Retomamos nuestro relato de los domingos con una historia de pequeñas locuras y grandes adicciones. ¿Habéis conocido a alguien que no pueda dejar el móvil ni un solo segundo sólo porque necesita comunicarse con WhatsApp? ¿Vais con la app abierta incluso cuando camináis por la calle? Seguramente no tengáis un problema, pero siempre hay personas que llevan sus rutinas hasta el extremo poniendo en peligro su salud y de quienes las rodean. ¿Intrigados? Pues de eso va la historia: de pequeñas adicciones que se acaban convirtiendo en un gran problema. ¿Leemos?

Soy adicta al WhatsApp

Relato: Soy adicta al WhatsApp

—Hola, soy Laura. Y soy adicta al WhatsApp.
Laura había subido al pequeño escenario de la sala con una mezcla de miedo y vergüenza rebozándole el interior del estómago sin que el malestar se expandiese más allá de los escasos dos segundos que tardaron sus compañeros de terapia en contestarle.
—¡Hola, Laura!
El saludo fue sonoro y único, hilándose todas las voces en una clara y rítmica que respondió en representación del cansancio, de la falta de autoestima y del descontrol que acusaban todos y cada uno de los que se encontraban en la sala. A los que Laura miró por separado, posando sus ojos en el alféizar de la mirada contraria, tratando de recoger ánimos para iniciar su discurso y recibiendo no sólo ánimo, también empuje para resistir el envite de una adicción que amenazaba con destruir todo lo que para ella resultaba importante.
—No sé muy bien cómo he llegado hasta aquí, pero supongo que mi historia será parecida a la vuestra —Laura hizo una pausa para tragar saliva proyectando mentalmente el camino por el que discurriría su narración. Bebió un trago de la botella de agua que había depositado sobre el atril y prosiguió—. Empecé a usar WhatsApp como todos, enviando mensajes a mis amigos y a mi pareja, principalmente. Y cuando me quise dar cuenta… Mi día transcurría entre conversaciones, grupos insaciables de atención y consultas al móvil tan frecuentes que cada vez que miraba mis manos allí estaba el teléfono: burlándose de mí como yo misma me burlaba de quienes no me entendían. Estaba totalmente enganchada, ahora lo sé. Y me destruía poco a poco…
—¿Cómo descubriste que esa adicción te estaba perjudicando?
La pregunta de la terapeuta había sido concisa y directa; aunque cargada con un tono suave y conciliador que, lejos de provocar malestar, animaba a confesar hasta los más oscuros pecados. Sentada en el extremo izquierdo de la sala, justo entre el pequeño escenario y las filas de asientos que servían para el público, guiaba la sesión marcando las pautas y las intervenciones; aunque siempre interrumpiendo lo justo para no impedir que los pacientes se desnudaran en lo emocional. Y Laura estaba a punto de desprenderse de su ropa interior cargada hasta arriba con culpa.
—Fue mi novio quien me lo dijo —prosiguió Laura tratando de mantener la compostura. Su voz quebrada evidenciaba el esfuerzo—. Me lo dijo justo con estas palabras: “WhatsApp te está jodiendo”. Y era verdad. Yo le había echado en cara el hecho de no responder a uno de mis mensajes: tras ver la doble marca azul horas antes de que él contestara, le acusé de engañarme y de no querer contarme sus secretos —Laura detuvo su intervención visiblemente emocionada, echó mano de un pañuelo arrugado que mantenía en uno de los bolsillos traseros de sus pantalones, se sonó con fuerza enjugándose el moqueo del llanto amortiguado y prosiguió; no sin antes guardar el pañuelo en su sitio—. Cuando nos vimos después de que me ignorase —remarcó el verbo alentada aún por el despecho—, mi novio me dijo que estaba loca, que no tenía derecho a acusarle sin motivo y que había perdido el norte por estar todo el día mirando el WhatsApp. Me comentó que había escuchado por la radio un reportaje sobre esta terapia, y me dio un ultimátum: o me recuperaba o cortábamos nuestra relación.
—Eso según la opinión de tu novio —intervino la terapeuta alzando los ojos de su cuaderno de notas. Laura se giró hacia ella esperando un consejo que le hiciera sobrellevar la culpa—. Me refiero —continuó la psicóloga, psiquiatra y coach, por ese orden—, a que es tu novio el que cree que WhatsApp te ha destrozado la vida y está a punto de destrozar vuestra relación.
—Yo… —balbuceó Laura—. Yo también lo creo.
—El principal problema es tu inseguridad y tu necesidad de excesivo control, WhatsAppp es sólo un canal por el que han aflorado esas necesidades.
—Pero… Yo nunca he sido así.
—¿Seguro que no has necesitado conocer dónde estaba tu pareja en todo momento? —Laura apartó la mirada avergonzada; el resto de los pacientes se removió visiblemente en su silla—. Incluso mucho antes de tener una aplicación de mensajería. Le habrás llamado, te habrás sentido insegura cuando no has conseguido controlar todo lo que sucedía alrededor… Como suelo decir, el problema no es la herramienta, es quién la utiliza. Y si tu estado emocional no es el más saludable, la actitud que canalizarás por cualquier vía siempre será aquella que consiga afianzar la seguridad en ti misma. ¿No es así?
La terapeuta torció la cabeza hacia la derecha esperando la reacción a sus palabras. Y ésta no se hizo esperar: “¡NECESITO QUERERME MÁS!”, gritaron todos a coro, terapeuta incluida. Laura, por su parte, memorizó aquel mantra sintiendo que éste descendía a su subconsciente con extrema suavidad. Igual que un conejo que se introduce de un salto en su madriguera, aquellas tres palabras buscaron refugio en su interior encontrando, extrañamente, todas las puertas abiertas.
—Para ser tu primera intervención lo has hecho muy bien —Laura se envalentonó todavía más con los elogios—. Seguro que para la próxima vez eres capaz de soltarte mucho más —la terapeuta devolvió la mirada a su libreta, esperó a que Laura volviera a su asiento entre el público y entonó el nombre del siguiente orador—. Mario, sube a contarnos tus progresos.
—Hola, soy Mario. Y soy adicto al WhatsApp.
—¡Hola, Mario! —Gritaron todos, Laura incluida. Y por primera vez para la chica, aquel grito sonó libre.

Neptuno ha hecho una réplica al relato en los comentarios, y me ha parecido que se merece aparecer dentro del post. ¿Cómo sería la otra cara de la moneda? Nos ponemos en la piel de la pareja de Laura.

—Hola, soy Antonio. Y soy adicto al sexo por internet.

—¡Hola, Antonio! —Gritaron todos. La sala estaba abarrotada por más de 150 personas expectantes, de las más diversas edades, que no paraban de cuchichear. El número de sillas había quedado desbordado, y la gente estaba de pie detrás de las filas de sillas, se apoyaba en las paredes y procuraba ver a duras penas al orador. Incluso comenzaron a sentarse en el suelo entre la primera hilera de sillas y la tarima. El ambiente no era el más propicio para desvelar intimidades pero Antonio venía con toda la determinación del mundo a tomar el mando de su vida, que se le escapaba por momentos.

—Yo siempre he sido un chico tímido, sin gracia, invisible para las chicas, mal deportista, el típico patoso de las comedias americanas. Todo lo contrario a un macho-alfa. Sabía que mi destino era quedarme soltero, para desesperación de mi madre, que no paraba de organizar meriendas (con cualquier ridículo pretexto) y presentarme a las hijas casaderas de las vecinas y las amigas. Todo acababa siempre con la huida acelerada de cada una de las chicas, entre risas y comentarios despectivos. Las tías son muy crueles con los machos-beta. Y ya ni te cuento con los machos-omega como yo.

– Pero una noche que estaba aburrido en casa, casi de casualidad, se me abrió una ventanita de publicidad en el ordenador y no sé cómo, me vi metido en mitad de la sala general de un chat. Mi nick era tan insulso como mi vida entera: Invitado852014. No tenía ni idea de como funcionaba un chat. Eso era cosa de mis compañeros de clase, los cuales contaban sus hazañas, reales o imaginarias, entre muchas risas y gestos obscenos en la cafetería de la facultad de Psicología, entre clases. Yo les escuchaba de tapadillo sin entender casi nada de lo que decían. En todo caso ese mundillo no era para mí, pensaba. Ese era un mundo de gente apuesta y segura de sí misma, de auténticos ganadores, dónde los patéticos tipos como yo serían expulsados sin contemplaciones.

– Empecé a contestar torpemente los mensajes de alguna ventanita que se me abría y poco a poco comencé a entender las reglas del juego. Me sentí transportado a otra dimensión. Una dimensión en la que me relacionaba con chicas y ellas no huían. En la que les hablaba y ellas me contestaban. En la que contaba un chiste y se reían. Pero no de mí….. ¡¡del chiste!! Todo eso era nuevo para mí y me hacía sentir bien. Como nunca lo había estado. Las horas pasaron a velocidad super-sónica esa noche. Charlaba con varias ventanitas a la vez. Y a las risitas iniciales le seguían risas más grandes. Y a las risas más grandes, carcajadas. Y las bromas nunca paraban. E inexorablemente siempre terminaban con charlas de contenido erótico, que parecen ser las que más risas provocan. Esa noche vi amanecer delante de mi ordenador, diciéndole obscenidades a una señora de 35 años, casada, de Bogotá y una viuda jubilada de México DF.

– En realidad ese tipo de sexo no me interesa en absoluto, pero charlar con tantas personas anónimas, conocer hasta el mínimo detalle de sus vidas, sentirme escuchado … eso ha sido como un detonante en mi triste vida. Me sentía útil para todas esas mujeres. Ellas me escuchaban y yo les decía las cosas que ellas querían oir. Aprendí muy rápido. Me inventaba un personaje distinto para cada persona y cada situación. Enseguida supe darle a cada una lo que buscaba. En un par de frases ya adivinaba cuales eran los gustos perversos de cada una, y me inventaba sobre la marcha el personaje perfecto para satisfacerlas. Un día era un veinteañero sin oficio, otro día era un separado con experiencia, otro día un sacerdote con crisis de fe…. Vaya, por fin las clases de la Universidad iban a servir para algo. Nunca saqué tanto partido a los estudios sobre características de los perfiles psicológicos.

– He estado viviendo así año y medio, dando placer a centenares de mujeres. Sintiéndome util. Haciendo algo en beneficio de la sociedad.

– Pero todo ha cambiado desde que conocí a Laura. Al principio era muy cerrada. Hablaba poco sobre ella y preguntaba mucho sobre mí. Se reía mucho pero evitaba los temas eróticos. Me daba a entender que eso no le interesaba… pero había ciertos indicios que a alguien experto como yo no le pasaron inadvertidos. Y efectivamente, la tercera noche de charla toque las teclas adecuadas y… ¡¡voilá!! Surgió la ninfómana desenfrenada que llevaba dentro. Fueron once horas y media seguidas de depravación descontrolada, sueños orgiásticos, apetencias desmedidas, sueños repletos de excesos. Bajamos todos los escalones de la perversión en aras a conseguir el placer con mayúsculas. Fue la noche de los excesos.

– Para mí fue un desgaste brutal. Pero para ella era solo el primer sorbo del vaso. Ella necesitaba repetir esa dosis cada día. No se conformaba con menos. Laura empezó a cambiar. Exigió que le diera mi número de móvil, conocernos en persona, salir juntos, que le dijera lo mismo que en el chat pero en vivo, con la misma intensidad. Yo hacía lo que podía para complacerla pero ella siempre quería más, siempre exigía más. Su depravación, sus experimentos mentales, la sofisticación creciente de su delirios era enfermiza.

– Laura se ha transformado en una persona insegura, con unos celos patológicos. No soporta que hable con ninguna otra mujer, ni que tarde cinco segundos en contestarle en el chat. También utilizamos el WhatsApp para nuestras conversaciones íntimas. Y más vale que le responda al instante o ya la tengo llamándome y preguntando con el grito en el cielo que qué estoy haciendo o si ya no la quiero.

– Por eso he venido aquí, para reunir fuerzas, para decirle que debemos dejarlo.
Porque siento que le voy a hacer daño. Y no quiero eso.

Bajé de la tarima y busqué la puerta. Los cuchicheos eran cada vez más sonoros. Tenía la sensación de que no me habían escuchado y solo me saludaban por cortesía. Es decir el Padrenuestro de toda mi vida. Mientras salía, la gente solo se intercambiaba direcciones de correo y miradas de lascivia.

Relato: Soy adicta al WhatsApp

9 comentarios

  1. Como me gustan estas historias. La verdad las echaba un poco de menos… Felicitaciones al redactor por este gran cuento.

    • Me ha encantado, podría ser perfectamente la otra cara del relato. Si lo has escrito a vuela pluma me he de quitar el sombrero. Y si no… también. ¡Gracias por este pedazo de comentario-relato! 🙂

      • En cuanto leí tu relato pensé que faltaba algo. Quería dar la versión de Antonio para conocer en profundidad la historia.
        He tardado hora y media en escribirla y he tenido que descartar varias docenas de ideas y ramificaciones que se me iban ocurriendo, para no hacerlo demasiado largo (¡¡más todavía!!).
        Era como una especie de reto para mí, y la verdad es que he disfrutado mucho inventando la historia.
        Debo confesar que en el boceto inicial tenía pensado una versión diferente, pero las frases se encadenan, unas palabras llevan a otras y el resultado final me ha sorprendido a mí mismo.

        • Y me encanta. Si te parece, podemos ponerlo debajo del mío con tu nombre, para que así sea una auténtica réplica. Siempre que también lo creas conveniente: no sé de qué otra forma honrar tanto esfuerzo.

  2. Neptuno, te he puesto el relato justo a continuación del mío. También he editado tu comentario para que no se viese texto duplicado (cosas de Google, que no le gusta nada). De nuevo, gracias por el esfuerzo. 😉

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