Relato: Apaguen sus teléfonos móviles

0

Domingo de lectura, algo a lo que acostumbramos en Faqs Android. Siempre con un relato que guarde relación con los teléfonos móviles, siendo una premisa que puede durarnos hasta el infinito. Porque la telefonía se ha introducido hasta la más mínima expresión de nuestra sociedad, dándonos acceso a un buen número de servicios en casi cualquier parte. Incluso en aquellos lugares menos indicados. ¿Cuántas veces habéis acudido al cine y ha interrumpido la proyección el sonido de un teléfono móvil? ¿Os ha ocurrido en primera persona? Pues a los dos protagonistas de nuestro relato de hoy sí, siendo el preludio de una trama que no sabemos hasta dónde puede llegar. ¿No os intriga?

Relato: apaguen sus teléfonos móviles

Apaguen sus teléfonos móviles

No se podía decir que el cine estuviera repleto de gente para aquella sesión, aunque tampoco se apreciaba un gran número de butacas vacías, aparentando, tras una mirada superficial, que aquella película despertaba suficiente interés como para acudir a verla un sábado por la tarde. Aunque Víctor, enganchado a la pantalla de su móvil con el mismo empeño que a la vigilancia de ambas entradas a la sala, sentía el escaso vacío de butacas en primera persona, careciendo de compañía en la de su costado derecho. Una última mirada obsesiva a la pantalla del móvil, revisando las diferentes aplicaciones de mensajería sin encontrar conectada a quien buscaba, y la película dio comienzo, tras la pertinente advertencia del apagado de teléfonos móviles. Víctor, absorto en el suyo, la ignoró.

Ana sentía que los nervios la azotaban por dentro, notándolos crecerse en el interior conforme se acercaba el comienzo de la película. Y esta empezó sin dar más tregua a la angustiosa espera, rematando la esperanza de que su cita acudiera antes del comienzo. Título del film, primeras escenas de la trama con presentación incluida de los protagonistas, inicio de la acción… pero nada, seguía sin aparecer. Cada vez que miraba el móvil en busca de alguna muestra de movimiento, este le devolvía idéntica ausencia, exactamente la misma que padecía la butaca de su izquierda. Entonces, durante una pausa de la historia donde la película rebosaba silencio y tranquilidad, un tono de móvil rompió todo síntoma de quietud, produciendo un respingo en el dueño y en todos los espectadores de alrededor. Ana vio cómo una sombra descendía rápidamente la escalera dirigiéndose al exterior de la sala, desapareciendo de su vista justo cuando torció el recodo a la altura de la primera fila. En ese momento, su propio móvil sonó, descubriéndole el despiste de no haberlo silenciado. Tampoco ella.

—¿Entonces no vas a venir? —Víctor formuló la pregunta a través del teléfono intuyendo cuál sería la respuesta, aunque la negativa, a pesar de esperarse, no fue más digerible— Pero… he comprado tu entrada. Y la película ha empeza… Sí, entiendo que no puedas venir. ¿Quedamos para cenar después? ¿Tampoco? Bueno, pues quedaremos otro día. Sí, ya sé que lo sientes. Está bien, hasta luego.
Pulsó el botón de fin de llamada sabiendo que también colgaba aquella relación intermitente, quedando sobrecogido por la sensación de soledad que le invadió por sorpresa, igual que el castillo que ha de rendirse cuando carece de defensas. Pero había que sobreponerse y, al menos, terminar de ver la película, así que encaminó los pasos de vuelta a la sala tropezándose en la puerta de acceso con una chica que también hablaba por el móvil. No pudo evitar fijarse en ella. A pesar de encontrarse en público, la chica lloraba desconsoladamente.

—Te estaba… esperando —Ana casi no podía hablar, la rabia y el sollozo le encogían las palabras— Te he reservado… tu sitio. Habíamos quedado… Me da igual que lo… lo sientas, ¿sabes? No. ¡No! ¡No voy a quedar para otro día, hemos terminado!
Y colgó. Apretó el teléfono con fuerza en la mano derecha, lo alzó hasta el punto más alto que le permitía el brazo y se dispuso a estrellarlo contra la moqueta del cine. Aunque un chico se lo impidió, sujetándole la mano justo cuando aplicaba toda la rabia contenida.
—No merece la pena —dijo tranquilo el chico. Ana le miró a los ojos, intuyendo en ellos una emoción conocida—. Si te ha dejado sola no merece que destroces tu teléfono por él.
—Es que —replicó Ana—… Tenía que venir, habíamos quedado…
—Pero tiene otras cosas que hacer.
—Sí…
—Como siempre.
Ambos se mantuvieron ante la puerta de la sala durante unos instantes, sin que ninguno se atreviera a volver junto a la soledad de la butaca contigua. Asimilaron sus circunstancias, se enfrentaron a ellas y concluyeron que, estando ya perdidos, no merecía la pena abandonarse más a esa perdición.
—¿Te apetece ver la película conmigo? —Se adelantó Victor pronunciando exactamente las mismas palabras que rondaban por la cabeza de Ana. Como si aquel chico hubiera rebuscando en su mente robándole la pregunta—. Si ambos estamos solos, al menos podemos hacernos compañía.
—No soporto ir sola al cine.
—Ni yo, me deprime.
—A mí también…
—Tengo palomitas.
—Me apetecen mucho.
—Me llamo Víctor.
—Yo Ana.
Dos besos sellaron aquella nueva amistad descubriendo en ella a grandes compañeros de cine. Ana ascendió dos filas para ocupar la butaca vacía junto a Víctor, sorprendiéndose de que la reserva lógica que existe ante un desconocido con él se esfumara, terminando de ver la película con una sensación de plenitud que se le antojó irreal, totalmente contraria al pozo de angustia en el que se encontraba sumida hacía sólo una hora y media. Pero se acercaba el momento de despedirse. Una vez acabada la sesión, el vínculo se esfumaba.

Víctor sintió que se le escapaba el tiempo. Aquella sensación tan extraña de paz le confundía, y sólo de pensar en despedidas intuía de nuevo a la soledad golpeando el portón de su castillo, reforzado con una nueva e improvisada defensa. ¿Qué hacer?
—¿Te apetece cenar algo? —Preguntó Ana. Aquella pregunta pareció casi mágica, como si hubiera escarbado en el pensamiento de Víctor trasplantando su idea— No quiero estar sola el resto de la noche.
—Me parece bien —respondió Víctor con una sonrisa—. ¿Dónde quieres ir?
—Antes te he acompañado a tu butaca, así que ahora te toca a ti acompañarme. ¿Qué dices?
La respuesta fue tan clara como rotunda, convirtiéndose en la antesala de una cena en común que acabó traduciéndose en el inicio de sucesivas secuelas. Ambos fueron a cenar, eligieron sus platos preferidos, compartieron bocados de cada uno de esos platos y concluyeron que su historia aún no había llegado al The End. Rieron y charlaron durante horas, habiendo tomado las precauciones necesarias. Una vez sentados a la mesa, ambos apagaron sus teléfonos móviles durante el resto de la velada.

Imagen Kinsun

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here