Relato – La alarma

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Hacía unas cuantas semanas que no venía por aquí a traer un relato, así que ya era hora de enmendar este problema. ¿Qué os parece la idea? Con una tarde de domingo que transcurre más lenta y tediosa que una mañana de limpieza general, ahora es un buen momento para entretenerse leyendo una historia. Y la de hoy es sencilla y fácil de leer, estando pensada para que todos os identifiquéis con la trama y con el personaje. Al fin y al cabo, ¿quién no ha puesto alguna vez la alarma de su móvil? ¿Y cuántos habéis temido que no sonara o que lo hiciera a una hora distinta?

Con una gran cantidad de aplicaciones para elegir además de la que viene de serie, el despertador es una de esas apps básicas en cualquier teléfono. Y también es más fiable que muchos despertadores clásicos, sabiendo que siempre nos va a despertar a la hora. Esperad… ¿Seguro que sonará cuando toca?

La alarma

Relato - La alarma

Marcos inició los preparativos para el día siguiente antes de meterse en la cama. Colocó los pantalones, la camisa y su ropa interior en la silla contigua que habitualmente usaba como galán de noche, tratando de que se mantuviera alejada al máximo de las arrugas. Repasó mentalmente su currículum, carta de presentación y la nota que había recibido con la hora y fecha de la cita, concluyendo que tenía todo listo para presentarse con garantías. Bueno, todo no: Marcos recogió su móvil de la mesita de noche y pensó en la mejor hora para programar la alarma con la que se levantaría para acudir a la entrevista de trabajo.

Tenía una alarma ya marcada para obligarse a no dormir en exceso, que sonaba diariamente a las ocho de la mañana; aunque quizá fuese un poco justa, por lo que la adelantó treinta minutos. Después, recordó el reciente cambio de hora que había sucedido justo la noche anterior, creándose tal avalancha de pensamientos en la cabeza que no pudo evitar plantearse el peor de los escenarios. “¿Y si no suena?”, pensó Marcos sopesando esa posibilidad mientras miraba fijamente la numeración en pantalla. “No, seguro que suena. Jamás me ha fallado”. Con ese pensamiento tranquilizador, Marcos devolvió el teléfono a la mesita de noche y se dispuso a dormir tan a pierna suelta como le dejasen los nervios; desatados tras varios meses sin haber recibido ni una sola oferta de empleo.

“¿Seguro que he puesto bien la alarma?”, pensó Marcos sobresaltado tras unos minutos de haber apagado la luz. La encendió de nuevo, recuperó el móvil y comprobó que el icono de la campana aparecía en la parte superior de la pantalla. “¿Puse bien la hora?”. Marcos desbloqueó su teléfono y éste le saludó representando en primer plano la aplicación de alarma. “Sí, las siete y media”. Repitió el proceso de acostarse y trató en vano de conciliar el sueño: si necesitaba ir descansado al día siguiente, todo indicaba que no lo iba a conseguir.

Media vuelta a la derecha, giro de ciento ochenta grados, boca arriba, boca abajo… Ninguna de las posturas le regalaba la relajación suficiente como para agarrar al sueño por los cuernos y dejarse llevar por él al terreno del descanso. Marcos respiró hondo y se dijo a sí mismo que nada iba a fallar. La alarma sonaría a su hora, llegaría con tiempo a la entrevista de trabajo, se enfrentaría a ella con determinación y acabaría consiguiendo el empleo. Repitió mentalmente todos esos pasos un sinfín de veces igual que si estuviera contando ovejas, logrando atrapar al sueño hora y media más tarde para salir de él sobresaltado cuando la alarma le escupió a la consciencia sin que hubiera transcurrido lo necesario para descansar.

Marcos se irguió sobre la cama y se frotó los ojos. Tal y como se temía, el cuerpo se quejó por el poco descanso; aunque tampoco iba a ser una excusa para acobardarse ante la entrevista. Se levantó, se vistió con cuidado, arrastró los pies hasta el comedor llevando en la mano su móvil, se preparó un desayuno ligero y se sentó pesadamente a la mesa, depositando su inseparable teléfono junto al conjunto de papeles que había dejado preparado la noche anterior. “En menos de una hora sabré si tengo alguna oportunidad”, pensó Marcos dándole un sorbo al café. “Acudiré a esa oficina y conseguiré el trabajo”.

Marcos se terminó su café sintiendo cómo descendía hasta el estómago despertando una tímida ilusión que acabó desencadenando una oleada de emociones que le sacudieron hasta despertar sus lágrimas. “Sí, voy a conseguir el trabajo”. Recogió la nota donde tenía apuntadas la fecha y la hora de la cita y realizó las últimas comprobaciones. Entonces se quedó blanco, evaporándose al instante todo rastro de euforia. Poco importaba cómo había leído la hora y por qué la había asimilado estando equivocada, pero así era: la cita marcaba las ocho de la mañana. “¡Pero si leí a las nueve!”.

Trató de pensar con rapidez. Aunque era evidente que llegaría mucho más tarde, podría ir en taxi a la entrevista de trabajo, ahorrándose el engorro del transporte público. De hecho, si salía justo en ese instante, puede que consiguiera llegar con menos de media hora de retraso. “A correr, tengo que estar allí lo antes posible”. Recogió el currículum, la carta de presentación y la nota de la cita, introduciéndolo todo en una carpeta transparente. Agarró el móvil y, justo antes de meterlo en el bolsillo del pantalón, Marcos quiso comprobar el tiempo del que disponía. Entonces sufrió un segundo shock, contrario al primero.

¿Podría ser posible? Parpadeó varias veces, fijando después la mirada en la pantalla de bloqueo. Allí, resaltando en blanco sobre el colorido fondo por defecto, la hora le sonreía como si le hubiese gastado una broma: eran las seis y cincuenta. Marcos parpadeó varias veces para alejar al fantasma de la alucinación, y sí: ni el reloj ni los ojos le mentían. Se sentó de nuevo, se relajó y, por segunda vez en menos de cinco minutos, dejó que la oleada de emociones despertase sus lágrimas.

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