¿Dispuestos a leer algo de ficción? Pues este domingo le vamos a dedicar el relato a una de las aplicaciones de geolocalización más extendidas entre los smartphones Android y cualquier otro sistema compatible: Foursquare. ¿Sois aficionados a dejar vuestra posición y compartirla con vuestros contactos? Sí, el atractivo de luchar por las medallas y las alcaldías es tentador, siendo un juego realmente divertido cuando alguien se pica con nosotros robándonos los “Mayors”. Pero también Foursquare tiene su lado oscuro, como más de una vez habréis pensado al hacer según qué check-in: ¿conviene decirle a todo el mundo dónde estamos? Pues, como podréis comprobar a continuación, hay ocasiones en las que resultaría mejor no hacerlo…

Relatos de ficción móvil: Los peligros de Foursquare

Los peligros de Foursquare

Hay días normales para una pareja y otros que no lo son tanto, por más que alguno de los miembros se empeñe en aparentar cierta indiferencia. Y uno de esos días es, sin ninguna duda, San Valentín, una suerte de fecha señalada por cupido y los grandes almacenes donde no hay pareja con derecho a sentirse desdichada, teniendo la obligación de alegrarse por todos los años, meses y días vividos juntos. Y Juan y Marta acumulaban ya bastante tiempo, resultando de aquel lapso la friolera de quince años, siendo aquel San Valentín el que se aupaba al escalón número dieciséis. Aunque sólo ella había efectuado dicho cálculo, reviviendo sus recuerdos de pareja en torno a aquel cúmulo de años sabiendo que por la tarde, y tras acabar ambas jornadas laborales, Juan, su marido, le tenía reservada una sorpresa francamente especial.
—Hola, Juan —dijo ella sonriendo abiertamente desde el sillón mientras observaba el ritual que su pareja acostumbraba a realizar nada más llegar a casa. Este le lanzó una mirada cansada que se descompuso tras chocar con la expresión alegre de su mujer—. ¿Qué tal ha ido el trabajo?
—Bien, como siempre —Juan dejó su porta documentos sobre la mesa del comedor y se acercó hasta Marta, plantándole un tímido beso en los labios. Ella retuvo el beso, haciéndolo más grande a pesar de encontrar resistencia—. Veo que a ti te ha ido mejor que a mí…
—La horas pasan más rápidas cuando sabes que te espera una sorpresa.
Marta lanzó una mirada cómplice a su marido y este le devolvió una sonrisa algo forzada. Sabía de sobra lo que estaba esperando su mujer, aunque imaginaba que jamás estaría a la altura de las expectativas. Pero ya era tarde para remediarlo así que, volviendo sobre sus pasos para acercarse hasta la mesa, abrió el porta documentos extrayendo de él un paquete rectangular y pequeño cuidadosamente envuelto, rematado con un lazo rosa y una inscripción adhesiva justo al lado que rezaba “¡Felicidades!” escrito en letras doradas. Se lo alcanzó a su mujer y ella, sin levantarse del sofá, enarboló una expresión de sorpresa ensayada previamente ante el espejo.
—¿¡Qué es esto!? —exclamó mostrando el paquete entre las dos manos—. No lo esperaba…
—Mujer, es San Valentín.
—Pero es que no me imaginaba que fueras a regalarme una joya…
—¿Joya?
La expresión de Juan fue de absoluta incredulidad, quedando tan blanco que acabó asustando a su propia mujer.
—Lo siento, no quería aguarte la sorpresa —se disculpó ella sinceramente—. Ayer miré tu Foursquare y vi que te habías hecho Mayor de una joyería —Juan trataba de recuperar la compostura, algo casi imposible conforme Marta estiraba más y más del hilo—. Justo antes de San Valentín.
—Bueno —Juan pensaba con rapidez—… ya sabes cómo es esto de Foursquare. Siempre acabas haciendo algo de trampa marcando como visitados otros lugares que tienes cerca.
—¿Una joyería? ¿Tú? —Marta rió sonoramente— Ni siquiera para ganar una medalla harías check-in en una joyería. Y si eres el Mayor… es que has estado allí varias veces.
Juan se quedaba sin argumentos válidos, pero tuvo la oportunidad de pensar uno nuevo a la carrera mientras Marta abría cuidadosamente su regalo. Ella extrajo uno a uno cada pedazo de celo que mantenía atado al papel, retiró este con la paciencia que atesora el que desea magnificar la sorpresa y se quedó con un palmo de narices tras descubrir lo que estaba debajo. Allí no había ni rastro de joyas ni de la clásica cajita en la que siempre se acomodan esos preciados objetos, ocupando su lugar una, según los propios pensamientos de Marta, “mierda de funda de móvil” con el personaje Hello Kitty estampado en rosa sobre la parte posterior. La mujer miró a su marido buscando explicaciones para aquella broma de mal gusto, y este se las inventó tratando de estar a la altura.
—¿No te gusta? —rió Juan disimulando—.
—¿Estás de broma, ¿verdad?
—Buscabas una funda para tu móvil, y yo te he comprado una bien bonita.
—Juan, por tu bien, espero que tengas una explicación.
—Vale, está bien —Juan templó los nervios—. Tu regalo no es una funda para móvil de Hello Kitty.
—¿Es una joya?
—Tampoco…
—Entonces, ¿qué hay de lo de Foursquare?
—Sabía que mirabas mis pasos —mintió—, y quise que pensaras que te iba a regalar una joya. Pero, en su lugar…
Juan alargó la pausa calculando bien el movimiento mientras Marta aguardaba expectante sobre el sillón, manteniéndose erguida como quien espera sin respirar a que concluya el truco de un mago. Y aquella vez el truco salió, dejando sin palabras a la espectadora tras aparecer todo un elefante de un sombrero que, aparentemente, sólo atesoraba vacío.
—He reservado un viaje para los dos a Nueva York.
—¿¡Nueva york!?
—Sí, tal y como llevas años deseando. Con hotel en el mismo Manhattan.
Marta saltó a los brazos de su marido como si se hubiera soltado un muelle del sillón justo bajo su trasero, dándole tal beso que estuvo a punto de dejarle sin respiración. Y él casi que lo hubiera preferido así, asfixiándose para, a su vez, ahorrarse el trabajo de pensar en hoteles en Manhattan, si habría habitaciones libres y, sobre todo, en cuánto costaría toda aquella mentira. Dinero que apenas le sobraba después de haber comprado el paquete diminuto que aguardaba escondido en su porta documentos, una joya que había destapado su absoluta mediocridad en el arte de esconder infidelidades y que, como cualquier regalo pensado por un marido impresentable, tenía como destino las manos de otra mujer.

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