Todos hemos tenido problemas de cobertura. Y todos hemos hecho mil posturas en interiores para lograr hacer una llamada. ¿Te suena lo relatado en esta historia?

La cobertura… Qué gran problema cuando queremos enviar un mensaje o llamar por teléfono y, justo al pulsar sobre “Enviar” o “Llamar”, nos salta el aviso de que no tenemos conexión. ¿Cuántas veces habéis sufrido esa frustración? Y lo que es más importante para el relato de hoy: ¿cuántas poses habéis hecho para pillar una raya de cobertura que os permitiera recibir o enviar comunicaciones? Que si ir a una esquina de la habitación, levantar el móvil en alto, acercarse a la ventana… Qué recuerdos, ¿verdad? Pues mirad lo que le ocurre a Francisco en su oficina: veréis con otros ojos el hecho de no tener cobertura.

En busca de la cobertura perdida

Relato: En busca de la cobertura perdida

—¿Qué haces?

Francisco, Paco para sus compañeros de oficina, se encontraba en una postura extraña hasta para él. Aun permaneciendo sentado sobre su silla, había estirado completamente su espalda y su brazo derecho tratando de hacerse lo más largo posible, emulando así a un superhéroe de cómic que, armado con un móvil en lugar de con una linterna o una “Batarma”, levantaba la mano pidiendo ser el primero en salvar al mundo. O eso es lo que pensaba Javier, su compañero de mesa, que observaba atónito la escena siendo incapaz de concentrarse en el trabajo que llamaba su atención desde la pantalla.

—Estoy tratando de pillar cobertura —dijo Paco estirándose un poco más aprovechando que podía levantar el trasero del asiento—. Esta oficina es un búnker, no entra señal ni aunque la inviten.
—Qué raro —comentó Javier mirando su propio teléfono—: yo estoy a tope de cobertura.
—¿Tú tienes Alcanfone?
—No.
—Entonces no puedes entenderme —Francisco orientó el teléfono hacia adelante bajando un poco la altura sin detener el estiramiento corporal—. No sé qué me pasa con esta compañía y la oficina: son incompatibles.
—También yo soy incompatible con la oficina —rió Javier—. Y con los lunes: éste de hoy me está matando.
—Y yo sin poder recibir los WhatsApps…

Como por respuesta a la queja de Francisco, un mensaje sonó en el teléfono consiguiendo que regresara a su cómoda postura reposando el cuerpo completamente sobre la butaca. Encendió la pantalla, desplegó la notificación y se extrañó soberanamente: le había llegado un SMS.

—¿Ya has pillado cobertura? —Preguntó Javier mirando fijamente a su compañero. Adivinando que algo extraño le había llegado en forma de mensaje, afiló un poco más el requerimiento—. ¿Qué te ha llegado.
—Na… Nada —Balbuceó Francisco.
—Te has puesto blanco. ¿En serio no es nada?
—Claro, alguien que se ha equivocado con un SMS.
—¿SMS? ¿Se siguen enviando SMS?
—Se ve que sí.

“Has hecho bien, nadie te va a creer por más que lo cuentes. Éste será nuestro secreto: tus compañeros de oficina no deben saber que… (1/2)”.

Francisco esperó impaciente el segundo mensaje, pero éste no llegó. Al menos no hasta que retomó la pose que había iniciado las dos recepciones anteriores: alguien misterioso trataba de comunicarse con él y sólo lo conseguía cuando llegaba suficiente cobertura. ¿Quién podría ser? Imposible saberlo: el número del remitente permanecía oculto.

“… nos conocemos. Porque sería fatal: quizá imaginen que estoy secretamente enamorada de ti. Y no quiero eso: no soportaría que se burlasen. (2/2)”.

Con aquel ya contabilizaba tres SMS. Y el misterio no hacía más que crecer en su cabeza: ¿quién era aquella mujer? ¿Pertenecía a su oficina o, sin embargo, trabajaba en alguna otra empresa del edificio y ambos se cruzaban cada vez que acudían al trabajo? Tres mensajes no eran suficientes para conocer toda la historia, por lo que le tocaba esperar para recibir nuevas migas con las que saciar su apetito. Aunque claro, primero debía responderle. ¿Qué decir?

—¿A quién escribes? —Preguntó curioso Javier. Su compañero Francisco era incapaz de advertirlo debido a su concentración en el teléfono, pero apenas podía disimular la sonrisa.
—A mi madre —mintió deliberadamente—. Se ve que ha descubierto los SMS y le ha dado por escribirme.

“¿Quién eres? ¿Dónde trabajas? Perdona por las preguntas, pero es que sólo tengo dudas. ¿Dónde podemos encontrarnos?”.

Paco esperó sentado la respuesta mientras trataba de centrarse en el trabajo, pero ésta se hizo de rogar. Tras media hora de miradas furtivas a la pantalla del móvil, llegó a la conclusión de que la cobertura seguía jugando al escondite; por lo que, imitando la postura que lo había iniciado todo, estiró su espalda alzando el trasero del asiento mientras elevaba el brazo al máximo inclinándolo ligeramente hacia adelante. Nada. Forzó un poco la pose avanzando más el cuerpo sin obtener resultados, debiendo probar con multitud de variantes hasta que, poniéndose de rodillas sobre la silla de oficina y marcando los brazos en cruz, llegó la alerta que se chivaba de una nueva recepción. Javier, que observaba el espectáculo a escasos dos metros de su compañero, tuvo que ponerse la mano delante de la boca para sofocar las carcajadas. Y no era el único.

“Trabajo en Recursos Humanos. Y nos vemos a menudo cuando salimos a comer y entramos en la oficina. De hecho, podíamos quedar en… (1/2)”.

Javier aguantó la pose esperando al segundo mensaje, pero éste decidió seguir jugando con su paciencia y con su sentido del ridículo. Cansado por la postura, y nervioso ante la posibilidad de que entrase su jefe y le encontrase en plena penitencia, no aguantó más de dos minutos como antena de carne, decidiéndose por otra estrategia. Se puso en pie con el brazo levantado, caminó hasta la ventana tratando de captar una mayor cantidad de señal, dio un paseo por el piso sorteando mesas, sillas, compañeros que le miraban desternillándose y botellones de agua, regresó de nuevo a su puesto de trabajo y, como vio que nada de lo realizado había surtido efecto, se sentó sobre la mesa e imitó a la estatua de la libertad. Entonces, su móvil sonó de nuevo.

“Sonríe: pronto estarás en YouTube (2 y último)”.

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