Después de dos semanas del último relato, y tras una entrega intercalada de la nueva sección “El rincón del cuñao“, llega de nuevo la literatura a FAQsAndroid (al menos aspira a serlo, que no soy tan pretencioso) para ofreceros un relato con el que aliviar la pesadez de esta tediosa tarde. Y hoy trato un tema que he reiterado en más de una ocasión: los WhatsApps; aunque pasado por el filtro de un personaje misterioso, y un poco desequilibrado, que ejercerá una función algo extraña dentro de la historia. Y lo de extraño no lo digo yo, se lo dice él mismo. ¿Queréis leerlo?

El hombre que susurraba a los WhatsApp

Relato - El hombre que susurraba a los WhatsApp

 

Lo reconozco: soy una persona extraña. No porque pueda asustarte si nos cruzamos en el ascensor o porque tenga unos gustos que se consideren dignos de estudio, sino porque poseo una afición que muchos calificarían como “peculiar”. No, no pienso repugnarte con la lectura de unas filias más propias de un personaje de Hitchcock, sino que te contaré una historia que podría haberte pasado a ti o a cualquiera que te puedas encontrar por la calle. Aunque claro, teniendo en cuenta que ninguno de vosotros vería desencadenada la trama tal y como se desencadenó conmigo porque, como ya he dicho, soy una persona algo extraña.

Primero he de empezar contando un poco de mí mismo y detallando las razones por las que sé que soy una persona extraña. Verás, no aparento nada que se salga de lo normal; ni me visto con lujo ni con harapos; no salgo a la calle sin antes haberme asegurado de que no destaco entre la amalgama de gente con la que convivo a diario; tampoco poseo gustos estrambóticos que sólo puedan verse en los foros más oscuros de internet. Simplemente, me gusta espiar las conversaciones de WhatsApp de la gente que tengo alrededor para integrarme dentro de ellas como si yo mismo fuese partícipe. Sí, sé que a simple vista no parece tan misterioso como lo he dejado entrever en un principio; si no fuera porque esta afición se me ha ido de las manos.

Empecé espiando por encima del hombro. De hecho, recuerdo perfectamente el primer día en el que la simple curiosidad se tornó en obsesión.

Viajaba en un autobús con unas quince personas distribuidas de tal manera que casi parecíamos sembrados al azar; aunque eso sí, manteniendo la precaución de no sentarnos junto a ningún otro pasajero, quedando siempre un asiento vacío al costado de cada uno. Por fortuna, quedábamos alineados en sentido longitudinal del autobús, pudiendo admirar con detalle, al menos en mi caso, los hombros de quien se sentaba justo delante. Desnudos, con ganas de sentir el calor de los primeros rayos de sol de la incipiente primavera, con un rastro blanco del sujetador que se asomaba pudoroso bajo las capas de ropa obligadas por el invierno y que, a su vez, marcaba la línea del inicio del cuello hasta ascender penetrando en un cabellera rubio ceniza que permanecía recogida en un moño irregular… Embelesado, me sumergí un buen rato en aquella delicada sensualidad hasta que mis ojos enfocaron unos veinte centímetros más adelante: por más que quise evitarlo en un primer momento, me vi abocado a espiar una conversación de WhatsApp que fluctuaba peligrosamente entre la reconciliación y la guerra de pareja teniendo en los reproches el armamento con el que atacarse a degüello“.

¿Cómo apartar la vista de una novela dramática cuando ésta se desarrolla justo delante de tus ojos? Como comprenderás, y estando seguro de que tú harías lo mismo, me fue imposible, viéndome trasladado a los entresijos de la pareja hasta que casi les consideré como mi propia familia. Y poniéndome de parte de la chica, como no podía ser de otra manera: él era un auténtico cerdo. De hecho, así se lo dije a ella. Estela se llamaba.

-¿¡QUIÉN TE CREES QUE ERES PARA ESPIAR MIS CONVERSACIONES!? ¿¡Y POR QUÉ COJONES ME LLAMAS POR MI NOMBRE!?“.

Recuerdo la frase y el tono como si pudiera reproducirla mentalmente desde un archivo de vídeo. De hecho, soy capaz de recrearme en la situación describiendo el ambiente y hasta las caras de los pasajeros del autobús, que nos miraban expectantes tras haber sido alertados por los gritos de Estela. Y ahí comprendí, gracias a mi primera experiencia interactuando con WhatsApps ajenos, que en lugar de interactuar directamente debía hacerlo de forma subrepticia. Como susurrando a las conversaciones, integrándome dentro de ellas igual que lo haría un fantasma traspasando la pared para quedarse a tu espalda. ¿Ves? Ya te dije que soy una persona extraña.

La maquinaria del metro avanzaba a velocidad generosa atravesando el túnel como los recuerdos que se mueven imperturbables cruzando la oscuridad del espacio y del tiempo, consiguiendo que un trayecto tan increíble hace sólo cien años como lo es el viajar bajo tierra resultase de lo más común para los pasajeros que se agolpaban a lo largo y ancho de los vagones del convoy. Como Nuria, una chica sentada en el extremo izquierdo de un grupo de cuatro asientos que se entretenía toqueteando la pantalla de su móvil. Rubia, de mirada tierna y ojos marrones parapetados tras el grueso cristal de unas gafas de pasta con montura de inspiración en los años cincuenta, atractiva incluso vista desde lejos y escondida dentro de un aura que destilaba lejanía y seguridad. Aunque, una vez alcancé a comprobar tras agarrarme de la barra contigua a su asiento para posar la vista en la pantalla del teléfono que sostenía entre sus dedos rematados por uñas pintadas en granate, era todo fachada.

Nuria mantenía una lucha encarnizada con su supuesto novio al que reprochaba el escaso cariño que le dedicaba y el derrochado interés que ponía en sus aficiones que, según ella, resultaban infantiles, volcando toda su rabia en un conjunto de palabras que bien podrían haber herido de muerte a cualquier tertuliano experimentado. Dolida, frustrada, sin ilusión por una relación que se tambaleaba ante la falta de sustento del pilar paralelo, hilaba frase tras frase sin esperar siquiera la respuesta, desplazando sus hermosos y delicados dedos por la pantalla hasta arrancar lágrimas de sus ojos. Sin que el interlocutor mostrase emoción alguna a tenor de sus respuestas, acordando un “Quedamos en cinco minutos delante de la puerta del FNAC” como único alegato visible“.

Estoy seguro de que tú no habrías hecho lo mismo, que te habrías quedado impasible ante la injusticia porque, al fin y al cabo, tampoco deberías inmiscuirte en una pareja que no te va ni te viene. Pero yo fui incapaz de mantenerme al margen, llegando a la conclusión de que, si había aceptado espiar las conversaciones de los demás, también debía plantearme el hecho de ayudarles. ¿Y cómo podía yo ayudar a Nuria? Fácil.

Abandoné el vagón una vez el metro se detuvo frente al andén, surfeando la oleada de gente que trataba de salir por las escaleras sin ni siquiera mirar a mi retaguardia para comprobar que Nuria no me hubiese adelantado. Subí los escalones de dos en dos, corrí por el vestíbulo ascendiendo a la superficie y me dirigí raudo al lugar de encuentro de la pareja tratando de adivinar en la distancia quién sería mi objetivo. Por suerte, sólo había dos hombres aguardando a la entrada de la gran superficie, pudiendo descartar automáticamente al más mayor gracias a rondar la cincuentena. Así que aligeré el paso tratando de recuperar el aliento, crucé por delante del novio sin llamar su atención, me adentré en el establecimiento y, girando sobre mis pies, me situé justo bajo el mecanismo de apertura automática sacando medio cuerpo fuera de la tienda.

—No te des media vuelta si aprecias tu vida.

Ignoro las razones por las que aquel chico me obedeció, pero, ante todo pronóstico, se mantuvo inmóvil en su sitio mientras se apoyaba contra la pared exterior del FNAC manteniéndose pegado a la puerta de entrada. Podía ver cómo la gente que entraba y salía se extrañaba de la situación, pero nadie quiso inmiscuirse.

—Veo que aprecias tu vida —susurré comprobando que con ese tono me escuchaba—. Vengo de parte de la familia de Nuria.
—¿Nu… Nuria? —Balbuceó el chico.
—Sí, Nuria. Tu novia —hice una pausa—. Porque es tu novia, ¿no?
—S… Sí.
—Perfecto. Si quieres que aún lo sea, y si también aprecias tu vida —repetí la amenaza, parecía surtir efecto—, te abstendrás de hacerle más daño.
—Pero si yo no…
—¡Silencio! —Elevé un poco el tono—. Sé que la estás haciendo daño y que pasas totalmente de ella. Por tu bien, yo trataría de hacerla feliz.
—Pero si yo ya la hago feliz…
—Ya tendrías que saber a qué me refiero, espero no tener que alertarte de nuevo —miré a mi retaguardia comprobando que nadie podría interponerse en mi huida al interior de la tienda—. Porque entonces no será una alerta“.

Menudo subidón de adrenalina tuve ese día, no sabes lo que implica enfrentarse a esa situación y salir victorioso. Aunque no creo que te preguntes por mis sensaciones, sino por las razones de mi comportamiento. ¿Que por qué lo hice? Fácil: sentía la necesidad de ayudar a Nuria y a cada una de las chicas con las que me he topado desde entonces. No sé, puede que tenga que ver con el karma: si espío sus conversaciones, debo ayudar en el caso de que me tope con problemas. Aunque claro, al final también yo he tenido problemas. Pero eso prefiero dejarlo para otro día.

Relato - El hombre que susurraba a los WhatsApp

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