Relato – Una conversación improvisada

¿Alguna vez se os ha acercado alguien para daros conversación? Invadir el espacio íntimo puede ser molesto; aunque hay invasiones que bien merecen una conquista.

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Hacía tiempo que no escribía un relato para FAQsAndroid. Así que este domingo me he puesto las pilas (o he enchufado la imaginación a la carga rápida, más bien) para publicar un pequeño texto que había improvisado durante el trayecto en tren de un día cualquiera. ¿Cómo se puede romper esa rutina que nos envuelve a diario? No nos engañemos: somos tan perezosos que, a pesar de quejarnos, poco hacemos por alterar la monotonía, dejando en manos de los demás nuestra capacidad de sorpresa. De ahí que se me ocurriera el relato que estáis a punto de leer hoy: ¿qué pasaría si una persona cualquiera rompiera vuestra rutina entablando conversación justo cuando menos lo esperáis? Pues algo parecido a este relato, seguro. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere que le sorprendan? Ojalá existiera un cartel para ponérnoslo en la frente.

Una conversación improvisada

Relato - Una conversación improvisada

—Hola. ¿Aceptarías la conversación de una desconocida?

Aquélla era la ganzúa con la que Marta abría las puertas a la amistad improvisada, valiéndose de ella para entrarle a todo hombre que se sentaba indefenso, y a solas, en tres metros a la redonda. Y Javier, al igual que muchos otros, se vio acorralado contra un barranco de sorpresa que no imaginaba estar bordeando, viéndose, a su vez, indefenso ante la espada en forma de pregunta que le apuntaba sin ningún tipo de rubor. ¿Barranco o enfrentarse a esa Juana de Arco de la verborrea? Echó un rápido vistazo al local: a pesar de que estaba algo vacío, contó hasta siete personas sin acompañante.

—¿Eh?

El pobre Javier fue incapaz de articular palabra más que aquella escueta interjección, quedando completamente a merced de la vergüenza: la escasa de la chica y de la enorme cantidad de la suya. Marta no sólo intuía la situación, también se regodeaba en ella como ese niño que tiene un juguete que el resto sólo puede imaginar.

—Que si quieres hablar conmigo. Estoy sola y me apetece un poco de conversación.
—Es que… —Javier rebuscó a toda prisa en su baúl de excusas—. Estaba… Leyendo mis WhatsApps.
—Perfecto —la cara de Marta escenificaba un radiante día de primavera: de ésos a los que nadie puede resistirse siempre y cuando no sea alérgico—. Si me das tu número, nos podríamos enviar mensajes.

Javier la miraba casi sin pestañear, habiendo sufrido un encantamiento capaz de inmovilizar todo su cuerpo a excepción del corazón. No es que él fuese precisamente tímido con las mujeres, que no se cortaba cuando la situación lo requería, pero sí que no estaba acostumbrado a ser él el blanco de la punta de lanza. Y tampoco era alérgico al atractivo de Marta: sólo con su sonrisa podía atraer a un enjambre de zánganos. Y si miraba más allá de esa sonrisa… No, no podía mirar más allá: el encantamiento era muy poderoso.

—¿Quieres que te dé mi WhatsApp? —Musitó Javier poniendo todo su empeño en que las cuerdas vocales funcionaran acorde con los músculos de la mandíbula.
—Y tu nombre, también quiero saber tu nombre. ¿Cómo te llamas?

Javier relajó el cuerpo convenciéndose a sí mismo de que no debía doblegarse ante la situación, dejó el móvil sobre la mesa y se prestó a sumergirse en la mirada de su interlocutora. Fresca, límpida, tan amplia como un canal olímpico… Conforme daba brazadas en aquellos ojos más y más feliz se sentía, adivinando un cuerpo igual de atractivo al que sólo podía acceder con el rabillo del ojo. Atuendo primaveral en el que predominaban los colores frescos, pliegues igual de frescos dejando intuir la belleza innata de Marta… ¿Se dejaba llevar por las hormonas o estaba respondiendo al diálogo por educación?

—Me llamo Javier —esperó a ver si Marta hacía ademán de darle dos besos; como así ocurrió: la suavidad de las mejillas y el aroma a cóctel de feminidad terminaron de obnubilarle—. Y mi WhatsApp es el…

No pudo terminar la frase. Como esa campana de recreo escolar que da por concluida la diversión justo cuando los niños habían decidido el juego, el móvil de Marta interrumpió la conversación arrojando a la escena una melodía estridente de Jason Derulo; que rebotó en el ambiente silencioso del local atrayendo hacia Marta más de una mirada asesina. Y ésta, viéndose tan sobresaltada como el resto, aunque bastante menos que Javier, se levantó del asiento como si alguien hubiera detonado un airbag justo debajo y echó a correr en dirección a la salida del local dejando tras de sí unas notas sueltas de “Wiggle, wiggle, wiggle…” y un vacío repentino en el corazón de Javier que fue creciendo en tamaño hasta casi absorberle. ¿Cómo era eso posible? No hacía ni cinco minutos que conocía a Marta, ni siquiera sabía su nombre, no lo sabría jamás… Y allí estaba él: tan solo como el resto de los días que ocuparía volviendo al mismo sitio y a idéntica hora. “Maldito Derulo”, pensaba una y otra vez esperando a que alguien ocupara el asiento de enfrente.

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