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Tras todo el ajetreo que hemos tenido durante la semana toca relajarnos, así que vamos con una de las mejores maneras de conseguirlo: leyendo. En nuestra historia anterior apostamos por un formato completamente diferente: un monólogo de humor haciendo un resumen con la historia reciente de los móviles. Y hoy volvemos a cambiar, afrontando una temática bastante controvertida: las personas mayores y los smartphones. Todos tenemos claro que son dos colectivos condenados a no entenderse, aunque siempre haya excepciones. No es el caso de este relato, ya que nuestra protagonista no consigue aclararse entre el tamaño de las letras en pantalla, el teléfono de emergencias y lo que significa en sí este teléfono. ¿Os suena esta situación? Pues veamos cómo se resuelve…

Relato: Teléfono de emergencias, ¿dígame?

Teléfono de emergencias, ¿dígame?

—Teléfono de emergencias, ¿dígame?
—Hola, soy Antonia.
—Encantado, Antonia. ¿Qué le ocurre?
—Verá, tengo un problema.
—Dígame.
—Espero que usted pueda solucionarlo, porque no sé qué hacer.
—¿Ha sufrido un accidente? ¿Su marido ha tenido una caída?
—No, yo soy viuda.
—Es igual. ¿Cuál es la emergen…?
—Igual no es, pobre Manolo (que descanse en paz). No es que fuera el mejor marido del mundo, pero tampoco me puedo quejar.
—Señora, esto es el teléfono de emergencias. Hay otras personas que seguro que sí tienen problemas graves.
—Lo mío también es un problema grave.
—¿Y cuál es?
—Para empezar, que este teléfono que me ha regalado mi nieto tiene las letras muy pequeñas.
—Oiga, que…
—¿Cómo quiere que apriete sobre la pantalla si no sé lo que dice? Imagine que tengo que ponerme las gafas para llamar por teléfono. Y entonces, aprieto los botones y…
—¡Señora!
—… veo que aparece un teléfono que pone “emergencias”. Pues ahí que he apretado yo, y me ha aparecido usted. Claro, porque yo tengo una emergencia.
—Señora, aquí tenemos mucho trabajo y…
—¿Cree usted que yo no tengo trabajo? Imagine lo que me cuesta ver algo en este móvil. Y, encima, no recuerdo cómo se cierran los puntos con la lana.
—¿Lana?
—Sí, ya sabe, crochet. Para hacer jerseicicos y bufandas. He encontrado mis dos agujas, he agarrado mi ovillo naranja y ahí que me he puesto, dale que dale hasta que casi he acabado. Pero mi mala memoria no me deja terminar, he olvidado cómo cerrar los puntos.
—Señora, esto es el teléfono de emergencias.
—¿Qué se cree? ¿Que esto no es una emergencia? Si me pongo la bufanda sin cerrar los puntos voy a acabar con un puñado de hilos de lana. Y para eso, no hubiera estado yo durante horas tejiendo como después de la guerra. ¿Me entiende?
—Yo le entiendo, señora. Pero entiéndame a mÍ, que tengo que atender a otras llamadas.
—Pero también tengo una emergencia…
—De acuerdo, de acuerdo. ¿Ha probado a buscar “cómo cerrar los puntos” en internet?
—¿Interné? ¿Eso que utilizan los chavales para enviarse fotos? Joven, yo no tengo edad para eso.
—Déjelo, ya se lo busco yo. A ver… Para cerrar los puntos en crochet necesita tejer los dos primeros puntos de la última puntada y luego sacar la aguja del…
—Joven, no le entiendo. ¿Qué últimos puntos?
—No sé, es lo que pone aquí.
—A ver, yo he terminado mi bufanda, no quiero hacerla más grande. Y quiero rematarla para que no se suelte la lana. ¿Qué puntos?
—Espere, Antonia, que estoy cargando un vídeo de YouTube que lo explica.
—Yotu… ¿Qué?
—Mire. Tiene que rematar la última línea de puntadas haciendo dos nudos con las agujas de forma normal. Luego, retira de la lana la aguja derecha, quita el primer punto tejido y vuelve a pasar la aguja libre por el segundo. Después, introduce la aguja de la izquierda por ese primer punto que está suelto, y…
—¡Cruzo el segundo punto por dentro del izquierdo! Joven, me ha solucionado la vida, lo acabo de recordar.
—Me alegro.
—Voy a dejar el teléfono de emergencias siempre en la pantalla. Así, cada vez que tenga un problema, pienso llamarle.
—Antonia, no creo que vuelva a encontrarme al teléfono.
—Claro que sí. Mi nieto dice que con el móvil puedo llamar a todo el mundo y a cualquier hora.
—Tengo a mi jefe en la espalda y me ha visto en YouTube, me temo que no voy a aparecer por aquí nunca más. Lo mío sí que es una emergencia.
—Pues llámese a usted mismo, que lo tiene fácil. Yo tengo que poner al fuego el puchero, ha sido un placer.
—Ojalá pudiera decir lo mismo…

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