Relato: Simón dice…

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¿Os acordáis del relato de la semana pasada? Cómo olvidarlo, en él leíamos una manera futura de usar el NFC en los móviles. ¿Por qué no emparejar dos terminales mientras una aplicación baraja aleatoriamente lo que tienen que hacer sus dueños? Este era el planteamiento. Aunque, como suele ocurrir en todos los campos de la vida, siempre hay personas que se ven arrastradas ante una variante que no se esperan, desencadenando en un hecho luctuoso. Una discoteca, dos jóvenes que juegan a un juego por NFC, dicho juego que suelta un mensaje inesperado y uno que se ve en la obligación de matar a otro. ¿Cómo continuará? Pues tal y como vemos en este capítulo. Leamos.

Relato: Simón dice...

Simón dice…

—¿Qué cara puso Sara? —Preguntó el policía Marcelo mientras retomaba uno de sus acostumbrados paseos. No se sabía si era una estratagema para poner nerviosos a los interrogados o, simplemente, una válvula de escape para paliar su nerviosismo, pero lo cierto es que funcionaba a la perfección en ambos aspectos—. Seguro que, como mínimo, se sorprendería.
—Al principio sí —contestó Teo acariciándose la cabeza en un gesto pensativo—. Ninguno de los dos nos esperábamos que Simon Says pudiera sacar una orden como la de matar a alguien, pero lo cierto es que allí estaba, en la pantalla de mi móvil. Primero se sorprendió, luego la vi un poco asustada y después, cuando me devolvió el móvil, me dio la impresión de que había asimilado todo aquello. Tendría los mismos años que yo, pero se comportaba de manera más adulta.
—Explícanos eso —intervino Luis sin apartar la mirada de los ojos de Teo, situados al mismo nivel y justo enfrente suyo—.

No sé, fue una impresión mía. Ninguna chica hubiera soportado que Simon Says sacara una orden de asesinato, se iría corriendo al momento. No, no me miréis así, nunca me ha ocurrido. Y con esto no quiero decir que Sara se dejase matar, porque ni le hice nada ni ella se me entregó. Lo hablamos, comentamos que era un error, que, aunque ambos aceptamos las condiciones del juego, era una locura seguirle el rollo cuando ponía en peligro a alguien y que, seguramente, el mensaje de matarla era culpa mía, ya que me lo había descargado pirata, por lo que podría haber sido modificado. Seguimos habla…

—Espera, espera —interpretó Marcelo cortando la declaración del interrogado y su propio paseo circular—. ¿Una aplicación modificada puede mostrar mensajes falsos?
—Pues eso parece —contestó Teo—. He oído que, por joder, meten mensajes falsos para que la gente se los crea. Por eso Simon Says empieza a convertirse en leyenda.
—¿Tan caro es el juego como para no descargarlo pagando? —Preguntó Luis hurgando en el bolsillo de su chaqueta contrario a aquel de donde había sacado el teléfono del acusado—.
—No es que sea caro —se defendió Teo—. Pero ya que te gastas una pasta en el móvil, tampoco vas a seguir pagando por los programas —tras hacer una pausa, añadió—. Además, así es más divertido.
—Divertido para ti —añadió Luis secamente—. Seguro que a Sara no le hizo ninguna gracia.
—No penséis mal, me refiero a más divertido porque, por lo general, los juegos modificados suelen tener más órdenes de sexo. Por lo que son más divertidos.
Teo acompañó su última frase con una sonrisa desenfadada que dejaba entrever ciertas notas de malicia, algo que captó al vuelo el policía Luis. Sentado justo delante suyo, hacía rato que intuía todo cuanto buscaba en el interrogado, habiéndose desnudado por completo ante los ojos de cualquiera que mirase más allá de la simple envoltura. Y Luis era una de aquellas personas, tras veinte años de profesión sabía de sobra cuando alguien mentía y cuando se empeñaba en no mostrar toda la verdad, sendos aspectos que Teo acariciaba abiertamente. El culpable estaba claro, también las motivaciones. Pero lo que Luis no tenía tan seguros eran los hechos, la víctima no mostraba ningún síntoma de agresión, forcejeo ni resistencia ante su agresor. ¿Sería verdad que el contrato adquirido con el juego Simon Says llevaba a sus usuarios a tal extremo de convicción como para dejarse matar?
—¿A qué acuerdo llegasteis Sara y tú? —Preguntó Marcelo deteniéndose de pie junto a su compañero, aún sentado en la silla—. Antes has dicho que salisteis juntos de la discoteca, pero os fuisteis a casa por separado.
—Así es —corroboró Teo—.
—Algunos testigos vieron a Sara salir asustada, por lo que resulta extraño que aclaraseis el error abandonando la idea del asesinato.

Pues lo hicimos. La verdad es que no sé si ella estaba asustada o no cuando salimos, tampoco la miré demasiado. Dentro de la discoteca quedamos en que todo había sido un error y que era totalmente absurdo matar a alguien por un juego, aunque hubiéramos jurado cumplir todo lo que nos mandara Simon Says. Yo le dije a Sara que estaba de acuerdo, que, como es lógico, no me apetecía matarla de verdad. Matarla a polvos sí. Bueno, esto no se lo dije, es cierto, pero lo que sí comenté fue que olvidaría el asunto y dejaría de jugar al juego. Incluso prometí que lo desinstalaría. Al final, ambos nos fuimos porque todos nuestros amigos tenían rollo, y tampoco era cuestión de seguir en la discoteca si íbamos a estar con mal cuerpo. La acompañé un rato hasta la parada del autobús y yo me fui andando hasta mi casa, que tampoco quedaba muy lejos. Y allí acabó mi relación con Sara, lo último que supe de ella fue que la habían matado.

—Y tú no la mataste —avanzó Luis—.
—No, claro que no.
—Pero sí fuiste el último que la vio con vida.
—No lo sé, yo la dejé en la parada del autobús.
—Entonces… ¿Cómo es que encontraron su cuerpo en un callejón, a dos calles de la discoteca?
—No tengo ni idea.
Mintiendo o no, Teo mostraba un temple fuera de lo común, como si su convencimiento fuera más allá de su propia ética. Ni titubeos ni miradas esquivas, cada afirmación era una sentencia categórica. Según valoró mentalmente el policía Luis, Teo era otro de tantos jóvenes con el cerebro lavado por una especie de código de honor trasladado al terreno de las aplicaciones para móviles, sabiendo que iba a ser casi imposible demostrar su culpabilidad con una víctima que, según todas las evidencias, se había dejado hacer. Pero esa permisividad no le daba derecho a matarla siendo, a todas luces, un asesinato. Pero, ¿qué hacer si no podía demostrar la culpabilidad? ¿Podían permitirse dejar en la calle a semejante individuo? “Por supuesto que no”, se dijo Luis mentalmente. Y puso en práctica su plan.
—Digas lo que digas, todos sabemos que fuiste tú quien mató a Sara.
—¡Que yo no lo hi…!
—Simon Says sigue instalado en tu teléfono —comentó Marcelo intuyendo la táctica de su compañero—. ¿No le prometiste a Sara que lo borrarías?
—Es cierto —confirmó Teo—. Pero se me olvidó.
—Supongo que no será porque en las normas que aceptas al abrirte un perfil en el juego pone claramente que este no se ha de desinstalar.
—¿Qué insinuáis? ¿Que no tengo ningún dominio sobre el juego?
—Exactamente —afirmó Luis—. Por más que nos intentes convencer de lo contrario, sabemos que te es imposible negarte a lo que diga Simon Says.
—Eso es totalmente falso —se defendió Teo indignado—.
—Entonces… —ahora era Luis el que sonreía de forma maliciosa— Supongo que no te importará jugar conmigo.
—No pretenderás que te bese si me lo manda, ¿no?
—Tú has dicho que dominabas al juego —dijo Marcelo sumándose a la estrategia—. ¿O es que mentías?
—No, claro que no —tras decir esto, Teo recogió su móvil de la mesa, retiró la bolsa de plástico y arrancó la aplicación, desbloqueándola con el código secreto—. Juguemos.
Luis extrajo del bolsillo el móvil con el que había estado jugueteando a escondidas, encendiendo la pantalla y arrancado también la misma aplicación. Se aseguró de que estuviera encendido el NFC y alzó el teléfono, esperando a que su contrincante hiciese lo mismo.
—Venga, a ver lo que nos dice Simon Says —dijo Luis pegando la parte trasera de su móvil con la misma zona del teléfono del acusado—. Veamos si eres capaz de negarte.
La aplicación se mantuvo pensativa durante unos instantes, dejando la pantalla en negro de ambos terminales. Tras espacio de medio minuto aproximadamente, emitió un ligero pitido, iluminándose el teléfono de Teo. Este torció la cara, incapaz de esconder la reacción ante tal macabro mensaje.
—¿Y bien? —Preguntó Luis divertido— ¿Qué te salió?
—Na… nada.
—Déjame ver.
Con un movimiento rápido, Luis le arrebató el móvil, leyó el mensaje de la pantalla y respiró quedamente tras comprobar que todo había salido tal y como estaba planeado. Allí, en letras grandes y blancas, destacando con luz propia sobre el fondo negro, podía leerse claramente: “Simón dice: Suicídate”. Le alcanzó el móvil a Marcelo y este lo recogió mientras miraba alternativamente a Teo y a la pantalla, maravillado ante la habilidad de su compañero por encauzar las situaciones más problemáticas.
—Supongo que esto no quiere decir nada —dijo Luis recuperando el móvil ajeno para guardarlo de nuevo en su bolsa de plástico—. Como tienes pleno dominio de tus actos, cualquier cosa que diga Simón no te afecta.
—Por supuesto —aseguró Teo recuperando el aplomo—.
—Y sigues asegurando que no mataste a la víctima.
—Claro.
—Bien —Luis se levantó de la silla emitiendo un suspiro—. Entonces no tenemos nada que hacer —se acercó hasta la puerta del interrogatorio, la abrió y ordenó a uno de los policías que custodiaban la sala que entrara—. Irás a una celda mientras iniciamos todo el proceso burocrático. Evidentemente, se te asignará un abogado.
—Hagan lo que tengan que hacer —dijo Teo mientras el nuevo policía le levantaba de la silla esposándole las manos por la espalda—. Pero quiero llamar antes a mi familia.
—Está hecho —Luis continuó, dirigiéndose al recién llegado—. Llévele a una celda libre, después de dejarle llamar por teléfono.
Teo avanzó por delante sin oponer resistencia, mientras su escolta le seguía a escasos centímetros. Cruzó ante ambos interrogadores y, justo cuando el policía que le custodiaba llegó a la altura de Luis, este se dirigió a él susurrándole al oído.
—Llévele a la celda y asegúrese de que el cable de la lámpara sea resistente. Cuantos menos intentos necesite, mejor.

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