UMI

¿Tenéis curiosidad por saber cómo continúa la historia de la semana pasada? Si sois fieles a nuestro relato de los domingos, sabréis que el domingo pasado planteamos un texto en el que os pedíamos que eligierais la continuación. Dos opciones posibles y un buen montón de comentarios después, nuestra trama ha cruzado por el cambio de agujas enfilando los raíles hacia el desenlace final. ¿Y cómo continúa? Hoy tendremos otra porción de relato, con dos nuevas opciones para que podáis opinar.

Antes, hagamos un resumen de cómo va la historia. Nuestro protagonista, Carlos, se encuentra un móvil en el lavabo de un centro comercial, decidiendo quedárselo y esperar a que su dueño le llame para recuperarlo. Aunque esta llamada no se produce y, tras un mes sin saber nada, decide hacer suyo el teléfono borrándolo e insertando su propia SIM. Y es aquí cuando, misteriosamente, Carlos recibe una llamada, siendo un hombre que le amenaza a través de la línea instándole a que le devuelva lo que es suyo, citándole al día siguiente y en el mismo sitio donde encontró aquel móvil. Carlos decide no acudir.

Relato: si te siguen es que te persiguen

Si te siguen es que te persiguen

Carlos sostuvo en sus manos el móvil durante unos segundos valorando mentalmente las implicaciones de aquella amenaza. Era evidente que él no conocía de nada a aquella voz ni se había visto implicado en ningún hecho que pudiera acarrear que alguien le persiguiese, por lo que tuvo claro que el hilo que movía aquellos acontecimientos estaba atado a un único objeto: aquel teléfono que se había encontrado hacía más de un mes en el lavabo del centro comercial y que, tras tanto tiempo sin dar señales de vida, su antiguo dueño se empeñaba en recuperar haciendo uso de unas maneras que eran cualquier cosa menos respetuosas. Ni lógicas. ¿Por qué acudiría alguien a una cita después de haber escuchado aquel tono y aquellas palabras? Carlos podría poseer muchas cualidades, tanto negativas como positivas, pero entre ellas no había ni rastro de estupidez. Al menos no en el grado de encontrarse con alguien que presentaba unas intenciones tan dudosas.

“Ni en broma pienso ir a esa cita”, pensó Carlos mientras recuperaba la rutina diaria que la llamada había trastocado. “Si piensa que soy tan tonto como para ir a devolverle el móvil de buena gana está equivocado. Pero, por otra parte…” Carlos sabía que no actuaba correctamente si no devolvía el móvil, puesto que este no era suyo. Aunque claro, habían demasiadas incógnitas como para fiarse de una situación que no estaba precisamente de su lado. ¿Quiénes eran aquellas personas? El hombre hablaba en plural. Incluso conversó con alguien durante la misteriosa llamada, seguramente también masculino. ¿Cómo era posible que supieran su nombre? Este sí que era un verdadero misterio, sobre todo porque había borrado completamente el teléfono y, además, introducido su propia SIM. Y algo que le asaltó los pensamientos a la hora de la cena impidiéndole probar bocado y, por extensión, dificultándole el descanso al no ser capaz de juntar más de cuatro horas de sueño, sonándole el despertador a las nueve de la mañana del día siguiente mientras la pregunta seguía golpeando su cabeza como el obrero que levanta una acera utilizando su martillo neumático. ¿Podrían saber dónde vivía?

Conforme se acercaban las dos de la tarde, Carlos se sintió más y más nervioso. Ya se había planteado firmemente no acudir a la cita, pero eso no impedía que los nervios aumentasen de forma exponencial con respecto al paso del tiempo. Hasta que llegaron las dos, sintiéndose protagonista de una película donde el contador de la bomba alcanza el fin de la cuenta atrás y, esperando la explosión, todos cierran los ojos, se abrazan o se tiran contra el suelo. Pero no pasó nada. Carlos esperó que sonara el teléfono, pero nadie llamó. Ni a las dos, ni a las dos y cuarto, a las tres o a las cinco de la tarde, momento en el que se relajó lo suficiente como para plantearse salir de su casa. ¿Sería posible que se hubieran olvidado de él? Deseó que así fuera, aunque tampoco estaba demasiado seguro. Se vistió de forma informal, introdujo sus objetos personales en el bolsillo de los vaqueros, comprobó que el móvil, el tan traído y llevado teléfono móvil, estaba completo de carga, lo metió en el otro bolsillo delantero y abandonó su casa, enfilando el camino hacia la estación de metro que estaba a pocas calles de donde vivía teniendo como destino el relajarse viendo una película en su sala de cine favorita.

Carlos caminaba tan nervioso que su vista se posó en cada persona con la que se cruzaba, tratando de intuir si se trataba de alguien que le seguía o, incluso, del misterioso dueño del teléfono. Él sabía que aquello sólo pasaba en las películas, pero, tan amante del cine negro como era, le resultaba imposible no dejarse influir por aquellas tramas detectivescas, vislumbrando un sospechoso a varios metros a su espalda que, teorías conspirativas aparte, tenía todos los números de estar siguiéndole. Carlos se detuvo delante de un paso de cebra perpendicular a su camino, permitiendo así una posición en la que poder observar con naturalidad su retaguardia. Analizó con el rabillo del ojo al sospechoso, también detenido, y no tardó en llevarse otra sorpresa: era una mujer.

Cuerpo esbelto a juzgar por la apariencia y la distancia, vestida con pantalones vaqueros y una camiseta informal de color rosa pálido que combinaba aire veraniego con el expreso deseo de no llamar la atención. Pelo rojizo y medianamente rizado que parecía caerle unos centímetros por debajo de los hombros. Y un rostro joven que, aunque no podía analizarlo en profundidad debido a su separación y a estar obligado por el disimulo, aparentaba ser bastante atractivo.

Un coche se detuvo delante del paso de cebra instando al resto de vehículos a hacer lo mismo, por lo que Carlos se vio obligado a cruzar concluyendo el improvisado análisis a su perseguidora. Esta continuó tras sus pasos una vez Carlos se hubo adentrado en la estación de metro, siguiéndole mientras reducía poco a poco la distancia hasta que ambos se introdujeron en el tren recién llegado a los andenes, cada uno en un vagón diferente. Cuando Carlos comprobó que también ella estaba arriba, descendió en el mismo instante de cerrarse las puertas, dejando a su perseguidora con dos palmos de narices y observándole a través de la ventana mientras el metro proseguía su camino hacia la próxima estación.

¿De cuánto tiempo dispondría? Tenía que actuar rápido, pensando bien cada movimiento. ¿Volver a su casa? Imposible, era evidente que sabían dónde vivía. ¿Entonces? Carlos aprovechó que aquella zona de la ciudad disponía de numerosos hoteles para turistas y abandonó la estación dirigiéndose a uno en concreto que le sonaba por el nombre y por su popularidad entre todos los amigos que venían normalmente a visitarle. Cruzó el amplio vestíbulo del hotel, se acercó hasta el mostrador tras el que atendía un trajeado recepcionista y eligió una habitación sencilla reservando una única noche. ¿Qué hacer a partir de ese momento? Carlos no lo sabía, no le gustaba en absoluto el aspecto de aquello en lo que se había sumergido tras el hecho inocente de recoger un móvil y esperar a que llamase su dueño. Vale, tenía que reconocer que ya desde un principio sintió deseos de quedárselo, pero eso tampoco implicaba que su dueño le persiguiese por no devolvérselo a la primera. ¿O sí?

Carlos miró por la ventana mientras su mente seguía dispersa en todas aquellas cuestiones, observando que, justamente, le habían dado una habitación con vistas a la entrada principal del hotel. Y justo allí delante, tras la amplia avenida en la que se encontraba levantado el edificio mastodóntico de más de treinta plantas repletas de habitaciones, suites y diferentes estancias dedicadas al ocio de los huéspedes, se hallaba una figura pelirroja que no podía ser otra que aquella mujer de la que se había librado momentáneamente en la estación de metro. Se encontraba apoyada contra la pared del edificio opuesto, tras los seis carriles para coches, dos para tranvías y el amplio bulevar central, mientras miraba atentamente la recepción y el trasiego de huéspedes del hotel donde se alojaba su objetivo.

El móvil marcaba la posición de Carlos, no quedaba otra explicación. Pero claro, resultaba imposible que supieran la habitación exacta, ya que eso no lo mostraba ningún GPS. Aunque sí que podrían averiguarlo indagando en recepción, algo que tampoco era demasiado complicado. Y que, con sólo pensarlo, despertó en Carlos un espeluznante escalofrío. Había dejado de estar seguro, al menos mientras siguiera teniendo el móvil. Y ahora tenía que decidirse. Pero, ¿se atrevería a actuar como merecía la situación?

Toca votar por la continuación, así que aquí tenéis las dos opciones. Dejad vuestra elección en un comentario.

  • A: Carlos decide enfrentarse a la misteriosa mujer.
  • B: Carlos abandona el hotel por una puerta lateral dejando el móvil en la habitación.

¿Qué elegís? La vida del protagonista está en vuestras manos.

8 comentarios

Deja una respuesta