo. ¿Quién podría resistirse a una mirada como la de Martina, una mirada que acababa desarmando hasta al más arraigado de los propósitos? Él, desde luego, se mostró incapaz—. Puedo ayudar en lo que sea.
—Perfecto, voy a llamar a mi padre y decirle que han cambiado los planes —dijo Martina sacando de su bolsillo vaquero un móvil minúsculo. Ahora que Carlos se fijaba, la chica no llevaba ni bolso ni ningún complemento en el que pudiera guardar sus pertenencias, algo poco usual en una mujer—. Le comentaré que vas a ayudarnos.
—Sólo por casualidad… ¿Cuáles eran vuestros planes?
—Matarte y conseguir nuestro móvil —aseguró Martina mutando el rostro a uno más serio. Tras observar la perplejidad en la cara de su nuevo amigo, recuperó el gesto afable, añadiendo ciertas dosis de picardía—. Es broma, tonto. ¿Tú ves que yo tenga cara de asesina?

Carlos respiró hondo varias veces mientras observaba detenidamente cómo Martina intercambiaba frases con su padre a través del teléfono. La conversación telefónica era demasiado críptica como para entenderse si sólo se escuchaba a una persona, así que se entretuvo en analizar a la chica más detenidamente, cayendo en la cuenta de que había dejado de tener pleno dominio de sus actos. Sus ojos se posaron en los de ella sin que fuera capaz de sacarlos de allí ni siquiera con la intención de recorrer el resto de su figura, unas curvas torneadas que, a pesar de su forma de vestir informal y poco dedicada a marcar e insinuar, se presentaba agradable a la vista y con tremenda sensualidad transmitida a través de cada pliegue, poro o porción de piel sonrosada expuesta al exterior. Iba a abrir la boca cuando Martina colgó la llamada, pero ella acabó anticipándose, sonriendo hábilmente a sabiendas de despertar el interés en su ahora compañero.

—Mi padre nos espera —dijo Martina sonriendo—. ¿Me acompañas?

La chica le tendió la mano y Carlos, indeciso, se la estrechó, dejando guiarse durante unos segundos hasta que Martina marcó los pasos en dirección a la boca de metro más cercana, soltándole posteriormente la extremidad. La estación era la misma que aquella donde la había despistado, convirtiendo la situación en una ironía del destino que parecía no tener fin a la hora de jugar con las personas que tenía a su cargo. Y en el caso de Carlos y Martina, este destino aún se guardaba las mejores cartas.

—Tendremos que hacer transbordo —anunció Martina una vez bajaron al andén. Ambos habían intercambiado una amigable conversación en la que apenas habían entrado en lo que les ligaba más allá de aquel encuentro: el misterioso teléfono móvil encontrado por Carlos y que aún permanecía en su bolsillo. Pero sólo era cuestión de tiempo—. En apenas media hora estaremos en nuestro laboratorio.

“Laboratorio”. Aquella palabra permaneció dando vueltas en la mente de Carlos golpeándose con el resto de misterios en un intento de sobresalir a la atracción sensual que sufría. Hasta que, justo en el momento de acceder al tren, la neblina amorosa se disipó lo suficiente como para dejar entrever cuál era el hilo conductor de aquella enigmática trama.

—¿A qué te refieres con laboratorio? —Preguntó Carlos asiéndose a una de las barras verticales del vagón, justo por encima de donde se agarraba Martina. Esta le miró a los ojos escudriñando el fondo de sus pensamientos, tratando de escarbar en lo más profundo de su personalidad—. ¿Sois científicos o algo parecido?
—No somos científicos tal y como te los imaginas al escuchar esa palabra —trató de aclarar Martina—. Somos investigadores de software.
—¿Software?
—Sí, ingenieros de sistema dedicados a la interacción entre el usuario y la máquina.
—Programadores…
—No —acotó Martina. Por lo seco de su interjección, Carlos supuso que se sentía molesta con ese término—. No confundas a los programadores con ingenieros de sistema, aunque es cierto que mi padre y yo nos ocupamos actualmente a de ese campo.
—¿Habéis programado algún tipo de software especial dentro del teléfono que yo me encontré en el baño?

Aquella era la pregunta clave, y había dado en el centro de la diana. Martina mutó el gesto hacia una expresión más seria, algo a lo que Carlos empezaba a acostumbrarse, y continuó la conversación añadiendo trascendencia a sus palabras.

—Sí, elaboramos un software específico para ese teléfono —hizo una pausa para valorar qué información revelaba y cuál mantenía en secreto y continuó—. Creamos una aplicación específica de rastreo alojada en la ROM, para que así permaneciera siempre presente aunque el usuario borrase el terminal mediante las herramientas habituales. Fue el encargo de una empresa tecnológica.
—¿Es conocida esa empresa?
—Lo cierto es que no. Ni siquiera mi padre la conocía, y lleva bastantes años trabajando en este mundillo.
—Era un proyecto secreto, ¿a que sí?
—Exacto.
—Para que luego me eches en cara que soy yo el que ve muchas películas…

Martina se sonrojó ante aquella muestra aplastante de realidad, viéndose forzada a admitir que la situación se cubría con un halo bien palpable de ficción holliwoodiense. Pero era tal y como habían ocurrido las cosas, continuó relatándole a Carlos mientras proseguían su trayecto hasta el supuesto laboratorio. Durante el resto de paradas, transbordo, más paradas de metro en una línea diferente, abandono del subterráneo para salir a la calle en una zona residencial del barrio alto de Barcelona y posterior paseo hasta una villa en lo alto de una calle de alta pendiente, Martina relató a Carlos cómo los de la empresa habían contactado con su padre para que les creara una pieza indetectable de software compatible con teléfonos móviles actuales, presentando un buen fajo de billetes por adelantado, y la manera en la que ellos dos habían conseguido desarrollar un código que iba más allá de la propia petición, siendo absolutamente eficiente en los recursos, persistente y, lo que era más importante, efectivo en la localización. Pero el problema vino cuando tuvieron que entregar los resultados, continuó Martina mientras abría la porción de verja destinada a la entrada de personas, dando acceso a un jardín tan pintoresco como salvaje. La empresa que les había contratado exigió un móvil de prueba, pero no estaban dispuestos a que ellos dos entraran en contacto con ninguno de los miembros de la misteriosa organización. Su padre, comentó Martina, acató aquella norma, asegurándose de que ni él ni su hija se ponían al descubierto. Y así surgió la solución en la que se vio involucrado accidentalmente Carlos: dejarían el móvil en un baño público para que alguien cercano a la empresa lo encontrase, citándose en el lugar, en la fecha, a la hora exacta y en el número de cubículo sanitario donde Carlos se encontraría en su momento. Ni el padre de Martina ni ella contaban con que alguien ajeno pudiera cruzarse en los planes, tal y como finalmente sucedió.

—Y como vosotros no conocíais a la gente con la que tratabais… —comentó Carlos aceptando el ofrecimiento de Martina. Esta había abierto la puerta del caserón modernista en el que vivían, invitando cortésmente a su invitado hasta el interior— Me acabé llevando yo el móvil sin que pusierais impedimento.
—Exacto —afirmó Martina cerrando la puerta tras de sí. El recibidor era algo oscuro a pesar de que aún había suficiente claridad en el exterior, estando alumbrado por una única lámpara anclada a la pared izquierda, desprovista dicha pared de cualquier decoración a excepción del papel impreso con volutas verdes con el que aparecían empapelados todos los muros—. Y no pudimos activar nuestro software de rastreo hasta que cambiaste la SIM, ya que lo desarrollamos para que sólo funcionara de esta manera.
—Fue un “bug” que no debimos cometer —dijo una voz grave que Carlos reconoció al momento como el interlocutor de la llamada amenazante. La voz, junto con el resto del cuerpo, surgió del fondo del pasillo acercándose hasta los recién llegados—. Ese error nos ha costado más de un mes de retraso en el proyecto.

Aquel era un hombre alto, delgado como un alfiler de metro noventa, con los gestos marcados hasta en el caminar y un rostro afilado y prominente en el que se encajaban unos ojos que miraban con insidia, bajo unas cejas pobladas que parecían adheridas sobre la cara para sobrevivir al tiempo en inclinación perenne de enfado. Le tendió la mano a Carlos una vez llegó a su altura, apretándole la extremidad con fuerza a pesar de que su mano sólo parecía tener huesos.

—Papá, no seas tan grosero —intercedió Martina—. Ya ha quedado claro que no fue más que una equivocación.
—Una equivocación que nos ha costado un mes de retraso.
—Papá…
—Supongo que habrás traído el móvil —el hombre soltó la mano de Carlos torciendo la palma hacia arriba, esperando a que le devolvieran lo que era suyo—.
—Sí… claro —balbuceó Carlos extrayendo el teléfono del bolsillo para devolvérselo a su verdadero dueño—. Aquí tiene.
—Gracias —dijo el hombre secamente. Recogió el móvil, lo apagó, extrajo la SIM y procedió a arrancarlo de nuevo, alcanzándole la tarjeta a Carlos—. Creo que esto es tuyo.
—Papá, ni siquiera te has presentado —recriminó la hija obligándole a tener el gesto con el invitado—. Nosotros hemos tenido más la culpa del malentendido que Carlos.

El hombre miró a la hija y luego a Carlos, repitiendo el proceso, para después guardarse el móvil en el bolsillo de su bata blanca, relajar la tensión en su rostro y alcanzarle de nuevo la mano a Carlos, estrechándola con más suavidad que la vez anterior.

—Me llamo Martín.
—Encantado, yo soy Carlos.
—Perfecto. Y ahora que nos conocemos, supongo que querrás ayudarnos.
—Claro, para eso he venido.

Martín sonrió abiertamente, con una expresión que casi parecía una mueca.

—Necesitamos que alguien les entregue el móvil. Y como ni mi hija ni yo podemos hacerlo, lo harás tú.

Después del relato, toca votar. Y la pregunta de esta semana es bastante obvia:

  • A: Carlos decide prestar su ayuda.
  • B: Carlos lo piensa fríamente y se niega.

7 comentarios

  1. Antes de votar, me gustaría tener un poco más de “feedback”. ¿La historia gusta o sería mejor cambiar por otros relatos más cortos? ¿Extiendo más la acción o rematamos a Carlos y a su Martina? ¿Intriga o aburre? Demasiadas preguntas, seguro… :S

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