Ha sido difícil, pero, justo en el límite, he conseguido escribir a tiempo el relato sobre móviles de la semana. Y he vuelto a bucear en mi imaginación para localizar una historia futurista e imposible, de ésas con las que soñamos los más geeks. ¿Qué pasaría si la cámara de un móvil consiguiese fotografiar el futuro? Pensadlo por un momento. Tenéis dudas sobre lo que pasará en un lugar concreto, sacáis el teléfono, hacéis una foto… Y ésta os revela una imagen de cómo será el sitio dentro de unos años. ¿Tendría aplicaciones prácticas? Ni idea. Pero sí que podría cambiar la vida de muchas personas, como ocurre con la de nuestro protagonista. ¿Qué le sucederá? Ya sabéis: sólo leyendo el relato lo sabréis. Espero que os guste casi tanto como a mí me ha encantado escribirlo.

Fotografía del futuro

Relato: Fotografía del futuro

—Tengo justo el que necesitas.

¿Qué otra frase podría decir un comercial para conseguir que su posible cliente se convirtiera finalmente en comprador? Samuel tenía muchas, infinitas. Y, como excelente vendedor que era, sabía que aquella persona que acababa de entrar en su tienda de móviles, la misma que ahora le miraba expectante esperando ver su teléfono ideal, acabaría finalmente cayendo en su red. Lo veía en sus ojos. Mirada chispeante, cálida, deseosa de ver cumplidos sus deseos… Samuel no era ningún genio, al menos en lo que a magia se refería; pero sí que sabía cómo satisfacer los anhelos húmedos de todo amante de la tecnología.

—Este móvil está hecho justo para ti —ésta era su segunda frase preferida. Manida y descuidada, sí; pero, igual que ocurría a la hora de ligar, lo clásico nunca pasaba de moda—. Mira qué diseño, qué materiales, cómo el aluminio rodea el contorno dando seguridad en el agarre… Y no veas qué potencia tiene: ¡es un pepino!
—Pero… —Marcelo dudó. El móvil que le tendía el comercial era precioso y parecía tan sólido como de alta calidad, de eso no tenía dudas. Aunque claro, aquello tendría un precio que, seguramente, no podría pagar—. No sé si encaja en mi presupuesto.
—De eso no te preocupes —¿Cuál era su tercera frase comercial preferida? Samuel no tuvo ni que pensarla—. Puedes subvencionar el teléfono con tu compañía en cómodos plazos. Ahora no pagarías más que una señal de cien euros; el resto lo abonarás en tu factura de cada mes a razón de veinte euros mensuales. ¿A que así sí que lo puedes pagar?

Marcelo realizó varios cálculos rápidos y llegó a la conclusión de que, tal y como decía el vendedor, sí que podía pagarlo. Aunque la verdadera cuestión era la siguiente: ¿debía gastarse tanto dinero en un móvil a pesar de que fuera a plazos? Según había planeado su vida para el futuro próximo, los gastos por venir iban a ser considerables. Siempre y cuando la suerte le sonriera casi tanto como lo hacía su particular Estrella. De hecho, ambas sonrisas estaban ligadas.

—¿Y qué es lo que tiene? —Doblemente embrujado, por el recuerdo de su pareja y por la habilidad comercial de Samuel, Marcelo abrió el portón de su fortaleza dejando que entrase el afán consumista.
—De todo. Una pantalla de cinco pulgadas con menos marco que un lienzo a medio pintar, cuatro gigas de memoria RAM, un procesador de ocho núcleos a cuatro gigahercios, conexiones para dar y regalar… —Samuel se dejó la última carta para el final a sabiendas de que era su estocada ganadora—. Y una cámara de fotos que incluye una nueva función: la fotografía del futuro —viendo que su más que asegurado cliente se mostraba tan extrañado como curioso, pasó a explicarse—. El móvil puede fotografiar lo que pasará en el futuro. No es completamente fiable y hay veces en las que no conseguirá acceder a un tiempo posterior al momento que se fotografía, pero, siguiendo unas normas básicas, sabrás qué ocurrirá en el futuro mucho antes de que pase.
—¿Eso es posible? —Preguntó Marcelo sin creerse una palabra de lo que le decía. Aunque estaba deseando creerlo.
—Claro que sí. ¿Con qué quieres que lo pruebe? —Sin que Samuel tuviera que hacerle una foto para saberlo, recogió el teléfono de manos de su futuro dueño, se introdujo en la aplicación de fotografía, pulsó sobre la función marcada como “Fotografía del futuro” y sostuvo el móvil en el aire apuntando en varias direcciones—. ¿Se te ocurre algo? —Marcelo se encogió de hombros—. Me haré una foto a mí mismo, entonces.

Samuel volvió a tocar la pantalla del móvil, seleccionando esta vez el cambio de cámara posterior a cámara frontal, y se enfocó dejando su silueta en el centro de la pantalla. Marcelo se acercó hasta el vendedor observando la interfaz de captura y, tras asegurarse de que no salía en el selfie, dejó que la demostración siguiera su curso.

—Ahora pulso en el botón de disparar y… —Samuel apretó el icono de la cámara con dificultad haciendo uso del dedo pulgar y, una vez el teléfono reflejó la captura, lo cambió de mano para facilitar el uso con ambas extremidades y se introdujo en la app de galería. Allí estaba la imagen—. ¿Ves? Así seré yo exactamente en… —Samuel tuvo que forzar la vista para distinguir la fecha de fotografiado—. Quince años.

Marcelo no se lo podía creer. Era cierto que aquello carecía de lógica, pero los resultados estaban allí: la foto parecía demasiado real como para ser obra de un montaje. Y el móvil no había realizado proceso aparente, dando la impresión de haber viajado en el tiempo a la fecha futura para volver al presente sin que el lapso fuese perceptible a los ojos humanos. ¿Eso resultaba científicamente posible? Marcelo carecía de un conocimiento tan avanzado, pero las pruebas parecían estar allí. Aunque necesitaba más, sin lugar a dudas.

—Es imposible —acertó a pronunciar Marcelo—. No puede haber hecho una foto del futuro.
—Créetelo: este nuevo móvil incluye un sensor fotográfico que no sólo captura el espectro de luz presente, también es capaz de inmortalizar el residuo lumínico que deja tras de sí el paso del tiempo —Samuel recitaba casi de memoria el argumento de venta del fabricante entendiendo aún menos de lo que mostraba Marcelo con su gesto—. No puedo explicar mucho mejor la ciencia que se encuentra detrás de esta tecnología, pero sí que te puedo decir algunas posibilidades. Por ejemplo, permite hacer una foto de lo que le ocurrirá a un lugar en un futuro; también de lo que pasará con una persona; puede fotografiar objetos y cómo les afectará el paso del tiempo; y, algo que suele gustar mucho, la cámara del móvil también permite conocer la profesión a la que se dedicará un niño o adolescente.
—¡Impresionante! —Marcelo fue incapaz de decir cualquier otra palabra. Tras recoger de nuevo el teléfono, probó a hacerse también un selfie.
—Pero eso sí —Samuel aprovechó que su cliente estaba abstraído para detallar los inconvenientes de la tecnología—. No puede fotografiar el futuro de dos personas o más: cuando en los acontecimientos se mezclan varios individuos, la luz se vuelve demasiado difusa para el sensor. Tampoco resulta posible indicar la fecha a fotografiar: puede que haga una captura a un año vista como a varias décadas, siempre capturará el cambio más importante que sea capaz de registrar.
—Me lo quedo.
—Perfecto. Estoy convencido de que te va a encantar: no vas a encontrar un móvil mejor.

Después del pertinente papeleo que expandió la permanencia con su operadora asignando el pago mensual del teléfono móvil, Marcelo salió por la puerta de la tienda con una mezcla de sentimientos que, a grandes rasgos, podía definirse como “alegredudas”. De hecho, fue él mismo quien acuñó mentalmente el término mientras paseaba distraído toqueteando su nueva pertenencia, no sabiendo bien si había realizado una buena compra pero, aun así, feliz de tener un móvil nuevo. Al fin y al cabo, ya le tocaba, habiéndose roto el anterior tras precipitarse a cámara lenta desde una mesa hasta el suelo. Aquella caída aún permanecía en su memoria, por lo que una de las primeras tareas a realizar sería la de encontrar una buena funda protectora. No, recordó Marcelo: había otra cosa mucho más importante. Palpó el bolsillo izquierdo de su chaqueta, encontró la diminuta cajita ofreciendo resistencia a la fuerza de su mano y notó cómo los nervios crecían en su interior afianzando aún más su estado “alegredudoso”. ¿Sería un sí o sería un no? Prefirió aplazar las conjeturas hasta después de un par de horas, entreteniéndose mientras tanto con su más reciente adquisición.

El tiempo pasó demasiado rápido incluso a pesar de que deseaba que transcurriera, encontrándose rápidamente con las ocho de la noche y con un asiento en su restaurante preferido compartiendo mesa con alguien que aún no había llegado. “¿Por qué tardará tanto?”, pensó Marcelo intranquilo mientras miraba la silla que tenía enfrente y a la pantalla que tenía más cerca, alternativamente. “¿Se habrá arrepentido de venir?”. Sintiendo que la mezcla de alegría y duda iba aumentando en concentración de la segunda, decidió probar la cámara del teléfono. Abrió la aplicación de captura, alzó el móvil orientando la cámara a la silla vacía y disparó, acudiendo después al álbum del teléfono. Y las dudas se disiparon: allí aparecía Estrella, tan radiante como siempre, con un vestido más bonito que ella misma y tendiéndole la mano como si le estuviera mostrando algo. Nuevo ataque de dudas, alegría que disminuía todavía más en concentración y zoom sobre la pantalla para apreciar en detalle la joya que llevaba la chica en el dedo anular. Y sintió cómo se le partía el corazón en dos, dándole la impresión de que incluso había escuchado el sonido físico al resquebrajarse. Sacó la cajita del bolsillo de su chaqueta, la abrió para asegurarse y sí: la joya que Estrella llevaba en la fotografía no era la misma que Marcelo le había comprado para comprometerse, estando a años luz de la calidad que su economía le había permitido. Oro pulido con un tamaño generoso en el que aparecían engarzadas un conjunto de piedras en línea que aparentaban ser diamantes, línea rematada en el centro por una piedra aún mayor que, a juzgar por las proporciones, debía valer diez veces más que el coste al completo de su anillo… ¿Valía la pena pedirle matrimonio si estaba claro que el futuro le iba a brindar un deshonroso “no”? Marcelo no tuvo tiempo de pensarlo: a su espalda escuchó la voz del camarero hablando con su ya segura imposible prometida.

—¿Qué tenías ahí? —Preguntó Estrella tras sentarse y después de que hubo dejado su abrigo sobre el respaldo de la silla.
—Pues… —Marcelo balbuceó rebuscando excusas a la velocidad de la luz—. Un nuevo móvil que me he comprado.
—Es cierto, que se te rompió el que tenías. Con lo que me gustaba… —Estrella observó por encima el teléfono devolviéndoselo tras unos segundos a su desdichado dueño—. ¿Te acuerdas de la primera foto que nos hicimos juntos? La hiciste con ese teléfono.
—Pues ya no nos haremos más fotos juntos con él —“Ni con ninguno”, se fustigó Marcelo. Incapaz de encontrar más excusas con las que prolongar la agonía, decidió abandonar la cita justo cuando había comenzado—. Perdona, tengo que marcharme.
—¿Ahora? —El rostro de la chica aparentaba sincera frustración.
—Sí. Me ha llamado mi madre, se ve que mi abuela no se encuentra bien.
—Espera, te acompaño.
—No… No quiero que la veas tal y como está —Marcelo se levantó tratando de que la chica se quedara en el sitio—: me ha dicho mi madre que no se encuentra muy visible.
—¿Qué le ha ocurrido?
—No me lo ha dicho para no asustarme —¿Qué más podía inventar?—. Prefiero que no me acompañes.
—Al menos déjame ir contigo hasta su casa. ¿Qué quieres que haga aquí sola?

Marcelo no pudo negarse a los requerimientos de Estrella, así que se dejó acompañar en el transporte público hasta el edificio donde vivía su abuela. Triste, melancólico, sin saber qué decir… Actitud que encajaba con el duro golpe que se suponía había recibido; por lo que su pareja, al menos hasta aquel momento, se creyó la mentira hasta el fondo. Ni siquiera se extrañó cuando se despidieron con un beso y Marcelo fue incapaz de detener el llanto, marchándose compungida a su casa mientras él subía hasta el último piso entre sollozos entrando de tal guisa en el piso de su abuela.

—¿Qué te pasa? —Preguntó ésta extrañada y asustada, a partes iguales.
—Creo que Estrella va a romper conmigo…
—No lo creo, hijo —a pesar de que Marcelo era su nieto, la abuela siempre le trataba de aquella manera—. Estrella está muy enamorada de ti.
—Yo estoy seguro de que no…
—Va, entra, seguro que un chocolate caliente consigue animarte. Todos hemos tenido peleas, pero eso no significa que se rompan los lazos.

Ambos se sentaron en la mesa del comedor en torno a un chocolate caliente y unos bizcochos, consiguiendo que la conversación fluyera desde la tristeza hasta la esperanza. El móvil no mentía, eso seguro. Pero, como su misma abuela decía, por mucho que una semilla hubiera crecido antes, eso no significaba que ya no hubiese simiente por germinar.

—Quiero darte una cosa —dijo su abuela levantándose de la mesa para volver al cabo de un minuto. Tratando de hacer más grande la sorpresa, le alcanzó a su nieto el objeto envuelto en un pañuelo estampado de múltiples colores—. Seguro que tarde o temprano cambiará tu vida. Y no sólo la tuya…
—¿Qué es?
—Tú ábrelo.

Marcelo retiró con cuidado el pañuelo descubriendo una pequeña caja de madera. Protegida por una tapa que se retiraba deslizándose por las guías practicadas en los bordes superiores, algo brillante y dorado refulgió en el fondo cuando le incidió la luz amarillenta de las bombillas. ¿Era posible lo que estaban viendo sus ojos? Sostuvo la cajita con la mano izquierda, extrajo el contenido con los dedos pulgar e índice de la derecha y observó aquel anillo alzándolo justo enfrente de sus ojos. De oro, con generoso tamaño, embellecido por una línea de piedras preciosas rematada por una enorme central…

—Perteneció a mi madre, que me lo dio a mí —la abuela no contó las razones para que el anillo no hubiera seguido la línea generacional—. Tú regálaselo a Estrella: seguro que te dice que sí.

3 comentarios

  1. Marcelo regresó a su casa feliz como unas castañuelas. Había pasado en menos de media hora, de dar por perdida su relación con Estrella a saber a ciencia cierta que iba a ser su futura esposa. Se sentía renacer y estaba eufórico de la alegría. Lo único que le irritaba un poco era la testarudez de su abuela. Por más que había insistido no consiguió que le contara porqué ese anillo no se lo ofreció a su hija en el día de su matrimonio y se lo ofrecía ahora a él. Desde siempre la abuela había tenido una relación fría y distante con su única hija. La quería, eso estaba claro, pero nunca fue una madre cariñosa y comunicativa con ella. Todo lo contrario con su nieto Marcelo, por el cual se desvivía y con el cual tuvo siempre una relación tan estrecha.

    Marcelo recordaba tantas charlas con su madre por este motivo…. Siempre acababan con el llanto de ella que no entendía que es lo que había hecho mal en la vida y, fuera lo que fuera, por qué no la perdonaba. En fin, pequeños conflictos familiares que suceden en todas las casas de puertas para adentro y es mejor no mentar siquiera.

    Volvió a mirar el deslumbrante anillo de oro y diamantes, y luego buscó el móvil que acaba de adquirir. Entró en la Galería, Album del Futuro, y allí estaba la última foto que había realizado a la silla vacía del restaurante: salía Estrella mostrándole feliz el mismo anillo que le había entregado su abuela. No cabía duda alguna: era el mismo. Un anillo inconfundible hasta para un profano en joyería como él. Y recordó la seguridad de la abuela en que Estrella aceptaría ser su mujer.

    – ¿Cómo estás tan segura? Si yo mismo no estoy seguro del todo ….

    – Hazme caso, Marcelo….. y ten fe. Las abuelas sabemos más cosas de las que os creeis todos….. Y sonrió de forma enigmática dando por zanjada la cuestión. De ahí no conseguí sacarla, y por más que lo intenté ella se limitaba a reirse y a negar con la cabeza.

    Siguió mirando alternativamente el anillo y la foto del móvil, henchido de felicidad. La foto del futuro era de una calidad excepcional, y Estrella aparecía en ella radiante, en la boca un ohhhhhh de admiración y los ojos abiertos como platos contemplando como hipnotizada el anillo. Por cierto, había como una manchita en los ojos, pero bueno…. había que fijarse mucho para darse cuenta. Nada importante.

    Antes de acostarse recordó que Samuel, el vendedor, se había hecho una selfie al convencerle para comprar el móvil. Buscó de nuevo en el Album del Futuro y efectivamente ahí estaba Samuel 15 años más tarde, según marcaba la fecha sobreimpresa. Estaba un poco más calvo y con más mofletes pero indudablemete era él. Lo que sí había cambiado, y mucho, era la tienda que se veía a sus espaldas. El viejo almacén que hacía de tienda de móviles estaba completamente reacondicionado de arriba abajo. Ni rastro de productos tecnológicos, y en su lugar se veían estanterías llenas de joyas, collares relucientes, valiosos productos de antiquario, monedas antiguas y piedras preciosas.

    – Vaya, vaya, vaya …. Parece que yo no soy el único al que le van a ir bien las cosas en el futuro. Pasaré mañana para decírselo. Seguro que le agradará saberlo.
    Y con ese pensamiento, el de ser portador de buenas noticias, se quedó profundamente dormido.

    Al día siguiente por la tarde, después del trabajo, se acercó a la tienda de móviles, dónde había adquirido el mejor móvil del mundo, y encontró al vendedor en la tienda vacía, ensimismado leyendo una revista.

    – Samuel, qué callado lo tenías, esa afición por las joyas y las antigüedades.

    – Ehhhh…. ¿cómo sabes eso?

    – Ventajas de tener el mejor móvil del mundo, supongo – se rió Marcelo y le enseñó la selfie que se había hecho el propio Samuel el día anterior.

    – Pues es cierto. Desde que vi la primera entrega de Indiana Jones en el cine me entró una gran afición por descubrir piezas de anticuario y tesoros ocultos. Llevo ya muchos años estudiando todos los libros sagrados y viejas leyendas de todo el mundo para encontrar objetos de valor. Incluso he llegado a realizar viajes durante mis vacaciones para continuar aprendiendo y seguirle la pista a objetos valiosos, por disparatados que parezcan.

    – No me digas que eres un chalado de esos que va buscando todavía el Santo Grial, jajaja ….

    – En realidad estuve un tiempo siguiendo una pista sobre ello…. Pero al final se esfumaron los indicios y no supe continuar – contestó muy serio. – Pero hay muchos objetos valiosos. Muchos más de los que la gente se piensa. Por ejemplo en esta revista de Arqueología que estaba leyendo hablan de un anillo mágico con un poder increible. Se dice que en los primeros años del siglo XVIII, vivía en Barcelona un jóven y rico comerciante. A pesar de la buena posición económica de su familia, una viruela feroz en su infancia lo había tenido al borde de la muerte y le había desfigurado la cara horriblemente. Este hecho marcó su vida para siempre, se sintió rechazado y se volvió taciturno y solitario. Su padre le dió un ultimatum: A pesar de ser el primogénito, si en el plazo de un año no conseguía casarse con una jovencita de la más alta sociedad perdería sus derechos en favor de su hermano. El jóven usó todos sus recursos para encontrar un remedio a su situación. Descartada la opción médica, dados los escasos conocimientos quirúrgicos de la época, se adentró de una forma febril en los secretos oscuros de la magia negra y los ritos satánicos. Finalmente en un valle perdido del Pirineo catalán encontró a una vieja bruja que le juró que tenía una solución para su problema. La solución consistía en comprar a cambio de la tercera parte de su futura herencia, un precioso anillo de oro y diamantes conjurado por el Diablo, de tal forma que la mujer a la que se le ofrecía, como petición de matrimonio, quedaba hechizada y con la voluntad anulada de por vida, para negarse a tal petición, sea quien fuere el que hiciere la propuesta.

    – ¡Rayos y truenos! – exclamó Marcelo – Di que no creo en semejantes supercherías…. Pero un anillo así sería de un valor incaculable…. en las manos adecuadas. ¿Y se sabe algo de si el encantamiento funcionó?

    – La historia hasta aquí podría parecer casi romántica, pero entonces las cosas empezaron a torcerse. La bruja exigió el pago del anillo en su morada antes de un mes desde la fecha de la boda. Si por cualquier motivo se incumplía ese requisito, el anillo quedaba maldito. Y no es que perdiera sus poderes hipnóticos, pero el primogénito de cada generación moriría de forma violenta sin dejar descendencia. Además la generación decimotercera estaría especialmente maldita y no podría beneficiarse de los efectos del anillo, teniendo que saltar a la descendencia de ella para continuar la tradición. El jóven aceptó las condiciones y en el verano de 1714 se casó en Barcelona con la más codiciada heredera de aquel entonces, ante la incredulidad de toda la ciudad. Lamentablemente cuando quiso pagar la deuda contraida con la bruja se inició el sitio de Barcelona de la Guerra de Secesión, lo que imposibilitó por completo el largo viaje al valle pirenaico. El joven y rico burgués murió intentando saltar el asedio a la ciudad, y mientras agonizaba sintió, horrorizado, el peso de una maldición que comenzaba a cobrar vida y a exigir su tributo de sangre.

    – Menos mal que no hago caso de estas historias de viejas. Pero por otra parte …. una generación se suele considerar que son 25 años. Así que, en teoría, las 12 primeras generaciones han transcurrido en los 300 años siguientes a la boda del protagonista inicial. Eso nos llevaría a que la generación número 13, doblemente maldita, viviría apromixadamente en …… ¡¡2014!!

    – Es cierto, no se me había ocurrido. Vaya diabólica coincidencia, jajajaja…

    – Y a propósito de novias, gracias a los poderes mágicos de mi nuevo super-móvil te voy a enseñar a mi futura esposa. – Marcelo buscó la foto de su novia embelesada mirando el anillo y se la enseño a Samuel.
    Este observó sonriente la cara de la novia pero cuando fijó su mirada en el anillo palideció. Empezó a pellizcar la pantalla para hacer zoom y poder verlo con más detalle.

    – Me he fijado que la fecha en que debo hacerle la petición oficial de mano es dentro de una semana. Es la fecha que marca la foto.- Siguió hablando Marcelo sin percatarse del cambio en la expresión del vendedor. – Por cierto que he visto también una pequeña mancha en los ojos, como si fuera el efecto ese de “ojos rojos” al sacar la foto del futuro…. Me gustaría que me ayudaras a corregir eso porque tengo pensado sacar un poster de esta foto y …..

    – ¿Llevas el anillo encima? – le interrumpió Samuel.

    – Sí, claro. – Y del bolsillo de la chaqueta se sacó la cajita que le había entregado su abuela justo la noche anterior. La abrió y mostró la apreciada alhaja del interior. Samuel abrió los ojos como platos e intentó poner cara de poker. Se sintió invadido por una extraña y maligna sensación. Una vocecita dentro de su cerebro le decía lo que debía hacer. La vocecita era sobrenaturalmente dulce…… pero las cosas que insinuaba eran sobrenaturalmente horribles.

    – Espera un momento, que vamos a corregir el efecto “ojos rojos” de la foto. – Samuel se dirigió a su mesa detrás del mostador y abrió el último cajón. Mientras alcanzaba el revólver de protección que siempre llevaba consigo, la vocecita se hacía más nitida y más potente dentro de su cerebro.
    Mientras tanto Marcelo recordó que el día anterior, él también se había hecho una selfie en el mismo sitio que estaba ahora. Eso probaba que lo de la “Fotografía del Futuro” no era un truco de marketing, sino algo que funcionaba de verdad. ¡Él mismo era la prueba viviente de ello! Fue hacia atrás, a la Galería de su móvil, para verla. Al seleccionarla lo primero en que se fijó fue en la fecha sobreimpresa. Era la fecha de hoy. Perfecto, pensó Marcelo, todo concuerda. Pero al verse a sí mismo tirado en el suelo de la tienda, con gesto de asombro infinito mientras tenía los ojos clavados en la pantalla del móvil, empezó a no entender nada. Y menos todavía cuando observó horrorizado que tenía un balazo en el vientre por donde se le escapaba la vida a borbotones.

    – ¡No es posible. Aquí hay un error!. La semana que viene le estaré proponiendo matrimonio a mi novia con el anilo de la abuela….. – Y volvió frenéticamente al Album del futuro para ver la foto de su prometida. Allí estaba, no había duda. Y la fecha era correcta, justo dentro de una semana en el restaurante de siempre. En una semana ella no podía enamorarse de otro hombre, eso estaba claro. Entonces, ¿qué es lo qué fallaba?

    – Maldita sombra roja…. ¿qué es lo qué reflejan esos ojos? – Empezó a pellizcar la pantalla para hacer zoom sobre los ojos de Estrella. La calidad excepcional de la cámara y los generosos megapíxeles permitían acercarse más y más y más … Marcelo no llegó a oir el disparo. Se derrumbó en el suelo herido de muerte. La última imagen que procesó su cerebro incrédulo era la de Samuel, con la mejor de sus sonrisas, proponiendole matrimonio a su novia.

    • Me encanta el giro argumental que le has dado a la historia: el toque negro mezclando el trasfondo histórico catalán le sienta muy bien. No soy muy amigo de este tipo de género (matar a mis personajes me da mucha tristeza), pero podría ser una continuación más que plausible. Algún día tengo que continuarlas yo también en lugar de dejarlas ancladas al texto original…

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