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Este domingo es algo especial para todas las madres, no en vano es un día en el que todos nos acordamos de ellas dándoles el protagonismo que de sobra merecen. Pero, más allá de esta fecha, ya sabéis lo que significa el domingo en FAQsAndroid: relato sobre móviles. Aparte del editorial que se curra a conciencia nuestro compañero Samu, por supuesto. Y aquí estamos dispuestos a saciar vuestras ansias lectoras con un relato que, esperamos, os despierte la intriga y la curiosidad, centrando la acción en el típico intercambio de una compra de segunda mano. ¿Estuvisteis en alguno? ¿Habéis comprado o vendido vuestro smartphone a través de eBay o similares? Pues seguro que encontráis familiar esta historia, pudiendo sucederle a cualquiera. Bueno, quizá no a cualquiera, porque el personaje principal de este relato seguro que es único. ¿Os apetece descubrir por qué? Pues… ¡A leer!

Sorpresa en la segunda mano, relato

Sorpresa en la segunda mano

El sol de media tarde caía oblicuo en el descampado proyectando las sombras de la hierba sobre la calzada mientras, al ritmo de la brisa, estas se mecían danzando en el asfalto como un grupo de bailarinas: altas, erguidas y tan delgadas como una espiga; y allí estaba Diego, de pie junto a su coche al final de aquella carretera abandonada con la sensación de estar de idéntica manera: abandonado, perdido en un descampado al que sólo se podía acceder por un único camino. A no ser que se cruzase campo a través, una opción descabellada si se tenía en cuenta la altura y el estado salvaje de las hierbas y matojos.
“No me hace nada de gracia este intercambio”, pensó Diego mirando alrededor y sintiéndose con ello aún más desamparado. “Si lo sé no acepto una compra en mano, por más gastos de envío que me ahorre”. Echó otra mirada al reloj, a la carretera, al reloj y al terreno, sintiendo la inseguridad zapateando sobre sus nervios, cada vez más erizados. “Si el tío este no viene antes de cinco minutos me marcho por donde he venido”. Marcó la sentencia con una última mirada al reloj, marcando con ello el límite de la aventura. Pero no llegó a culminarse. Tras un paseo visual extenso por el descampado, como un director de cine que manda al operador de cámara hacer una panorámica hasta situar el plano en el sujeto de la acción, este se acercó lentamente por la carretera hasta llegar a la altura de Diego, deteniendo allí su coche para salir de él dando comienzo a la escena. Y, por su aspecto, bien podría tratarse de una película de suspense.
—¿Diego? —Preguntó aquel sujeto mientras recorría el estrecho espacio que les separaba. Llevaba una pequeña caja en la mano izquierda, apretada contra la cadera, mientras mantenía suspendida la otra extremidad en el aire esperando que se la estrechasen—. Soy Miguel.
—Encantado —saludó Diego dándole la mano. El apretón fue firme y con la fuerza justa, punto de partida para cualquier acuerdo—. Estaba a punto de marcharme.
—Disculpa, al final se me hizo tarde —Miguel le alcanzó a Diego la caja sin más preámbulos, siendo esta más pequeña de lo que había supuesto—. No encontraba la factura, por eso me he retrasado. Supongo que la querrías.
—Sí, claro —asintió Diego tomando en sus manos la caja—. Me fío más de un móvil de segunda mano cuando quien me lo vende tiene la factura.
—Lógico —Miguel aguardó a que Diego abriese el embalaje del móvil, pero este se limitó a observar el exterior—. Comprueba que está todo bien, no me gustaría que creyeras que quiero timarte.
—Sí, claro.
Diego obedeció levantando la parte superior de la caja, comprobando que esta se deslizaba con suavidad de su encaje en la parte inferior. La retiró por completo y allí estaba el teléfono, ocupando despampanante el espacio que le reservaba el área de la caja sin que su estado de segunda mano afectase a las impresiones a primera vista. La pantalla del móvil poseía su plástico protector como si nunca hubiese sido retirado, manteniendo intacto cuanto se veía de la propia pantalla y sin que los bordes mostrasen rasguño alguno. Diego puso la tapa sobre el capó de su coche, invirtió la caja sujetándola con ambas manos y extrajo el teléfono ayudándose de la gravedad, depositando la otra parte de la caja junto a la primera. Sobó a conciencia el aparato sin que la primeras impresiones le llevaran al equívoco. El móvil presentaba un aspecto impoluto, teniendo idéntico plástico protector para la parte trasera y ninguna huella de uso, tranquilizando completamente a su nuevo dueño que pasó de los nervios por la incertidumbre a los nervios propios ante el estreno de cualquier objeto deseado.
—Enciéndelo, no tengas miedo —instó Miguel satisfecho por la inminente venta—. Te lo he dejado cargado, para que lo uses durante un buen rato.
Diego obedeció por segunda vez pulsando el botón de encendido del teléfono, comprobando que la pantalla de arranque saltaba sin problemas y al instante. Esta mostró la progresión normal en los procesos de inicio, estando el teléfono listo para su uso apenas cuarenta segundos después; y la satisfacción de Diego fue completa, aquel móvil era mucho mejor de lo que esperaba por los datos, imágenes y vídeos con los que se había empapado, sintiendo la necesidad urgente de sumergirse a fondo en sus circuitos y no salir a la superficie hasta haber absorbido todas y cada una de las funciones. Pero había que solucionar la segunda parte de la transacción, y el dinero empezaba a quemarle en el bolsillo. También la vergüenza ante el momento del obligado pago.
—Parece que está perfecto —dijo Diego guardando el teléfono de nuevo en su caja, poniéndole la tapa y dejando todo sobre el capó. Acto seguido, procedió a sacar la cartera del bolsillo de los pantalones—.
—Si tienes cualquier problema con el móvil —Miguel también se mostró algo incómodo—, sólo tienes que enviarme un correo y te ayudaré.
—Gracias.
Diego extrajo los billetes y los contó por última vez, aunque sabía que llevaba la cantidad acordada. Le alcanzó el dinero a Miguel y este lo tomó guardándoselo sin miramientos en el bolsillo mientras, con una mirada huidiza, efectuaba una última comprobación del terreno. En un descampado, al final de una carretera sin salida, sin ningún rastro de civilización a la redonda a excepción de la propia carretera… Más que la venta de un móvil de segunda mano aquella transacción parecía un trapicheo de estupefacientes, teniendo ambos interventores idéntica sensación, por más que no lo comentaran.
—¿No vas a contarlo? —Preguntó Diego—.
—Me fío de ti —respondió Miguel tendiéndole de nuevo la mano—. No es que me gusten mucho este tipo de intercambios, cuanto antes acabemos mejor.
—Te entiendo perfectamente —ambos se estrecharon por última vez la mano—. Menudo sitio para hacer una venta.
—Es que no tiene pérdida —explicó Miguel—. Hace una semana ya hice un intercambio con una chica en este lugar, y me pareció muy práctico —ante la cara de Diego, procedió a explicarse—. Me refiero a que le compré un móvil de segunda mano, no pienses mal. Y no voy a negarte que este descampado da mala espina, sobre todo para el que compra —Miguel hizo ademán de marcharse, no sin antes despedirse—. Como te he dicho, si tienes cualquier problema me lo dices. Y no te olvides de darme unos votos positivos.
—No te preocupes, así lo haré.
Miguel rehizo el estrecho camino para introducirse en su coche siendo cuatrocientos euros más rico. Arrancó, echó marcha atrás y dio la vuelta con una maniobra en dos pasos, sin preocuparse del vehículo a pesar de que la hierba amenazó con devorar el maletero al meterse por el campo en pleno giro. Aceleró suavemente y se perdió carretera adelante, dejando a Diego tan solo como antes de llegar. Aunque ya no se encontraba desamparado, más bien impaciente por llegar a su casa. Así que decidió no aplazar más la vuelta y, reservándose las ganas de jugar con su nuevo tesoro, imitó a Miguel y condujo su coche por las rodadas del primero, abandonando el descampado que tan curioso escenario había resultado para la compraventa.
Tras conducir de retorno algo más de diez minutos, Diego entró en su casa dejando los enseres casi donde cayeron, preocupándose sólo de aquello que creía más importante. Depositó la flamante y menuda caja sobre la mesa del comedor, se sentó en una de las sillas y repitió el proceso de desembalaje aún con más cuidado, sintiendo un delicado placer en la manera con la que el cartón resbalaba suavemente por las guías facilitando al máximo la apertura, en la forma con la que se presentaba el móvil a los ojos, saltando a la vista como un sujetador que deja al aire la máxima expresión femenina tras liberarse, y en cómo dicho placer no se calmaba sólo con poseer el objeto que lo provocaba, sino que se prolongó más allá del hecho de encender el móvil, de trastearlo o de hurgar en el resto de accesorios que se escondían tras un doble fondo de cartón dentro de la caja, estando el cargador, el cable USB, los auriculares, la guía de uso y la factura ordenados minuciosamente. No cabía duda de que Miguel era cuidadoso al extremo con los objetos que vendía, y ya se encargaría Diego de reflejarlo así en los votos positivos que pensaba darle.
Diego reorganizó por segunda vez la caja del móvil dejando a este fuera de ella, preparándose para configurarlo a sus necesidades con su propia SIM y sintiendo esa satisfacción casi orgásmica de quien se deleita cambiando para mejor. Depositó su antiguo teléfono junto al nuevo, lo apagó, le retiró la tarjeta y procedió a realizar el traspaso, apagando también su nueva adquisición. Tras el trasplante de SIM, arrancó su nuevo móvil efectuando los ajustes de red y navegando, ahora sí, por cada una de las partes integradas en el sistema. Jugó con la interfaz alterando y añadiendo escritorios, plegó y desplegó la barra de notificaciones, abrió el menú de programas y fue observando los que tenía instalados, deleitándose con la gran variedad de ellos que aquel móvil le regalaba. Arrancó la cámara y realizó unas cuantas capturas rápidas, sorprendiéndose de la velocidad del obturador y de lo poco que tardaba el teléfono en guardar las fotografías. Procedió a comprobar la calidad de las mismas accediendo a la galería de imágenes, observando en dicha galería algo muy extraño: había instantáneas que él no había hecho. “Miguel no ha borrado la tarjeta SD”, pensó Diego deslizando la columna de iconos hasta la zona inferior de la lista, la que correspondía con las imágenes más antiguas. “Bueno, puedo guardarle una copia y enviársela por corr…”. No terminó la frase mental. Tras pulsar sobre uno de los iconos de forma aleatoria, saltó una fotografía con una localización que le sonaba demasiado, apareciendo en ella un grupo de gente que también le resultaba extrañamente familiar. Hasta que hizo zoom sobre una de aquellas personas corroborando de golpe sus sospechas: aquella figura cuadriculada era él mismo; a pesar de la falta de definición tras ampliar la imagen no tuvo ninguna duda. De hecho, las dudas vinieron después.

Segunda parte

Relato: Sorpresa en la segunda mano

16 comentarios

  1. Diossss porqueeee!!!! Necesito saber más!!!! Tenemos que esperar hasta el domingo que viene? Está interesantísimo, te lo has currao!

  2. Yooooos! Echo polvooo me quedoo con la intrigaaaaa! Que maal jajajajaja que buena la introduccion de la historiaaaaa! No intercambio mas telefonos eh jajajajajja un saludo y espero con impaciencia la proxima parte! Felicidades y saludos!

  3. Por qué???? Publicad antes…

    Por cierto, quizás he leído mal pero al principio dice que no tiene la factura y luego dice que está en la caja 😉

    • Dice que se retrasa por eso, aunque no asegura el hecho de encontrarla. Cierto es que se queda un poco en el aire, pero quizá sea intencionado. ¿No? 😉

  4. Por cierto, no sé vosotros, pero yo he pensado “¿Pero quién te habrá mandao meterte en ese descampao, chaval?” Como cuando ves a la típica rubia de las pelis de miedo y dices: “Pero si te va a pillar, ¡hija mía!” XDDD

    • Yo he hecho compraventas en sitios tan raros. De esos que dices: ¿qué leches hago yo aquí?”. Quizá no tan abandonados, pero no iban muy desencaminados. Seguro que quien esté acostumbrado a trapichear por eBay se ha sentido identificado en cierta manera. 😛

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