Relato: El número de tracking misterioso

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Anda que no hacía semanas que no se dignaba a aparecer un relato de móviles por la portada de FAQsAndroid… No se puede decir que sea una sección muy habitual (culpa del que los escribe, ésa es la única razón), pero, al menos, sí que pretende ser original cada vez que se publica. Domingos por la tarde en los que apenas apetece nada más que esperar a que concluya el fin de semana, unos minutos muertos antes de cenar e irse a dormir… Y una historia por leer en la que un móvil, aplicación o tema similar ejerce de nexo de unión entre la actualidad tecnológica y la ficción. ¿Os apetece leer un poco?

A ver qué os parece el relato de hoy. Si sois de los que ha comprado un móvil, gadget o cualquier artículo por internet, os sentiréis en parte identificados con el protagonista. ¿Habéis esperado con ansia a que os enviaran el número de tracking? Normal. Pero… ¿Y si dicho número fuera misterioso?

 Relato: el número de tracking misterioso

El número de tracking misterioso

¿Cuánto tiempo llevaba Salvador detrás del móvil que se encontraba a pantalla completa en su portátil? Imposible saberlo. Después de meses de constantes rumores, de decenas de filtraciones, tras el ansia acumulada después de días y días buceando entre toda la maraña de información, de análisis y de impresiones provocadas en los especialistas del tema… allí estaba: en la captura de aquella tienda que, una vez minimizó del primer plano, le tentaba con el botón naranja rotulado con un “Comprar” en color blanco. ¿Lo tenía todo? Salvador revisó su cuenta bancaria en una pestaña comprobando que disponía de saldo suficiente, observó la reventa de su actual teléfono en otra de tantas pestañas abiertas del navegador viendo que la puja sufragaba con creces más de la mitad del nuevo móvil y, tras volver a la tienda online, pulsó en el anaranjado botón sintiendo una mezcla de satisfacción, incertidumbre y placer que fue aumentando en intensidad como la ola bajo la tabla de un surfista experto, rompiendo en la playa del posterior pago para dejarle sentado en la silla con quinientos euros menos, con un regusto extraño a euforia y arrepentimiento y, sobre todo, con la necesidad acuciante de poseer instantáneamente el móvil entre las manos. Pero eso no ocurriría hasta, con suerte, uno o dos días después, por lo que tocaba amenizar la espera dejándose abandonar en su rutina. Una rutina amarga y solitaria a la que aún no había logrado acostumbrarse.

¿Cuánto tiempo había pasado? Salvador contó mentalmente mientras bajaba despacio la tapa de su portátil, deleitándose en la suavidad de las bisagras y en el sonido de la pantalla al hacer contacto con el cuerpo del ordenador. Era como destapar un bote de conserva dentro de una almohada: un sonido suave e impactante al mismo tiempo, consiguiendo que a menudo repitiese el gesto mientras se ensimismaba en el recuerdo de su padre. ¿Por qué le recordaba a él ese sonido? Salvador cayó en la cuenta de que se encontraba pensando en ello tras haber desplazado al recuento de las semanas transcurridas desde su muerte, llegando a la conclusión de que el amortiguado “pop” era muy similar al ruido que hacía su padre cuando jugaba con él siendo un niño. En aquel instante recordó a su padre introduciéndose el dedo índice en la boca para, empujando desde el interior de la mejilla, expulsar el dedo junto a un sonoro “pop”, viéndose a sí mismo llorando de risa con cinco años gracias a esa carantoña infantil. Sí, Salvador sabía que era absurdo; igual que gastarse quinientos euros en un móvil; o llorar de risa a los cinco años con una típica broma para bebés; igual de absurdo que estar llorando en ese momento. Y no de risa.

Salvador trató de apartar los pensamientos amargos de su cabeza ocupando su hueco con las ganas de jugar con el nuevo móvil, lográndolo con suficiente efectividad durante las horas posteriores a la compra. Miraba su correo sin encontrar nada nuevo, se abandonaba a la limpieza de su casa para, tras media hora, comprobar de nuevo el correo… Y descubría idéntico vacío en el buzón al que había envuelto cada estancia del piso tras la desaparición de su padre. ¿Había sido buena idea seguir viviendo allí? No quería irse a ninguna parte. ¿Tendría noticias del móvil? No, aún no había correo de la tienda. ¿Y ahora? Tampoco, Salvador retomó la tarea de fregar los platos: un plato llano, uno de postre y un vaso. Los aclaró, decidió airearse saliendo de casa y, cuando fue a vestirse pasando primero por la pertinente comprobación del correo, descubrió con sorpresa que sí que disponía de noticias frescas. Junto a un número de tracking nada menos.

“¡Ya viene!”, pensó Salvador exaltado. Repasó de arriba a abajo la misiva electrónica comprobando que todo estaba en orden. Su nombre bien, la dirección también, la fecha de entrega estimada justo para el día posterior (cuánto agradeció el haber pagado el envío urgente) y el número de tracking en orden, enviado por UPS. “Espera”. Salvador advirtió algo extraño en aquel tracking, descubriendo la morbosa casualidad del destino al identificar sin margen de error la fatídica fecha entre el resto de caracteres.

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“Trece de octubre de dos mil trece…”. Resultaba imposible ver más allá de aquella secuencia de números dentro de las letras en mayúscula. “Trece de octubre de dos mil trece…”. Si no fuera porque Salvador no creía en las profecías ni en cualquier tipo de hecho que se escapara a la razón, habría pensado que el dichoso destino tenía algo que decirle con el paquete que recibiría en menos de veinticuatro horas. “¿Por qué estará el día de la muerte de mi padre dentro del número de tracking? Menuda casualidad más tétrica”. Porque era casual, seguro. Tenía que serlo, los números de tracking se generan aleatoriamente en las agencias de transporte, por lo que UPS no podía poner la fecha del fallecimiento dentro de uno. Además: ¿quién sabía de la muerte aparte de él y el resto de la familia y amigos? No había duda: aquello no era más que una casualidad. Pero, conforme se acercaba la hora estimada de entrega, las cábalas deformaban de tal manera su raciocinio que cualquier rastro lógico en su mente se había esfumado; sobre todo tras seguir el rastro del paquete en el mapa. Había salido de Londres, justo donde su padre había conocido a su madre. Había pasado por Holanda, país del que siempre hablaba tras un año de trabajo en el lugar. Justo al aterrizar en España, el móvil se había demorado unas horas en Barcelona, ciudad en la que Salvador había nacido y de la que su padre hablaba maravillas. Y ahora, justo en reparto hasta su casa, parecía completarse el círculo al llegar al domicilio que ambos habían compartido durante dos años debido a la enfermedad del progenitor. ¿No era para ponerse nervioso? Y tanto: Salvador sintió desfallecerse al escuchar el timbre, necesitando dos timbrazos más para que sus piernas reaccionaran.

—¿Salvador Costa? —Preguntó el mensajero de UPS portando una máquina electrónica gigantesca en una mano mientras sostenía un paquete debajo del otro brazo—.
—Sí. So… —a Salvador le costó acabar la frase—. Soy yo.
—Perfecto, firme aquí.

Cerró la puerta agarrando con firmeza el paquete y volvió a la soledad de su hogar sin preocuparse de que estaba solo. Como era lógico, a Salvador únicamente le interesaba abrir el paquete y dar al traste de una vez con las conjeturas y paranoias, temblando como un cirujano mal instruido cuando se decidió a retirar el envoltorio. Quitó las puntas de precinto estirando longitudinalmente para dejar libres las alas de la caja, las abrió completamente para extraer al completo todo el plástico de burbujas, descubrió la parte superior del embalaje telefónico comprobando que era el modelo que había pedido, sacó dicho embalaje de la caja y, finalmente, al propio teléfono del embalaje… y se vio desbordado ante tal maravilla tecnológica. Estaba claro que todo había sido una casualidad: allí no había más que el teléfono que pidió, careciendo de cualquier otro contenido ni en el paquete ni dentro del embalaje. Salvador retiró los plásticos de la pantalla más tranquilo, introdujo su tarjeta SIM y se maravilló ante el primer arranque, deleitándose con esos primeros minutos de uso que siempre regala cualquier gadget. Jugó con la interfaz, buceó en el el menú de ajustes, comprobó las aplicaciones que traía instaladas, inició la cámara… Todo perfecto: el teléfono funcionaba como la seda, disparando imágenes al segundo para llevarlas de inmediato a su galería. Aunque allí había algo extraño: las fotos que Salvador hizo en la primera prueba no eran las únicas del móvil, encontrándose estupefacto con unas instantáneas que creía haber perdido para siempre.

No había duda. En la tercera imagen, justo tras las dos que había hecho Salvador, se encontraba él mismo junto a su padre, quedando retratados por una tercera persona (seguramente su madre) que vio tremendamente irresistible la risa del bebé jugando con su progenitor. Allí estaba también una foto de sus padres mientras la madre le agarraba dulcemente de la mano, quedando por detrás una estampa de Barcelona tomada desde lo alto del Tibidabo. Salvador siguió avanzando fotos con el dedo reviviendo toda su existencia. La primera vez que fue al colegio, unas vacaciones en la playa, el día de su matrimonio, otra imagen de su padre bailando junto a su ya ex mujer… Las lágrimas se le agolpaban por dentro de los ojos luchando por hacerse un hueco en primera línea de salida, al tiempo que descubría una calidez extraña ascendiendo desde el origen de sus emociones que iba aplacando cualquier rastro de nervio e intranquilidad. Sí: Salvador se sintió en paz por primera vez desde el fatídico día, llegando al final de la galería sin sorprenderse ni un ápice de que allí estuviera él, saludándole desde el sofá del comedor sobre un mensaje impreso en la imagen. Aplicó el dedo índice y el pulgar sobre la pantalla y amplió la imagen a la altura del mensaje, leyéndolo detenidamente.

“Hola, Salvador. Sé que estás triste tras mi muerte y que piensas que fue culpa tuya, pero no has de preocuparte. La vida continúa, mi tiempo en ella se acabó. Y, aunque hubieras estado conmigo cuando me falló el corazón, éste hubiera fallado igual más adelante. De verdad, no te culpes. Ni culpes a Marta: ella se merecía que salieseis de casa los dos a solas. Por favor, llámala y pídele perdón. También de mi parte.
Cuídate, hijo.”

Salvador se secó las lágrimas con la manga de su camiseta, se sorprendió ante lo sereno que le había dejado el mensaje póstumo de su padre, pese a lo increíble de aquel hecho, y cerró la aplicación de la galería, abriendo posteriormente la de teléfono. Y los nervios afloraron de nuevo. Aunque esa vez sí que los agradeció.

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