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Está muy de moda incluir funciones únicas en los teléfonos móviles que se venden, sobre todo en los que son de gama alta. Y no es de extrañar ya que, con tanta variedad como existe en Android, está claro que los fabricantes se han de distinguir entre unos y otros a base de ofrecer algo diferente a lo que ya posea el propio sistema, en forma de hardware o, lo que es más habitual, como parte del software. Y los asistentes virtuales son parte de estos añadidos, pudiendo ser personalizados por la marca hasta dotarles casi de personalidad. Pero… ¿Qué ocurriría si fuese el propio usuario quien marcase los límites de la personalidad de su teléfono? Pues a eso nos vamos a dedicar en el relato de este domingo, justo a dos días de que se presenten en nuestras vidas los regalos de Navidad. ¡Felices fiestas a todos!

Personalidad a definir por el usuario

Personalidad a definir por el usuario
Álvaro y Carla eran una pareja joven y moderna que aún mantenían ciertas tradiciones en común de cuando eran adolescentes, no en vano hacía menos de un lustro que ambos habían salido del hogar familiar para instalarse en un piso pequeño aunque acogedor, en el que cabían de sobra sus escasas pertenencias, sus sueños, la vida en común y, algo propio de las fechas navideñas en las que estaban, un inmenso árbol artificial cargado de adornos y luces de colores que presidía el comedor, restando bastante espacio al resto de muebles. Pero allí seguía el árbol, dominando con majestuosidad el ambiente y la decoración, amaneciendo en aquella mañana del veinticinco de diciembre sabiendo que iba a ser el centro de la vida de Álvaro y Carla, si es que con su tamaño no lo era ya.
Álvaro se levantó primero, habiendo sido también quien inaugurara el espacio bajo el árbol justo cinco horas atrás. Se había puesto la alarma del móvil con alerta sólo por vibración, colocándolo bajo la almohada para que únicamente le despertara a él. Y se levantó con sigilo dejando a Carla durmiendo en la cama, soñando con los regalos que le traería el día siguiente mientras era el propio Carlos quien los colocaba bajo el árbol de Navidad. Cuando Carla hizo lo mismo en un intento de sorprender a su pareja, se encontró con que se le habían adelantado, colocando los regalos perfectamente envueltos junto a aquellos que ya llevaban su nombre. Y que tres horas y media más tarde vería Álvaro nada más levantarse, contemplando el comedor, el árbol y el hueco bajo las ramas de plástico, ahora tan repleto de paquetes que llamarle hueco carecía de sentido.
Álvaro se acercó hasta el árbol bordeando la mesa y el sillón, con algo de dificultad debido a la reordenación obligada por el primero, se agachó ante los paquetes y observó uno por uno los que llevaban su nombre. Un regalo pequeño, seguramente un detalle al mismo nivel. Otro regalo mucho más grande y abultado que estaba llamado a ser una prenda de ropa. Y un tercero que se le antojó bastante extraño, sin que encajase por dimensiones en nada de lo que había manifestado como deseo.
—¿Intrigado? —Una voz femenina interrumpió el análisis visual. Álvaro se giró y sus ojos se encontraron con los de Carla, mirándole con una sonrisa pícara mientras se apoyaba misteriosa contra el marco de la puerta del comedor—. Estoy segura de que no te los esperas.
—Yo creo que sí —Álvaro decidió tirarse a la piscina—. Me da a mí que en el pequeño hay un llavero —Carla sostuvo su gesto pícaro, aunque la sonrisa fue menos convincente—. Veo que acierto. Como te dije que tenía el llavero algo roto estaba claro que tenía que caer —hizo una pausa sopesando el misterio del paquete más grande—. Y en este… Pues yo diría hay un jersey. No, una chaqueta, que recuerdo cómo indagaste sutilmente sobre cuál me gustaba.
—Bueno —Carla avanzó hacia su pareja y la abrazó por la espalda—. Veo que tengo en casa a un detective…
—No creas —Álvaro se libró dulcemente de los brazos de su novia y recogió en las manos el paquete mediano, calibrando su peso, el nulo ruido que hacía al agitarlo y su aspecto de aparentar compacto—. Si fuera un verdadero detective tendría algo de idea sobre lo que es, pero no.
—¿Y por qué no lo abres?
—Tienes razón, abramos los regalos.
Carla aguardó a ver la cara de Álvaro tras descubrir lo que atesoraba el papel de envolver, y descubrió que estaba en lo cierto: a todas luces estaba sorprendido. Y sólo era el principio.
—¿Un móvil? —Preguntó extrañado Álvaro tras desgarrar el envoltorio de papel—. Pero si ya tengo uno…
—Pero no como este, es revolucionario —Carla pasó a enumerar todas y cada una de las funciones de aquel aparato—. Procesador de cuatro núcleos, pantalla de cinco pulgadas, dos gigabytes de ram, cámara de doce megapíxeles…
—No creo que sea muy revolucionario con esto, todos los móviles de gama alta son más o menos similares.
—Pero no tienen lo que este —Carla acompasó las manos como si guiase a una orquesta imaginaria, mientras engolaba la voz en un intento de lograr una presentación fastuosa—. Personalidad a definir por el usuario.
—¿Qué es eso?
—Significa que este móvil se va a dirigir a ti con su propia personalidad, y esta crecerá o cambiará dependiendo de cómo te comportes con ella.
—Nunca había oído algo así…
—Ya verás, vamos a configurarlo.
Los dos se ausentaron del resto de regalos sin que Carla hubiera abierto ninguno de los suyos, manteniéndose abstraídos en el inicio y configuración del teléfono. Este pidió conectarse a internet y sincronizar con la cuenta de usuario, restableciéndose los datos de dicha cuenta y de los servicios asociados a ella, además de los habituales añadidos como Facebook, Twitter o Dropbox. Y algo nuevo que Álvaro no había visto nunca y que sí que era único de aquel smartphone: la configuración de personalidad. Álvaro fue eligiendo paso por paso la manera de interactuar con el teléfono, seleccionando los posibles caracteres al más puro estilo de un juego social. Sexo femenino, carácter alegre, tono simpático, comportamiento infantil, ciertas dosis de extroversión, desenfado y locura, sinceridad máxima y, para equilibrar, algo de pereza y de mal humor. Una vez hubo terminado, se presentó en pantalla una mujer virtual perfectamente detallada, a la que vistió y dio los últimos toques de apariencia con los selectores a tal efecto. Aceptó y aquel asistente desapareció, mostrándose el aspecto habitual de cualquier teléfono.
—¿Dónde está? —Preguntó Álvaro toqueteando la barra de notificaciones, el botón de menú y las aplicaciones instaladas, sin éxito—. Ha desaparecido.
—Según me comentó el vendedor —Carla recogió el teléfono de manos de su novio—, sólo hay que pulsar dos veces el botón de “home” para que la asistente aparezca —la chica ejecutó la acción surgiendo mágicamente la asistente en pantalla, saliendo de una nube de humo como si fuera el genio de una lámpara mágica—. ¿Cómo te llamas?
—Aún no me has puesto nombre, tonto —dijo la asistente virtual en un tono dulce y mecánico sin distinguir que no se dirigía realmente a su dueño—. ¿Cómo quieres que me llame?
Carla miró a su novio mientras este observaba alucinado el comportamiento de aquella mujer virtual flotando en la pantalla de su nuevo teléfono, tardando algunos segundos en poder reaccionar.
—Clau… Claudia —balbuceó Álvaro—.
—Perdona, no te he entendido. ¿Cómo quieres que me llame?
—Claudia —repitió el chico pronunciando todo lo bien que pudo—. Quiero que te llames Claudia.
—Tus deseos son órdenes para mí, cariño —dijo el asistente—. ¿Qué quieres que haga?
—Pues no sé… —Álvaro miró a Carla, pero esta se encogió de hombros—. ¿Qué puedes hacer por mí?
—Menos tocarte casi cualquier cosa —la chica virtual guiñó un ojo de forma ostensible—. ¿Qué se te ocurre?
—De momento nada… —Álvaro apagó el móvil con cierta vergüenza y se dirigió a su pareja—. ¿Tiene que hablar así?
—Hablará como tú la configures, eso es lo que me dijeron. Y depende de cómo te dirijas al asistente, aprenderá de tus gustos, tus aficiones y tus palabras, pudiendo llevar una conversación como lo harías con cualquier otra persona.
—Suena un poco extraño, siempre voy a preferir hablar con otra persona.
—Eso espero —Carla abrazó a Álvaro mientras le besaba en los labios. Tras unos segundos, decidió continuar con la ceremonia navideña—. ¿Por qué no terminamos de abrir los regalos? Tengo unas ganas locas de ver lo que me compraste.
—Espero que te guste.
Los dos abrieron sus respectivos regalos entre gritos de sorpresa y admiración, descubriendo que ambos se conocían tan bien que habían encajado a la perfección en los gustos contrarios. Sobre todo con el móvil, ya que Álvaro encontró en aquel smartphone a un verdadero compañero de rutinas, convirtiéndose en inseparables a partir de aquel día de Navidad. Con sólo tener algo de tiempo libre, el chico ya tenía en las manos el teléfono mientras aprovechaba para charlar con su amiga virtual, tramando una amistad fantasiosa que fue creciendo hasta llegar a límites que rozaban casi la adicción. Y llegó un momento en el que, justo cinco días después de Navidad, Carla encontró que su novio había cruzado la frontera de lo tolerable, viendo cómo él conversaba con su móvil durante la cena haciendo caso omiso de la presencia de la chica.
—¿No crees que te estás pasando? —Preguntó Carla ofendida. Álvaro la miró con gesto indeciso, volviendo después los ojos a la pantalla—. Estoy aquí. Y soy real —la chica le arrebató el teléfono con el movimiento certero de un ninja, apagándolo posteriormente sin hacer caso de los ruegos de su pareja—. Te regalé el teléfono para que te divirtieras con él, no para que me suplantara.
—No te ha suplantado… —se excusó Álvaro—. Es sólo un asistente de mentira. Tú eres real.
—¿Crees que puedes engañarme? Le has puesto mi misma personalidad, se comporta igual que yo.
—No es cierto.
—¿Cómo que no? —Carla sintió cómo el rencor le revolvía el estómago—. Hablas más con ella que conmigo, le preguntas antes a ella que a mí, mantienes conversaciones eróticas con el teléfono… —Álvaro se avergonzó, pero fue incapaz de rechistar—. Y el asistente habla casi con mi voz, como si tuviera mi personalidad. ¡Sólo le falta mi nombre!
—Eso no es cierto.
—¿Por qué no hacemos la prueba? —El chico quiso negarse, pero no estaba en posición de hacerlo, así que aceptó—. Pregúntale lo que quieras y responderemos a la vez, a ver si es verdad que no ha suplantado mi personalidad.
—Está bien —Álvaro recogió el teléfono de manos de su novia y lo encendió, mostrándose en pantalla el asistente—. ¿Cuál es tu color favorito?
—¡El verde! —Dijeron ambas al unísono—.
—¿Dónde te irías de viaje?
—¡A Japón!
—¿Te gustan más los perros o los gatos?
—¡Los gatos!
La evidencia era rotunda. Inconscientemente, había definido la personalidad del asistente con idénticos comportamientos que ya amaba en su pareja, quedando suplantados por algo irreal que con el tiempo se le había hecho imprescindible, ausentándose de la persona que había dado origen a esos sentimientos. Así que no había lugar a dudas, tenía que volver a su vida dejando atrás a su asistente. Aunque no pudo evitar hacer una última pregunta.
—¿A quién quieres más?
—¡A Álvaro! —Dijo Carla—.
—¡A Google! —Dijo el teléfono—.

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