Relato: amago de portabilidad involuntario

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Si hay algo bien español en el mercado de la telefonía móvil es el amago de portabilidad. ¿Quién no lo ha sopesado a la hora de adquirir un teléfono móvil que se escapa de las manos al ser demasiado caro? Los amagos de portabilidad están a la orden del día, aunque parece que haya pasado su protagonismo debido a los recientes movimientos de las operadoras al negarse a conceder subvenciones de terminales. Pero, como suele ocurrir, eso es algo que resulta difícil lleva a cabo cuando sale un móvil tan goloso como el Samsung Galaxy S3, habiéndose producido ofertas de todas las operadoras móviles por atraer a sus clientes y potenciales usuarios con dicho terminal. Pero, ¿qué pasa cuando alguien se plantea su compra metiéndose, sin saberlo, en el terreno del amago de portabilidad? ¿Os sentís algo identificados con la historia?

Amago de portabilidad con el Samsung Galaxy S3

Amago de portabilidad involuntario.

Marcos pulsó los números que identificaban al servicio de atención al cliente de su operadora y apretó en el icono de llamar, produciéndose de forma inmediata dicha llamada. Se llevó el móvil a la oreja y, antes de que pudiera pensar sus palabras, una voz saltó al otro lado de la línea.
—Gracias por contactar con nuestro servicio de atención al cliente. Por favor, marque o diga el número que más se corresponda al motivo de su consulta de entre las siguientes opciones.
“Ya empezamos con las máquinas”, pensó Marcos aguantando la retahíla de preguntas frecuentes que le llegaban a través del teléfono como si estuviera escuchando un discurso robotizado del presidente del gobierno. “Aquí me voy a tirar yo hasta mañana”.
—… Ocho, consulta y canje de puntos…
—Ocho.
—A continuación, le indicaremos la cantidad de puntos acumulada en el saldo de su cuenta.
“A ver si me da para cambiar de móvil por el dichoso Samsung Galaxy S3, que el que tengo ya se ha quedado demasiado anticua…”
—El saldo de su cuenta es de… —la grabación alteró el tono para pronunciar la cifra— Cincuenta y tres mil puntos. A continuación, indique si desea efectuar el canje de sus puntos acumulados por un móvil o si necesita escuchar de nuevo el total de puntos.
—Canje.
—Espere unos instantes, en breve le atenderá un operador.
“En breve, parece que esto va rápido”. Marcos sostuvo en la mano libre el bolígrafo con el que había apuntado su saldo de puntos en una hoja de libreta y, antes de que el anunciado operador se dignara a responderle, ya había rellenado completamente tres páginas del cuaderno con garabatos, líneas sin sentido y hasta insultos en letra gótica. Justo cuando estaba a punto de girar la hoja para enfrentarse a una cuarta en blanco, una operadora interrumpió el bucle musical en el que se había convertido la llamada.
—Hola, soy Geraldine Márquez, ¿en qué puedo ayudarle?
—Vaya, pensé que no me iba a atender nadie…
—Lo siento, señor, tenemos el servicio colapsado. ¿Qué desea?
—Quería canjear mis puntos por un móvil.
—Un momento, le compruebo el saldo —la operadora se ausentó durante unos segundos proyectando de nuevo el bucle musical—. Tiene cincuenta y tres mil puntos.
—Sí, eso ya me lo ha dicho antes Robocop.
—¿Perdone?
—El robot que descuelga las llamadas —Marcos contuvo la ironía—. Bueno, quiero cambiarlos por un Samsung Galaxy S3.
—Un momento, compruebo cuánto tendría que abonar —de nuevo la ausencia, esta vez más extensa—. Tendría que pagar quinientos cuarenta y cuatro euros, manteniéndose su tarifa y aumentando la permanencia a dieciocho meses.
—¿¡Quinientos cuarenta y cuatro euros!? —repitió Marcos incapaz de contener su sorpresa—. Con la cantidad de puntos que tengo, llevando más de siete años como cliente, ¿y tengo que pagar el móvil como si fuera libre?
—No, señor. El teléfono estaría bloqueado a nuestra operadora.
—Encima… —la rabia ascendió entre la indignación como un mono que escala a lo alto de la selva y Marcos, incapaz de contenerla, la arrojó a través del auricular—. ¿Sabe qué? Ahí se pueden quedar con su teléfono, me cambio de compañía.
—Señor…
—Ni señor ni leches, estoy harto de ustedes. Me cambio a…
—Espere, le paso con el departamento de amagos.
—¿El departamento de…?
Marcos no pudo completar la frase. Al instante, se vio inmerso en el bucle musical como a quien le arrojan de improviso a una piscina, aunque no tuvo tiempo ni para chapotear ni para asimilar el cambio. A los pocos segundos de que la operadora terminara la comunicación con él, una nueva interlocutora ocupaba su puesto, hablando esta vez un español de andar por casa.
—Perdone la espera, señor Marcos.
—No, si ahora no he esperado nada…
—Me comunican que piensa usted abandonarnos.
—Hombre. Si no me hacen ni caso ni…
—No se preocupe. ¿Qué móvil quería?
—El Samsung Galaxy S3. Pero me han dicho que tenía que pagar más de quinientos euros.
—No se preocupe, se lo regalamos.
—¿¡Qué!?
—Comprendo su enfado. Además, le descontaremos un veinte por ciento de su tarifa en el próximo año.
—Si yo tampoco…
—Está bien, que sea un cuarenta por ciento. Pero tendrá una permanencia de veinticuatro meses.
—Oiga, que yo…
—No se hable más, le rebajamos la permanencia a doce meses, le hacemos un descuento del cincuenta por ciento de su tarifa en el próximo año y tendrá el Samsung Galaxy S3 a coste cero.
—¿Y mis puntos?
—Es usted duro… Pues, además, le regalamos doscientos mil puntos para que pueda hacer otro canje.
—Vaya, así sí que da gusto ser cliente.
—¿Desea alguna cosa más, señor Marcos?
Este recapacitó durante unos instantes sopesando la cantidad de ventajas que había conseguido con una amenaza involuntaria y, dispuesto a sacar más tajada de su situación ventajosa, inició un nuevo amago cambiando de producto, aunque esta vez sabiendo de sobra lo que tenía entre manos.
—Creo que el ADSL sí que me lo voy a cambiar, no estoy para nada contento…

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