Relato: Necesito enviar un WhatsApp

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¿Qué mejor momento hay para leer un relato que hacerlo un domingo por la tarde mientras se está aún disfrutando de las vacaciones? No penséis en que ya hemos pasado del ecuador de agosto y disfrutad de lo que aún queda de este mes tan clásico vacacional. Y si hay que disfrutar… ¿Qué tal haciéndolo leyendo? Al menos eso es a lo que aspiramos con esta sección: que os entretengáis con nuestros relatos sobre móviles, habiéndose escrito cada uno manteniendo bien presente la temática geek que tanto nos interesa. Y si hablamos de temas recurrentes… ¿A quién no se le ha agotado la batería del teléfono justo cuando más falta le hacía? No tenéis que levantar la mano: sabemos que nos ha pasado a todos. ¿Y qué hubieseis dado por enviar un WhatsApp a aquellos que os esperaban? Bien, veamos qué ocurre con nuestra protagonista del relato.

Necesito enviar un WhatsApp

Relato: Necesito enviar un WhatsApp

Nadie duda de que la ley de Murphy forma parte de una conspiración universal que tiene como misión arruinar las vidas de quienes lo dejan todo en manos de la suerte; y Teresa, Terelu para los amigos, estaba sufriendo en carne propia los tejemanejes de esa turbia interpretación del destino. Allí estaba ella, tras una carrera por llegar a una cita importante, con el tiempo más justo que quien se prueba el traje de la primera comunión en plena pubertad, luchando contra la ansiedad que le oprimía el pecho… y viendo cómo el tren se esfumaba tan campante segundos después de poner los pies en el andén. Sí, la ley de Murphy era injusta. Y burlona: aquel tren parecía reírse de ella mientras se alejaba, atesorando en los vagones furtivos la única oportunidad de llegar con garantías a su futuro. ¿Y si el tren huidizo ejemplificaba la metáfora de su tan importante cita? Soluciones, necesitaba soluciones. Urgentes.
“Piensa, Terelu, piensa”. A pesar de que ella odiaba aquel apodo, que tanto le hacía recordar a la famosilla adicta a la actualidad rosa, se había rendido a la presión de sus amigos por llamarla así. “Algo hay que hacer”. Teresa valoró mentalmente las posibilidades. “¿Qué tal ir en autobús?”. Imposible: ni conocía las líneas más cercanas a la estación ni existía la más remota posibilidad de que los sucesivos transbordos consiguieran llevarla al sitio sin perder la mañana en el intento. “¿Y si llamo a alguien para que me lleve en coche?”. Su falta de resuello le impedía pensar con claridad, pero mantenía la suficiente frescura como para discernir que no era una idea factible un martes a las diez y media de la mañana. “Podría llamar a un taxi”. Descolgó el bolso del brazo izquierdo sin demasiados miramientos para extraer de su interior la cartera. Y, de ser posible, también hubiese extraído telarañas desde dentro de la propia cartera.
—¡Mierda!
La exclamación resonó en las paredes de la estación como lo haría un grito en un acantilado, sobresaltando a los pocos viajeros que se habían dejado caer por allí a esas horas de la mañana. El chico que estaba sentado cerca de Teresa apenas levantó una ceja ante el estallido de la chica, absorto como estaba en la contemplación de su comportamiento mientras analizaba minuciosamente la personalidad, actitud y, sobre todo, los motivos por los que Teresa se encontraba en un estado tal de excitación. Y ella, ajena al resto del mundo al tiempo que se autocompadecía por su mala suerte, descubría uno tras otro los sucios trucos que se guardaba bajo la manga del destino el dichoso Murphy. “No tengo un euro en la cartera y la cuenta está en números rojos. Para colmo, tampoco puedo usar la tarjeta. ¿Me podría pasar algo mas?”. La respuesta llegó al sacar el teléfono móvil del bolso, saludándola inerte con una pantalla más negra que su futuro.
—Mierda. —de nuevo la palabra, aunque esta vez sin rabia ni exclamación. Era una simple expresión consternada, como quien se pone una manzana en la cabeza a sabiendas de que el Guillermo Tell de turno apenas ve bien de lejos— ¿Qué voy a hacer?
Teresa no era consciente de hablar en voz alta. Como siempre que las circunstancias la acorralaban, la tensión conseguía escaparse por el lugar menos pensado, logrando que actuase de manera diferente a las convenciones actuales. Incluso estando en público. Sencillamente, se dejaba llevar sin advertir el ridículo. Aunque, por suerte para ella, ni había demasiada gente en el andén ni estaban por la labor de atenderla, manteniéndose absortos en sus propios problemas.
—¿Te ocurre algo? —Le preguntó el chico que estaba sentado a escasos metros de Teresa. Tras esta interacción, la chica tomó constancia del entorno enfocando el punto de vista más allá de su intrincado ombligo, pasando a sonrojarse por el obvio bochorno que había protagonizado— ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí… —Respondió Teresa avergonzada al tiempo que guardaba precipitadamente dentro del bolso su cartera y su teléfono móvil— Estoy bien…
—No se te ve muy bien. —insistió el chico— ¿De verdad que no te ocurre nada?
—Nada, nada. Sólo es que… —No era su costumbre confiarle la vida privada a los extraños, pero en aquel momento necesitaba urgentemente desahogarse— He perdido el tren y era mi única oportunidad de llegar a tiempo. Para colmo… —Extrajo de nuevo el teléfono y, ante la atenta mirada de su interlocutor, trató nuevamente de encenderlo. Sin resultado— Se me ha acabado la batería y no puedo ni enviar un WhatsApp.
—Bueno, estás de suerte. —Teresa se rió por dentro ante tamaña ironía a sabiendas de que su interlocutor lo decía en serio— Yo tengo batería de sobra. Y he instalado WhatsApp.
—Y quién no. —ironizó Teresa siguiendo el hilo de sus pensamientos. Tras soltar la frase, se sorprendió ante el ofrecimiento del chico— Gracias, pero no hace falta.
—No te preocupes, usa mi teléfono. —balanceó el móvil tendiéndoselo a la chica mientras ésta seguía negándose con gestos— En serio. Ni que fueras a llamar a tu novio en el extranjero. Porque no es el caso, ¿no?
—Ni lo uno ni lo otro. —negó Teresa sintiéndose extrañamente henchida— ¿De verdad que lo puedo usar?
—Claro. Llama a quien quieras.
—Gracias, pero me basta con unos WhatsApps.
—Lo que tú quieras.
Teresa recogió el móvil de manos de su dueño y se las ingenió para extraer una diminuta agenda de su bolso, abrir la última página de dicha agenda, sostener el bolso mientras realizaba todo el proceso y, rematando el truco de malabarista, logró aguantar el móvil en la mano dominante para después teclear el número escrito en la página. Añadió el número a la agenda de contactos del chico tratando de curiosear lo menos posible entre los datos, acudió después a la aplicación de WhatsApp, rebuscó hasta localizar el nuevo contacto e inició una conversación, todo orquestado y ejecutado por una torpeza aparente que se veía rematada por una inusitada habilidad. O por la suerte; la misma que tuvo el dueño del móvil al no ver su teléfono estrellado contra el suelo. Aunque, lejos de preocuparse por su preciado gadget, el chico ultimaba un rápido plan con el que entablar conversación con Teresa, valorando todos los posibles caminos para conseguirlo mientras su mente luchaba con la admiración repentina que le había provocado aquella chica. ¿Sería su carácter, aquella mezcla de inocencia y belleza aderezada con grandes dosis de desparpajo…? No lo sabía. Pero tenía que actuar rápido si quería conseguir, al menos, la posibilidad de un nuevo encuentro.
—¿Cómo te llamas? —Preguntó añadiendo a su tono toda el desinterés que encontró— Mi nombre es Miguel.
—Yo soy Teresa. —La chica alzó la vista de la pantalla y se encontró con unos ojos que la miraban absortos. Incapaz de aguantarlos, y sin sentirse incómoda, devolvió la vista a sus mensajes al tiempo que notaba el calorcito del rubor ascendiendo por las mejillas—. Casi he terminado. —Añadió sin saber muy bien qué decir—.
—Tómate el tiempo que quieras.
Miguel pensaba rápido, aunque no lo suficiente. Tras decidir el siguiente paso, y después de tener claro que debía apartar la conversación fuera de los acontecimientos que pesaban sobre Teresa, ignoraba si tendría suficiente tiempo como para quedar con ella de manera formal. ¿Resultaba posible quedarse prendado de manera tan repentina? Miguel no creía en los flechazos; y estaba seguro de que aquello no podía serlo. Pero algo extraño ocurría si el solo hecho de perder la oportunidad ya le provocaba más ansiedad que conversar con Teresa.
—Ya he terminado. —Dijo Terelu alcanzando el móvil de vuelta a su dueño. Por la sonrisa que adornaba su rostro, Miguel tuvo claro que la suerte también sonreía a la chica. ¿Le ocurriría lo mismo a él?— Me han dicho que me van a esperar. ¡El trabajo me sigue esperando!
—¡Qué suerte! —Miguel se dejó llevar por el entusiasmo decidiéndose a actuar— ¿Quieres ir a tomar un café para celebr…?
Fue incapaz de concluir la frase. Precedido por un hondo silbido, la máquina del tren hizo aparición por el extremo opuesto de la estación, trayendo tras de sí a una hilera de vagones con dos pisos de altura que se deslizaban por los raíles anticipando el desastre. Terelu, espoleada de nuevo por los nervios, dio un respingo en el sitio tomando conciencia del cambio de suerte, ignorando que esa suerte había cambiado hacía ya rato. Yendo en contra del destino, devolvió aprisa todos los objetos a su hueco en el interior del bolso y, como una Mary Poppins sin música de fondo, se echó el complemento al hombro esperando a que el viento del este le llevara hacia su futuro, tren mediante. Y lo hizo; aunque el viento no soplase a su favor. Segundos más tarde, se encontraba en lo alto del vagón diciéndole adiós a un Miguel que ni siquiera sabía cómo despedirse; después de que tampoco hubieran llegado a presentarse. Cortando las miradas como un cuchillo corta un pedazo de mantequilla, las dos hojas de la puerta se juntaron para cerrar la salida fuera del tren, cerrando también el breve encuentro y dando así al traste con cualquier oportunidad de conocerse.
Miguel se quedó desconsolado en el andén observando cómo Teresa se esfumaba con la misma rapidez que había llegado a su vida, habiendo sido igual de escaso el tiempo que permaneció en ella. ¿Cómo podía sentirse tan desdichado por apenas diez minutos? Ni quería saberlo ni tenía ganas de preguntárselo, habiéndose repantingando completamente en el asiento de metal a la espera de que llegase su propio tren. ¿Qué estaría pensando ella? Es lo mismo que se preguntaba la chica, aunque en sentido contrario. Así como también se cuestionaba ese extraño sentimiento de desazón que le había nacido justo en el centro del pecho. Cerraba los ojos, se dejaba mecer por el traqueteo de los vagones rebotando suavemente en las imperfecciones de los raíles y se abandonaba al recuerdo que le había dejado la mirada de Miguel. ¿Por qué se grababa tan hondo un acontecimiento tan escueto? ¿Sería cosa de Murphy? Imposible saberlo. E inútil darle más importancia: tocaba enfrentarse a la entrevista de trabajo con la máxima atención puesta en ella: su futuro estaba en juego. Pero… ¿Qué futuro?
Terelu salió feliz de la entrevista. Ignoraba si acabarían dándole el trabajo, pero, al menos, la impresión había sido buena. Y así se lo habían hecho saber: era la candidata con mayores posibilidades, sonando sincera tal afirmación. Aunque, ahora que investigaba más adentro de su emoción, después de que subiera al tren que le llevaría de vuelta a su casa… la dicha se difuminaba con la misma rapidez que la niebla mañanera en un caluroso día de agosto. ¿Realmente estaba alegre? No tuvo más que bajar al andén para comprobarlo: allí estaba el escenario que tan sólo dos horas antes había acogido su escena. Y, con la perspectiva que le daban ese par de horas de distancia, tuvo claro que la escena había pertenecido a una obra memorable. Que, tristemente, había quedado atrás sin ninguna posibilidad de continuación.
Terelu lanzó su bolso contra el sofá, hizo lo mismo con su blusa tras retirársela con dificultad del torso y, después de quitarse los zapatos y proceder a despellejarse de sus mallas negras, se lanzó a ella misma contra el sofá al tiempo que emitía un sonoro suspiro. Resopló de nuevo, se alborotó el pelo concluyendo con la liberación de tensiones y recapituló todos los acontecimientos de lo que llevaba de día. Ante la perspectiva de caer en la melancolía, decidió apartar de la mente a Miguel y dedicarse a las tareas que aún tenía pendientes. Como por ejemplo… recargar el móvil. Lo sacó del bolso, estiró del cable que tenía adosado permanentemente al enchufe más próximo al sillón y pasó a conectar el teléfono, arrancándolo en cuanto tuvo algo de batería. Nada más arrancar empezó a recibir notificaciones. Varios correos, el aviso de la agenda con la entrevista de trabajo, varios mensajes de WhatsApp deseándole buena suerte… Terelu pasó una a una cada notificación sin prestar excesiva atención a ninguna, hasta que llegó a un chat que le cortó la respiración. ¿Podía ser posible? Tenía que serlo: sólo su nuevo amigo conocía la breve historia, por lo que aquel número desconocido debía corresponder a Miguel.
“Hola!”
“Este número no lo tienes, por lo que vas a pensar que no me conoces”
“Aunque tampoco es que me conozcas mucho: soy Miguel, el que te ha dejado el móvil en la estación para enviar un WhatsApp”
“Perdona mi atrevimiento, pero no he podido decírtelo esta mañana: ¿quieres quedar conmigo para tomar un café?”
“Si no te molesta que haya averiguado tu número a través de tu futuro trabajo, y te apetece quedar conmigo, sólo tienes que responder a este WhatsApp”
“¿Sabías que has borrado la conversación pero no el número de la agenda?”
Miguel hubiera querido añadir un “por suerte”, pero no le pareció apropiado descubrirse tan a fondo en un primer chat.
“Ya he borrado ese número, pero no el tuyo”
“Si no quieres saber nada de mí sólo tienes que decírmelo”
“Borraré tu teléfono y no volverás a tener noticias mías”
“Espero tu respuesta”
“Hasta luego!”
Terelu suspiró de nuevo, recapacitó durante unos instantes y pulsó sobre el número desconocido manteniendo la pulsación hasta que saltó el menú. Pasó a añadirlo como contacto, lo tituló como “Miguel estación” y se dispuso a meterlo dentro de su lista de favoritos. Dudó por un momento, pero finalmente se decidió: al fin tenía a alguien con quien inaugurar la lista de “Amigos especiales”.

Relato: Necesito enviar un WhatsApp

8 comentarios

  1. Llevo mucho tiempo leyendo los relatos y he de decir que todos son buenos. Salvando los pequeños errores típicos de quién no se dedica a escribir para editoriales, tus relatos tienen un aire fresco y muyyyyy digeribles. En hora buena. Dentro de un par de años podrías escribir tu propio libro de relatos cortos. Título??? “Relatos de un geek “…. Y no es broma, deberías hacerlo realmente

    • Jo, no sabes lo que se agradecen las buenas palabras. Aunque no te cortes: si ves errores, no dudes en remarcarlos. Un editor hace mucho, aunque sea improvisado. 😉
      El libro lo tengo a medias desde hace tiempo. De hecho, está casi compilado. Incluso empecé una novela… Pero de sueños no se come. 😉
      Mil gracias por haberlos leído. De corazón. 😉

  2. Como dije anteriormente, los relatos son espectaculares y me gustan mucho por lo tanto no requieren mucho, para mi gusto personal y en mi humilde opinión el único error que veo es cierta tendencia a la redundancia, en los relatos cortos menos es más. Pero te digo, me compraría tu libro, digo si no lo publican antes en scribd (^_-) es que ustedes dan muchos trucos de Jejejejeje, es broma.
    Como comenté en mi primer comentario llevo mucho tiempo leyendo tus relatos, pero justo éste me toca de cerca, por eso comenté , a veces en la vida real también suceden cosas muy similares. Hace unos cuantos años iba caminando por la calle y me encontré un Currículum de una chica, cuando vi la foto me pareció muy guapa. Por aquel entonces Trabajaba para una empresa de marketing muy importante y la verdad que la chica tenía unas cualidades y conocimientos que encajaban muy bien en nuestra empresa. Como Miguel yo también pensaba más en tomar un café con ella que en buscarle trabajo. Me puse en contacto con ella para ofrecerle trabajo en mi equipo, de esa manera tan inusual surgió una relación sentimental muy linda, al tiempo por cuestiones de trabajo tuve que ir a Inglaterra y lo dejamos, pero será algo que recordaré siempre y la verdad que este relato me trajo muchos buenos recuerdos. Una vez más te animo a que sigas con tu proyecto, es cierto que de sueños no come, pero créeme de muchísima satisfacción y sobre todo realización personal. Suerte, de momento sigo esperando cada domingo los relatos, aunque no siempre llegan.

    • Es cierto que a veces los hago largos, supongo que es porque me están tirando los textos más elaborados. Me tomo tu crítica en serio para próximas entregas. 😉
      La historia que inspira el relato no es como la tuya (también se merecería un buen relato), pero también está basada en un hecho real. Mi hermana una vez me envió un WhatsApp avisando de que llegaba tarde a pesar de que no tenía batería. Le tuvo que pedir el móvil a otro y, evidentemente, añadir mi número a una agenda extraña (no me llegó nada raro, por suerte). Eso sí: que yo sepa, no surgió nada entre ambos. O al menos mi hermana no me lo dijo. 😛
      En el fondo, cualquier casualidad es más que plausible. Y escribir sobre ellas es una delicia. Mas allá de textos largos, cortos, elaborados o ínfimos… en este blog intentamos hacer algo original. Y si alguien se pregunta si se han publicado relatos sobre móviles en un blog de Android… La respuesta es un sí: en FAQsAndroid. Siempre pongo todo el empeño (y una cantidad de horas enorme) a cada uno. Y si encima te han gustado… pues ya me recompensa con creces. 😉

      • Pues yo y seguramente todos los lectores estamos muy agradecidos de que dediques ese tiempo tan valioso a escribir éstos relatos tan buenos. Estoy más que seguro que no recibes más comentarios a tus relatos porque nosotros los usuarios somos muy pasotas para escribir, pero de seguro más de uno ha querido agradecer el empeño que pones en cada uno.

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