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Con la llegada del teléfono móvil, se nos acabó una de las mejores excusas posibles para evitar que nos localizaran: la de no estar en casa a la hora que nos llamasen. Y eso acabó evolucionando hasta los SMS o los mensajes instantáneos estilo Whatsapp, haciendo casi imposible el escabullirnos de cualquier situación, especialmente de aquellas donde hemos quedado bastante mal. Y si esto ocurre en el trabajo, después de llegar tarde, más nos vale tener una buena excusa aparte de cualquiera que pueda proporcionarnos el móvil. Aunque de eso, de buenas excusas, sabe  de sobras el protagonista de nuestro relato del domingo. Y está preparado ya para descubrirlas…

Que nunca falte una excusa

Que nunca falte una excusa

—¿Otra vez tarde?
El jefe flanqueaba la entrada de la oficina como la gárgola que custodia el tejado de una catedral, esperando a que viniese su víctima para darle el pertinente susto de su vida. Aunque aquel sólo sería un susto más en la espalda del comercial de ventas, acostumbrado a sufrir las reprimendas de su jefe por llegar, como en aquella ocasión, más de media hora tarde.
—¿Tan tarde llego? —Preguntó el oficinista dejando los bártulos sobre la mesa de su escritorio y colgando la chaqueta de la silla— Perdone, jefe, he hecho todo lo posible por llegar antes, pero me ha sido imposible.
—No me lo diga… ¿La alarma de su móvil se ha retrasado y no le ha despertado a tiempo?
La ironía en las palabras del superior estaba cargada de malicia, pero el comercial, ajeno a cualquier sentimiento que no fuera su propia compasión, elaboró una excusa como maniobra para esquivar el temporal. Algo a lo que estaba acostumbrado.
—No se me ha retrasado la alarma, jefe. Esta vez ha sido diferente.
—¿Ha seguido una ruta alternativa en el GPS de su teléfono que le ha hecho perderse por la ciudad?
—Tampoco. Lo cierto es que resulta mucho más complicado.
—No me lo diga, no me lo diga… —el jefe se puso la mano en la frente exagerando el gesto pensativo—. Se le ha caído el móvil por el hueco del ascensor y ha tenido que esperar a que lo rescataran los bomberos.
—Pues, tampoco —el comercial no pudo evitar una sonrisa, algo que molestó aún más a su jefe—. A ver si a la próxima acierta.
—¿¡Usted se cree que yo estoy para perder el tiempo todas las mañanas!?
—Pues…
—Estoy hasta las narices de sus excusas. Y de su móvil.
—Mire, justo por eso he venido tarde.
—Explíquese, antes de que pierda los nervios…
El comercial apoyó el trasero sobre su mesa y se dispuso a narrar los hechos exagerándolos al máximo, en un intento de llevarlos hasta la orilla de la empatía.
—Resulta que he acabado comprándome un móvil nuevo, porque estaba claro que con el anterior no iba a ninguna parte —el jefe suspiró con sonoridad—. Como bien sabe, me ha estado trayendo tarde a la oficina todos los días.
—Peláez…
—Espere, que no he terminado —hizo una pausa añadiendo misterio—. Pues resulta que ayer lo cambié. Y estuve hasta las tantas de la madrugada configurándolo, ya sabe como son de complicados estos smartphones. Y hoy, de tan cansado que estaba, no me pude levantar a tiempo.
—Basta, se acabó.
—Pero…
—Se acabó. Déme una excusa para no despedirle.
El comercial no tuvo que pensar ni un instante.
—¿Que voy a casarme con su hija?
Herido de muerte en sus argumentaciones, el jefe apretó los puños, bajó la cabeza y, sin mirar a su futuro yerno, claudicó.
—Empiece a trabajar.
—Cuando vuelva del café. Con el trajín de llegar tarde ni siquiera he desayunado…




Me gusta escribir casi tanto como respirar (incluso más). Puedo hablar de cualquier tema, pero lo que más me apasiona es la tecnología móvil. Con teléfono casi desde la cuna. Y con smartphone desde que existen.

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