Relato: Espacio de leyenda

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Hoy vamos a retomar los temas clásicos para nuestro relato del domingo, ahondando en un elemento de los móviles al que ya hemos mencionado más de una vez, como en el último monólogo que publicamos haciendo alusión a las felicitaciones de Año Nuevo. Porque, ¿alguien no tiene claro que el SMS está a punto de extinguirse? Herido de muerte por la mensajería instantánea tipo Whatsapp o Line que ha copado casi por completo su terreno, el mensaje de texto ha quedado relegado para los mensajes comerciales o comunicación con algún móvil que no sea smartphone, siendo cade vez menos importante. ¿Cuántos SMS habéis mandado en los últimos meses? Está claro, al SMS le está llegando su hora. Aunque, como ocurre con nuestro protagonista del relato, él no tenga conciencia de haber pasado a la historia.

Relato: Espacio de leyenda

Espacio de leyenda

—¿Para qué me han citado aquí?
El SMS se encontraba perdido en aquella reunión urgente, habiendo sido incapaz de discernir los motivos concretos para organizarla. Él mismo sabía que la carga de trabajo no era la más adecuada para un gigante de la tecnología móvil como lo era él, presente en el candelero casi desde sus inicios, ya que las nuevas tendencias estaban pasándole factura, relegándole a una presencia casi testimonial. Pero ahora bien: ¿qué iba a hacer un móvil sin SMS? Mal que le pesara a sus enemigos, y a sus propios jefes, el mensaje de texto era insustituible, siendo imposible que le convocaran para dejarle sin cobertura.
—Le hemos citado para hablar del momento actual —dijo el presidente de la junta manteniendo un rostro inexpresivo—.
—Y del momento futuro —añadió el vicepresidente imitando el porte frío de su superior. El SMS se estremeció en su asiento, quizá el relevo generacional se encontraba más cerca de lo que él pensaba—. Como usted mismo habrá ido notando —el vicepresidente cargaba sus palabras con aplomo—, los tiempos no son demasiado buenos para el negocio. Y como los tiempos no son demasiado buenos…
—Habrá que actuar en consecuencia —remató el presidente de la junta—.
El SMS no sabía qué pensar. Conforme avanzaba la reunión, la trascendencia se iba haciendo más y más pesada, restando su capacidad de movimiento. ¿Qué hacer?
—Nunca se habían vendido tantos móviles como ahora —intervino el SMS a la desesperada. Sus dos superiores asintieron—. Y nunca habían sido tan inteligentes y tan variados —nada que objetar a las observaciones, ambos superiores continuaron mudos dando a entender con su silencio que estaban de acuerdo—. Por lo que tenemos que adaptarnos a los nuevos tiempos.
—Precisamente por eso le habíamos llamado —dijo el presidente de la junta tomando la palabra—. Como comprenderá, los accionistas velan por la salud del negocio, y está claro que los tiempos, a esos a los que usted alude, son convulsos.
—Por eso —el vicepresidente abrió la carpeta que tenía delante, único elemento sobre la mesa de reuniones, y retiró el papel que contenía alcanzándoselo al SMS, que se sentaba justo enfrente—, hemos decidido ascenderle de puesto.
Aquello no tenía ni pies ni cabeza. No sólo sus superiores no le despedían por el descenso en la carga de trabajo, sino que, encima, estaban dispuestos a ascenderle, siendo una oportunidad que no se hubiera esperado ni en los mejores sueños. Y, justo por eso, el SMS no pudo reprimir la sonrisa, contrastando abiertamente con la seriedad de los otros dos.
—Si firma la nota que le ha alcanzado mi compañero —comentó el presidente de la junta—, nos ocuparemos de ascenderle a nuestro espacio de leyenda, un recinto dentro de la empresa donde agasajarle por los excelentes servicios brindados a la corporación.
El SMS recogió el papel de la mesa y lo leyó por encima, no entendiendo muy bien de qué iba todo aquello. Pero malo no podía ser, ya que cualquier ascenso siempre es una buena noticia, aunque aquel “espacio de leyenda” sonara a retiro para las viejas glorias. Así que no se lo pensó mucho y, tras asentar de nuevo aquel papel, que más bien parecía un contrato, sobre la superficie de madera, procedió a firmar en la parte inferior con el bolígrafo que le tendió el presidente, estampando su rúbrica aceptando aquel ascenso, supusiera lo que supusiera.
—Perfecto —comentó el presidente de la junta tras recoger el papel y el bolígrafo. Guardó el contrato de nuevo en la carpeta, el bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta, se levantó de la butaca presidencial y, dirigiéndose al SMS, le tendió la mano indicando que le acompañara—. Le acercaré personalmente a su nuevo puesto, seguro que allí se encontrará mejor que en su casa.
Ambos salieron de la sala de juntas, dejando allí al vicepresidente, y avanzaron pasillo adelante en dirección al ascensor, llegando con celeridad gracias a las zancadas largas y decididas de quien guiaba. El SMS se encontraba extraño. Por un lado, no había duda de que aquel ascenso le había emocionado, después de los años dedicados al negocio de la telefonía móvil él también pensaba que se lo merecía. Pero una sensación extraña, mínima al principio y más intensa conforme pasaron los minutos, se apoderó de sus pensamientos, como un rastro de cordura que acaba haciéndose visible dentro de un laberinto de estupidez. Y nada más entró en aquel “espacio de leyenda” cayó en la cuenta de lo estúpido que había sido firmando, ya que el espacio tenía más de retiro que de ascenso. Aunque eso sí: en lo de leyenda no había ninguna discusión, porque allí se encontraban auténticos pesos pesados de la telefonía móvil. Nada más abrir la puerta del recinto, integrado dentro del edificio corporativo aunque separado del resto de oficinas por un inmenso pasillo al que sólo se accedía con una contraseña de seguridad, el SMS se encontró con algunos de sus compañeros a los que hacía años había perdido la pista, deambulando como fantasmas sin rumbo por un inmenso salón casi vacío de accesorios en el que sólo habían dos mesas y algunas sillas, situadas al fondo de la amplia estancia y sin encontrarse nadie alrededor de ellas. Un beeper daba vueltas en torno a un vértice imaginario mientras mascullaba algo ininteligible. A escasos metros, una antena telescópica, de aquellas que tenían los móviles en los inicios, brincaba y brincaba como si estuviera saltando a una comba imaginaria, mientras, justo enfrente, un teclado numérico hacía ver que agitaba la cuerda, siendo una situación tan esperpéntica que, lo mirase como lo mirase, el SMS era incapaz de encontrarle sentido. Aunque no tuvo tiempo ni para intentarlo.
—Bueno, me tengo que marchar —dijo el presidente retrocediendo como un cangrejo—. Espero que se encuentre a gusto en su nuevo puesto.
Y cerrando las puertas tras de sí accionó un pestillo por fuera, sellando a cal y canto aquel espacio de leyenda. Poco importó que el SMS gritara y golpeara con todas sus fuerzas aquellas puertas, estas ni se inmutaron, custodiando la salida como si ya no le estuviera permitido pasearse por el mundo tecnológico. Al menos más allá de aquella sala, encontrándose tan desamparado como las viejas glorias móviles a las que, a partir de aquel momento, también pertenecía.
—Tranquilo, aquí estarás bien —le dijo un Nokia 3310 que se había acercado para darle la bienvenida. Le saludó afectuosamente tratando de darle consuelo, sin esconder que él mismo se encontraba desconsolado—. Para nosotros, aún sigues siendo insustituible.

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