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Fieles a nuestra cita de los domingos con la literatura más móvil, aquí os traemos un relato en el que seguro que muchos os sentiréis identificados. Tanto si le habéis enseñado el smartphone a vuestro abuelo, vuestros padres o a cualquiera que se haya quedado en los tiempos donde un teléfono era poco más que eso, seguro que la expresión con la que titulamos nuestra historia ha aparecido en la conversación. ¿Os acordáis cuando los móviles apenas servían para algo más que llamar y enviar mensajes? Seguro que muchos seguís afirmando que esa es su función principal, aunque lo cierto es que se utilizan cada vez menos para lo más evidente. ¿Menos? Bueno, sólo es cuestión de gustos. Como nos muestra el relato, cada persona adapta el teléfono a sus propias necesidades. Incluso aunque sólo se quiera para llamar…

Relatos de ficción móvil: Yo lo quiero para llamar

Yo lo quiero para llamar

El hombre entró resuelto en la tienda de móviles llevando en la mano su propio teléfono dentro de una inmensa funda que dejaba entrever el enorme tamaño del aparato, y avanzó hasta el mostrador del dependiente atrayendo su atención a pesar de que este se encontraba hablando con otro posible cliente. El trabajador de la tienda hizo señas al recién llegado conforme en unos minutos se encontraría atendiéndole, aunque este, haciendo gala de una impaciencia que no casaba a primera vista con su aspecto de anciano calmado, sensato y pletórico de esa sabiduría que sólo la experiencia de la vida regala, se mantuvo inquieto tamborileando con los dedos sobre la mesa del mostrador mientras mascullaba palabras poco amables que se dejaban entender a pesar de que el murmullo del centro comercial, y la propia conversación del dependiente con la persona que atendía, enturbiaban la escucha. Tras unos minutos tensos, y después de que el dueño de la tienda cerrara la venta de un flamante y nuevo smartphone, este se dispuso a enfrentarse al anciano. “La que me espera”, pensó mientras recorría los escasos metros que les separaban.
—Hola —saludó poniendo la mejor de sus sonrisas, que chocó de lleno con la expresión agria del anciano—. ¿Qué desea?
—Quiero un móvil nuevo.
—Pues ha venido usted al sitio in…
—Un móvil que funcione, no como este.
El anciano depositó la funda junto con el supuesto móvil sobre el mostrador sin prestar demasiado cuidado a aquel acto. Abrió la funda soltando el enganche lateral de la lengüeta y extrajo un teléfono tan grande en tamaño como antiguo en su diseño. El dependiente se sorprendió ante el hecho de que alguien pudiera seguir usando esa pieza de museo.
—Este es un móvil muy antiguo —comentó el dependiente mientras lo recogía en sus manos—. Normal que quiera cambiarlo por uno mejor.
—Yo no quiero cambiarlo, sólo quiero uno que funcione.
—Pero…
—Tampoco lo quiero mejor, yo sólo lo uso para llamar.
—Pues si lo que quiere es un móvil nuevo, ha venido al sitio indicado.
—Aparque la ironía, sé que estoy en una tienda de móviles.
—Ya… —el dependiente se repitió mentalmente el mantra de “se ha de ser amable con los clientes, sobre todo en tiempos de crisis” y se dispuso a complacer a aquella alimaña— ¿Cómo quiere el móvil?
—Pues en teléfono. ¿Cómo lo voy a querer?
—Me refiero a qué desea que tenga su teléfono. Pantalla táctil, juegos, aplicaciones, internet…
—Mire. Yo sólo quiero el teléfono para llamar. No quiero el intrené ese ni voy a usarlo para jugar, ya voy todos los días a petanca como para necesitar más juegos.
—Ya. Pero es que ahora los móviles hacen muchas más cosas aparte de llamar.
El anciano cogió aire y lo soltó hasta vaciar por completo los pulmones, en un intento de inducir algunas dosis de calma que, aparentemente, no tenía. Recogió su móvil de manos del dependiente y lo zarandeó en el aire mientras articulaba las palabras más simples que se le ocurrieron.
—Quiero uno como este, para llamar.
—Pero…
—Llamar. ¿Acaso sirve para otra cosa un teléfono?
—Ya no se hacen teléfonos como este, la mayor parte de ellos tienen música, internet y redes sociales —la cara del cliente era la misma que pondría si en ese momento le estuvieran detallando el parlamento chino—. Aunque tenemos unos móviles para gente mayor que seguro que…
—¿Mayor? ¿Me está llamando mayor?
—No, yo no. Los comercializan de esa manera.
—Mire, yo quiero uno como este. Que me sirva para llamar a mis nietos y que ellos me llamen a mí. Si quisiera redes me hubiera hecho pescador.
—A ver —el dependiente cambió de estrategia viéndose a punto de cometer un homicidio—. ¿Qué le ocurre a su teléfono?
—Que no enciende.
—¿Algún golpe?
—No. Cada vez duraba menos encendido. Y ahora se apaga incluso aunque lo haya dejado cargando toda la noche.
El dependiente recogió de nuevo el teléfono de manos de su dueño y procedió a abrir la tapa para inspeccionar el interior. Tuvo que retirar unas tiras de celo que tenía adheridas a la parte posterior sujetando dicha tapa, extrayendo después la batería. La observó con detenimiento y se introdujo en el almacén de la tienda, localizando una nueva envuelta en su blíster de plástico entre un montón de artículos descatalogados que estaban aguardando el reciclaje. El dependiente volvió a su mostrador tras el cual esperaba expectante el anciano, cortó el envase con unas tijeras y, extrayendo la nueva batería, la insertó en el teléfono móvil colocando la tapa junto con las tiras de celo. Accionó el botón de encendido y, al instante, las letras del fabricante iluminaron la pantalla monocroma mostrando después un porcentaje de energía casi completo. El hombre agarró el móvil como si le hubieran dado a su hijo tras el nacimiento, e hizo unas cuantas comprobaciones para asegurarse de que todo estaba en su sitio.
—¿Todo bien? —preguntó el dependiente con una sonrisa, implorando que realmente estuviera todo bien—.
—Perfecto. Me gusta mi móvil. Y cómo lo uso para…
—Para llamar, sí —concluyó el dependiente—. ¿Desea alguna cosa más?
—No, eso era todo. ¿Cuánto le debo?
—Nada, es un servicio gratuito.
—¿Cómo va a ser gratuito? —el anciano extrajo la cartera del bolsillo mostrando su determinación a abonar la cuenta—. ¿Cuánto es?
—No se preocupe. Esa batería iba a reciclarse —”igual que debería de hacer con su móvil”—.
—Así da gusto —guardó de nuevo la cartera en el bolsillo, el móvil en su funda y, después, también a esta en el bolsillo—. Gracias.
Y, sin despedirse, se dio la vuelta saliendo de la tienda, mientras el dependiente le observaba alejarse deseando con todas sus fuerzas que la nueva batería aguantase los años necesarios para que ambos no volvieran a verse las caras.

4 comentarios

  1. Lo veo normal, la gente mayor ha escuchado bastante mierda y timos sobre los móviles, cuando ellos sólo van a llamar, y es muy difícil cambiarle de su modelo, ya que aprender a manejar otro por muy fácil que sea, les va a costar horrores…

    En las tiendas de móviles ya nunca intentan arreglarte el tuyo, sin mirarlo siquiera, quieren meterte otro nuevo, pero bueno…

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