UMI

Después de un parón de dos semanas en el que hemos dedicado el relato de los domingos a otros temas, recuperamos hoy la historia de Carlos y el móvil misterioso, aquel relato en el que vosotros marcabais la continuación. Y hoy será el penúltimo capítulo, teniendo, además, dos opciones que van mucho más allá de la propia historia, ya que tratan de elecciones personales. ¿Preferís los relatos con final feliz o con final triste? La solución, como siempre, al terminar el relato…

Carlos, nuestro protagonista, se encuentra un móvil. Después de todo un mes sin noticias le llama su dueño amenazando, por lo que decide quedarse con él y no entregarlo. La historia sigue, y Carlos se ve envuelto en una persecución y seguimiento, realizado por una chica que acaba resultando ser la dueña del móvil. Esta le pide ayuda para devolverlo a quienes deberían realmente tenerlo y, tras conocer a su padre, acaba accediendo a seguirles el plan. Entonces, nuestro relato continúa…

Relatos de móviles

Si algo tiene que pasar, acaba pasando

“¿Quién me mandaría a mí meterme en este lío?”, pensaba Carlos mientras derrochaba sus pasos por el centro comercial tratando de no encaminarse a los lavabos directamente. Su expresión era tranquila y decidida, pero su interior no acababa de casar con lo que transmitía externamente. “Ahora estoy aquí, en medio de un problema que yo no he causado, tratando de encontrar una solución que, ni siquiera, me incumbe. ¿Por qué lo hago?”. Carlos seguía pensando mientras caminaba casi arrastrando los pies, y la imagen que le vino a la cabeza acabó por dar respuesta a todas aquellas preguntas que, vistas desde el lado masculino, eran totalmente absurdas. ¿Cómo no iba a prestarse voluntario a devolver aquel teléfono a sus supuestos dueños si se lo había pedido personalmente aquella chica que tan de sopetón se había colado en su vida? Sí, ella se había cruzado con él como quien se adentra en una propiedad privada y, en vez de ser expulsado de un lugar en el que no se permiten los intrusos, acaba entablando amistad con el vigilante.

Apartó las dudas de la cabeza, también la imagen de Martina, y se centró en seguir las instrucciones que le habían marcado. “Lleva el teléfono en el bolsillo del pantalón, nosotros te acercaremos hasta el centro comercial en nuestro coche, aparcaremos en el exterior mientras tú entras a devolverlo donde debía de haber estado en un principio, caminas tranquilamente dando un rodeo hasta los servicios públicos, dejas el teléfono en el segundo cubículo de la izquierda según entras en el lavabo y justo donde tú lo encontraste, en el portarrollos de metal. Y te vas de allí sin levantar sospechas”. Carlos no quiso preguntarle al padre de Martina quién ni cuándo vendría a buscar el teléfono, el riesgo de encontrarse cara a cara con alguien desconocido y de intenciones no demasiado claras le ponía nervioso. Pero había algo que le impulsaba a seguir adelante. Bueno, dos cosas. La primera era Martina, eso estaba claro. Y la segunda era un comentario del padre, directamente dirigido a su orgullo. “No se te ocurra volver a robar el móvil”, había amenazado tras repasar por enésima vez todo el plan. Y si algo definía a Carlos por encima de todo, por encima incluso de su obsesión por la rutina o el cine negro, era la honestidad. Sí, Carlos era muy honesto. Mucho, se repitió mentalmente tratando de calmar los nervios que le asaltaron el estómago como una profunda náusea tras una indigestión. Había abierto la puerta de los baños públicos y ahora sí que estaba a merced del destino. Y de todo aquel que fuera detrás del teléfono.

Carlos se adentró en aquella húmeda estancia sintiendo que el dèja vu era más imponente de lo que se imaginaba. Era el mismo sitio, idéntico lugar en el que se había iniciado hacía poco más de un mes toda aquella historia, pero no daba la sensación de ser igual. Allí no había nadie, todo estaba en silencio, limpio, ordenado, como lo encuentra el protagonista de una película de terror cuando se adentra en lo desconocido, sabiendo que por la espalda habrá algo que le agarre del brazo. Carlos miró hacia atrás, pero la puerta seguía cerrada. Avanzó un paso, dos, pero siguió sin ocurrir nada. Miró hacia su derecha, hacia la zona donde se disponían en fila todos los cubículos con sus respectivos váteres, y allí no tenía pinta de haber nadie. Ni siquiera en los que permanecían más lejos de su vista, todos con la puerta abierta y sin que se escurriera ningún murmullo del interior. Carlos torció sus pasos en dirección a su destino, cruzó por delante de los dos primeros baños enfrentados, avanzó hasta los segundos y se internó en el de la izquierda. Allí estaba de nuevo la taza del váter, la estrechez propia de ese lugar público, la puerta colgante de las bisagras que a su vez permanecían ancladas a la falsa pared con la que se construía toda aquella intimidad, igual de falsa, y, por supuesto, el famoso portarrollos, atornillado a la pared de la izquierda y sobre el que acabó asentando el teléfono. Hizo todos los movimientos de forma pausada, calculando bien cada uno mientras acompasaba la respiración en un intento de no desbordar los nervios y, justo cuando ya estaba el móvil en su sitio, justo cuando respiró tranquilo por el trabajo bien hecho y se daba la vuelta para volver sobre sus pasos, se topó con un gigante de dos por dos metros que le interceptaba la salida, embutido en un traje negro sin corbata que dejaba entrever todas las horas acumuladas de gimnasio.

—Me lo vas a poner fácil, ¿a que sí?

Preguntó sarcásticamente aquel hombre con voz profunda mientras cruzaba a duras penas los brazos sobre el pecho. Carlos asintió muerto de miedo.

—¿A que me vas a acompañar sin oponer resistencia? —Tras un nuevo asentimiento de Carlos, el hombre le comunicó las instrucciones— Ahora vas a recoger el móvil y me vas a seguir.

Obedeció. Recogió con cuidado el teléfono de su asiento en el portarrollos y, dándose la vuelta con dificultad debido al escaso espacio del que disponía con el nuevo inquilino flanqueándole la puerta, devolvió el teléfono a su bolsillo y esperó a que el otro se moviera.

—Vamos, nos están esperando.

Carlos acompañó a aquel armario con traje fuera de los baños públicos, lugar en el que se unió un nuevo acompañante, también trajeado y, siguiendo la norma impuesta por el primero, con cuenta permanente en el gimnasio. Ambos matones intercambiaron unas palabras en voz baja sin dejar de mirar al asustado Carlos, situándose después a cada costado suyo, marcándole los pasos y sin darle opción a escapar. Caminaron por el centro comercial despacio, tratando de no despertar demasiadas sospechas hasta que, una vez descendieron al primer nivel subterráneo del aparcamiento, se toparon con un Mercedes amplio, largo y de color plateado al que los dos matones le invitaron a subir. Carlos se situó en la parte central de los asientos posteriores, donde también se subieron los dos armarios manteniendo la posición que habían llevado hasta llegar allí: uno a cada lado. Cerraron las puertas del coche y este arrancó, procediendo a abandonar el centro comercial.

—Por fin hemos encontrado al ladrón —dijo una voz cortando el denso silencio. Procedía del asiento del copiloto—. Pensábamos que no íbamos a recuperar lo que era nuestro.

Carlos fue a abrir la boca para apelar, pero aquella persona recuperó el turno de palabra cortándole toda opción.

—Pensábamos que aquellos dos programadores de pacotilla no iban a acabar el trabajo. Por su bien, y el tuyo, ojalá que esa intuición fuese equivocada —aquel hombre, manteniéndose en todo momento parapetado tras su asiento, extendió su brazo izquierdo, arqueándolo hacia atrás, para tender la mano en dirección a la parte posterior del Mercedes—. Déme lo que es nuestro.

Carlos extrajo con dificultad el móvil del bolsillo de su pantalón, irguiéndose de su asiento como una especie de contorsionista, y se lo alcanzó a aquel hombre tratando de atisbarle la cara. Sin éxito.

—Espero que esté tal y como nosotros lo necesitamos.

El hombre realizó algunas comprobaciones que Carlos fue incapaz de vislumbrar, anclado como estaba en los asientos traseros y embutido entre aquellas dos moles. El coche abandonó el parking incorporándose a la calle que le daba acceso, deteniéndose posteriormente en el primer semáforo con el que se topó. Los deseos de abandonar aquella situación tan extraña aprovechándose de la sorpresa le asaltaron, pero el sentido común fue más fuerte.

—Parece que todo está bien —desde la perspectiva de Carlos, este adivinó que encendía el móvil y se lo colocaba en la oreja, procediendo a hablar con alguien de forma críptica—. Lo tenemos.

Lo que Carlos no podía escuchar, ni intuir, eran las palabras del otro lado de la línea, algo que hubiera transformado aquella situación tan dura en una simple broma macabra. Días después de aquel momento, tras haber destapado toda aquella trama, se avergonzaría de sí mismo por lo estúpido e inocente que había sido. Pero, como suele ocurrir en estos casos, hasta que no termina la senda no te das cuenta de que ese camino lo ha marcado alguien para que lo siguieras. Y al suyo aún le esperaba la traca final.

Ahora que hemos dejado a nuestro relato en su punto álgido, toca elegir:

  • A: final triste.
  • B: final feliz.

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