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Esta semana ha sido clave en muchos aspectos, aunque sobre todo en dos: hemos tenido un día de fiesta y se ha celebrado la noche con más miedo de todo el año, donde suele ser habitual explicar historias de terror o de pesadilla. Y nuestro relato del domingo está inspirado ligeramente en Halloween, aunque siempre siguiendo nuestro estilo, el que marca la telefonía móvil. ¿Cómo se puede introducir un smartphone dentro de una trama de pesadilla? Pues aquí tenemos una muestra.

Dos protagonistas, un hecho luctuoso en sus vidas, ese mismo hecho al que tienen que enfrentarse obligatoriamente y el recuerdo de una persona que se entronca en el guión argumental, hasta que desemboca en un final que, como el mismo título ya anuncia, es de pesadilla. Quizá sea un poco exagerado, pero no cabe duda que muchos se verán identificados en la historia. Aunque sólo sea en parte, por supuesto. ¿Listos para enfrentarse a los traumas infantiles?

Relato: Pesadillas que se asoman al móvil

Pesadillas que se asoman al móvil

Aquella era una mañana fría de noviembre, mucho más fría de lo que podría considerarse habitual a esas alturas del otoño. Aunque esto no amilanaba a los que se arriesgaban a deambular por la calle unidos a su respectivo halo de respiración, un halo tan extraño y abultado como el mismo frío que acompañaba a los rayos de sol, que caían oblicuos contra la calle sin mostrar signo alguno de timidez. Y dos de los valientes que paseaban dispersos por la acera, embutiéndose en sus ropas de abrigo como si aún se encontraran en el interior del lecho que habían abandonado una hora antes, se detuvieron ante un edificio conocido que conseguía insuflarles todavía más frío del que ya poseían, a pesar de que el mismo sol que les bañaba a ellos hacía lo propio con aquel bloque de pisos ubicado en una calle de lo más común de Barcelona, alzándose en un intento vago de alejarse del suelo para así esconder cualquier secreto a las miradas de los transeúntes. Y el padre de los dos hermanos paseantes atesoraba un buen puñado de esos secretos, algunos de los cuales estaban a punto de descubrir tras su muerte. Muy a su pesar.
—No me atrevo a subir —dijo Sergio, el mayor de los hermanos—. Son demasiados recuerdos como para enfrentarme a ellos de golpe.
Su hermano menor, Luis, miraba en torno suyo sin prestarle atención, observando la calle, el cruce con la avenida y todas las tiendas y comercios diversos que se encontraban alojados en aquellos bajos comerciales, siendo desconocidos para él tras casi diez años sin personarse por el barrio de su infancia.
—¿Has visto que ya no está el bar de Paco? —comentó sorprendido mientras se giraba para mirar la cara de su hermano. Tras ver su gesto compungido, Luis interrumpió sus observaciones—. ¿Qué te pasa?
—Ha sido mala idea venir aquí —respondió Sergio—. No puedo enfrentarme a esto.
—Papá ya no está —sentenció Luis tratando de asimilar sus palabras, que sonaron tan lejanas como si las hubiera pronunciado un extraño—. Sabes igual que yo que debemos retirar todo lo que haya de valor antes de vender el piso.
—Pero… —repuso obstinado Sergio—. ¿Por qué no encargamos el vaciado del piso a las empresas que se dedican a esto?
—¿Y perder para siempre todos nuestros recuerdos de la infancia?
—Hay veces que es mejor así…
Luis, viendo que su hermano no estaba por la labor, le arrebató el manojo de llaves con delicadeza introduciendo la del portal en su respectiva cerradura, sintiendo que el tacto del metal con el bombín le traía una corriente de emociones contradictorias. Demasiadas noches volviendo tarde y abriendo la puerta con la máxima quietud posible para no enturbiar el sueño de los vecinos. Otros tantos días en los que su padre le dejó abrir esa misma puerta, invariable con el paso de los años, brindándole la oportunidad de sentirse menos niño con ese gesto. Y, sobre todo, un recuerdo grabado a fuego en su memoria: la noche en la que su padre le sorprendió besándose con la chica que más tarde se convertiría en su esposa, descubriendo que aquel sentimiento de bochorno se había transformado en pura nostalgia.
—¿Por qué nos marchamos? —preguntó Sergio viendo que su hermano se mantenía inmóvil con la llave dentro de la cerradura. Este reaccionó tras las palabras, pero no contestó, empujando la puerta de hierro mientras, a su vez, escondía el rostro—. Ya sé que los dos acordamos que dejaríamos esta casa cuando tú cumplieras los dieciocho. Pero, echando la vista atrás, no creo que fuese buena idea.
—¿Estabas dispuesto a vivir en una casa donde sólo había normas? —Luis sostuvo la puerta mientras pasaba su hermano, restregándose los ojos con la manga del brazo libre—. Porque yo no.
—Sí, tienes razón —Sergio cruzó en pocos pasos la diminuta portería y abrió la puerta del ascensor, siendo él quien la aguantó hasta que el otro estuvo dentro—. “No gritéis. No corráis por el pasillo. Comed en silencio…” —Sergio recitó algunas de las regañinas de memoria, como quien descubre siendo adulto que aún recuerda las estrofas de un poema memorizado en la infancia—. “No saltéis en el sillón…”
—Aún tengo grabadas esas palabras en la cabeza —Luis apretó el botón del cuarto piso tras descubrir por sorpresa que toda la botonera había cambiado, mostrando un remozado y moderno aspecto—. ¿Te quieres creer que hace poco me puse a saltar en el sofá de casa sólo para calmar el deseo que aún tenía de cuando era un niño?
—Pero si pesas demasiado para saltar en un sofá…
—Pues lo hice —el ascensor se detuvo secamente en el cuarto piso. “El frenazo no ha cambiado”, pensó Luis empujando la puerta para salir al rellano—. No te imaginas la cara que puso Marta cuando me vio saltando en el sillón. No es que lo hiciera fuerte, claro, pero, una vez puse los pies en los cojines, no pude evitar el salto —mientras hablaba, ambos hermanos se habían plantado ante la puerta C de aquel cuarto piso, tratando de que aquella conversación les evadiera del choque emocional al que estaban a punto de enfrentarse—. Cogí impulso y salté despacio, estando a punto de darme un cabezazo contra el techo. Fui a saltar una segunda vez y, entonces, entró Marta al comedor. ¿Y sabes lo que me dijo?
—No saltes en el sillón.
—Exacto. Fue como escuchar a papá en boca de mi mujer.
—O como trasladarte en el tiempo a cuando eras un niño.
—Sí. Igual que ahora…
No había vuelta atrás. La puerta de su casa les flanqueaba el acceso a un túnel del tiempo mucho más angosto y profundo que un simple salto en el sillón, quedando a merced de los recuerdos y heridas sin cicatrizar a las que ninguno de ambos hermanos había querido enfrentarse tras el abandono del hogar paterno. Apenas algunas llamadas en las ocasiones más señaladas junto con regalos enviados por compromiso, el nexo con su padre se había reducido a un simple hilo que la muerte se había encargado de recortar. Y allí estaban los dos, a punto de recoger la madeja sin que ninguno estuviera preparado para enfrentarse a todo lo que viniera enganchado al cordel.
—Entremos.
De nuevo fue Luis el encargado de abrir la puerta, introduciendo la llave en la cerradura tras separarla del resto del manojo, portal y buzón incluidos. Con un clic casi inaudible, el metal se acopló al mecanismo interno permitiendo que, tras girar, la puerta perdiera el cerrojo, dejando paso a los dos invitados y recibidos únicamente por la oscuridad del piso y ese olor a cerrado y moho que acumulan los armarios tras mucho tiempo sin abrirse. Aunque a escala mucho mayor.
—¿Crees que el espíritu de papá seguirá todavía en el piso? —Preguntó Sergio tembloroso. Ante la mirada sorprendida de su hermano, continuó—. Ya sé que es una tontería, yo tampoco creo en esas cosas. Pero es como si pudiera verle al fondo del pasillo, dispuesto a echarnos la bronca por venir demasiado tarde.
—¿Sabes una cosa? —Dijo Luis—. Opino lo mismo que tú. Es como si papá siguiera aquí.
Se adentraron por el oscuro pasillo visitando cada una de las estancias, empezando por la cocina. Comprobaron cómo todo seguía igual de ordenado que siempre y con los mismos objetos, como si por la casa no hubiera pasado el tiempo. Idénticos muebles que recordaban de años atrás, su misma disposición, los distintos electrodomésticos que tampoco habían sufrido cambios… A excepción de un nuevo microondas, que se mostraba destacado sobre el amplio espacio de la encimera. Luis subió la persiana situada justo encima, dejando pasar la luz del sol y algo de alegría. Después, continuaron por el pasillo siguiendo la misma tónica, contemplando y subiendo persianas, hasta que llegaron al comedor, chocándose de golpe con la habitación más importante de sus vidas. Allí era donde los dos adultos, antes niños, habían pasado la mayor parte de su tiempo, desde que volvían del colegio y se ponían a ver la tele hasta los fines de semana donde se revolcaban por la alfombra desde que se levantaban hasta casi acostarse. Evidentemente, también estaba el sofá, presidiendo, como entonces, el comedor.
—“No saltéis en el sillón” —dijo Luis imitando a su padre. Sergio, a pesar de la presión del momento, no pudo evitar reírse—.
—¿Sabes qué? —Dijo el hermano. Ante la negativa de Luis, continuó—. Ayer me descargué una aplicación para el móvil realmente curiosa, justo para probarla cuando estuviéramos aquí.
—¿Cuál?
—Ghost Radar —Sergio dedujo, por la cara de Luis, que este no conocía el programa de móvil—. Sí, hombre, esa aplicación que, usando el móvil, busca fantasmas.
—No estarás insinuando que vamos a buscar a papá usando tu teléfono…
—Ya sé que eso es imposible, Ghost Radar es sólo una aplicación curiosa para hacer un poco el chorra. Pero pensé que, si nos divertíamos un poco, podríamos quitarle un poco de tensión a la visita.
—Quizá tengas razón. ¿Cómo funciona?
Sergio sacó su teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta, un terminal de gama alta con una pantalla casi tan grande como una televisión en miniatura, y arrancó Ghost Radar, mostrándose casi al momento la interfaz minimalista de la aplicación. Dominaba la pantalla un gigantesco recuadro verde, donde unas líneas se desplazaban a la derecha subiendo o descendiendo de manera aparentemente aleatoria. Unos números bailaban en la parte superior mientras un contador de nivel subía o bajaba en la parte inferior. Junto al contador, se movían unas letras en línea, sin que mostrasen un significado reconocible.
—¿Cómo funciona? —Preguntó Luis extrañado—.
—Se supone que Ghost Radar analiza el magnetismo, los sonidos y otras interferencias, mostrando los fantasmas y lo que dicen. Si nos vamos moviendo —Sergio ejemplificó su explicación caminando unos pasos de vuelta por el pasillo—, se supone que los niveles van variando hasta detectar la presencia de fantasmas y otros espectros.
—Espero que no te creas lo que estás diciendo.
—No, claro que no.
Una voz metálica surgió del móvil, rebotando en el silencio de la casa.
—“Hechizo”.
—¿Y eso? —Preguntó Luis tras dar un respingo—.
—Se supone que el sintetizador del sistema dice las palabras que ha captado de los fantasmas.
—Ah, claro.
Los dos hermanos recorrieron el resto de la casa móvil en mano, mientras subían las demás persianas y comprobaban visualmente todo el inventario de objetos. Encontraron más de uno que les hizo recordar su historia, sobre todo cuando se adentraron en la habitación que les había visto crecer, estando exactamente igual que como la dejaron antes de marcharse. La cama de ambas literas con las mismas sábanas de antaño, sus antiguos juguetes en el arcón de madera, la pila de libros y resto de material de instituto apilados en las estanterías… Mientras el móvil seguía lanzando nuevas palabras y frases, logrando con ello distraerles del resentimiento. Terminaron el recorrido y volvieron de nuevo al comedor, sintiéndose aligerados de aquella carga que habían acumulado durante los últimos diez años.
—Como aplicación de fantasmas no es que sirva de mucho —comentó Luis—. Pero como entretenimiento, da el pego.
—Ya te lo dije —Sergio apuntó con el móvil al fondo del comedor y miró las lecturas de Ghost Radar. Estas se mantenían completamente estables—. ¿Sabes lo que me apetece?
—Qué.
—Saltar en el sillón.
Luis le miró a los ojos. Pero, al contrario de lo que supuso Sergio, en ellos no había ni rastro de reprobación ni de desacuerdo, sino todo lo contrario. A su rostro se asomaron la inocencia infantil y las ganas de rematar la travesura, adornándolo con una sonrisa que invitaba a la consecución.
—Hagámoslo.
Ambos hermanos se encaminaron hasta el objetivo, cruzaron decididos el comedor y se plantaron ante el sofá observando cada centímetro de su tapicería. Impoluto al paso de los años, casi como si nadie se hubiera sentado sobre él. Pero, sin embargo, eso le hacía desdichado a los ojos de quien sabía verlo, ya que no existe sillón que no acabe albergando la diversión de los niños. Y aquellos dos niños hechos adultos estaban a punto de regresar a su infancia, de golpe y sólo con un salto. Se dispusieron a quitarse las zapatillas, agachándose para retirar antes los cordones, y, entonces, el móvil interrumpió en seco sus movimientos, helándoles la sangre como si por sus venas se hubiera vertido líquido refrigerante. Con la misma voz femenina y autómata que había anunciado las frases y palabras inconexas un poco antes, pronunció la nueva sin mostrar emoción alguna, recuperando la frase de ultratumba para grabar la escena en todas y cada una de sus pesadillas posteriores, rebotando en el comedor como un retazo de mal sueño que permanece en la cabeza incluso después de que te hayas despertado.
—“No saltéis en el sillón”.

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