Relato ¿Verdad, atrevimiento o confesión?

¿Quién no ha jugado a "Verdad o atrevimiento"? Casi todos. Y los que hemos jugado sabemos lo peligrosas que pueden ser ciertas confesiones.

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Hay juegos que podríamos decir que “los carga el diablo”. Sí, no sólo las armas, también los juegos. Y basta nombrar a uno para que todos me deis la razón: “Verdad o atrevimiento“. O “Verdad y reto“, “Truth or dare“… ¿Recordáis haber jugado cuando erais más jóvenes? O incluso actualmente: no hay una mejor manera de obtener confesiones o de acercarte a unos amigos/as que utilizando esta táctica. Sobre todo si lo dejas en manos de un juego de móvil. Porque, si hace unos días analizaba para Aplicaciones Android precisamente ese juego, “Verdad o atrevimiento”, hoy tocaba portar a relato la situación que me llevó al análisis de la app. Porque sí: la historia está basada en un hecho real. Aunque los amigos reales no acabaron tan mal como sí les ocurre a los protagonistas del relato. ¿Intrigados por lo que les ocurre? Pues ya sabéis: toca leerlo. ¡Que lo disfrutéis!

¿Verdad, atrevimiento o confesión?

Relato - ¿Verdad, atrevimiento o confesión?

Las dos de la tarde eran la mejor hora para dedicarse a llenar el estómago, por lo que aquel restaurante de comida rápida se encontraba hasta arriba para justo eso: atiborrarse de la combinación de carne, pan y la mínima cantidad de verdura necesaria para equilibrar ligeramente tan calórico alimento. Aunque lo más destacable del restaurante no eran ni su comida ni el hecho de estar lleno de comensales, sino que entre los clientes se encontraban diversos grupos de jóvenes ávidos de ocupar el tiempo entre clase matinal y vespertina. Y no sólo ocupaban dicho tiempo comiendo, que sería lo lógico, sino que socializar también entraba en sus inquietudes a tenor de los gritos, carcajadas y juegos que mantenían entre ellos. Juegos que, curiosamente, hacían servir al teléfono móvil como tablero.

—¿Verdad o atrevimiento?

Aquella pregunta podría significar el punto de partida para una confesión imposible de realizar o para una relación intensa entre dos personas, pero, a tenor de la poca trascendencia que ejercía entre los chavales, pocos pensarían que se la tomaban en serio. De hecho, jugaban en medio del restaurante como si el escenario fuese, en realidad, el de un campamento a medianoche.

—Atrevimiento —dijo Rocío enarbolando una sonrisa tan amplia que se podían apreciar perfectamente hasta los molares—. A ver qué es lo que me toca.

Rocío era una chica de dieciséis años alegre y bastante atrevida, capaz de mantener a raya la mediocridad en los estudios sin necesidad de tener que esforzarse demasiado estudiando. Simpática, resuelta e imaginativa, solía acompañar a sus dos mejores amigos dejándose acompañar, a su vez, por ellos: Ismael, algo retraído y con la aceptación por parte de sus compañeros como meta principal y Alejo, el típico aspirante a personaje más popular del instituto que, sin embargo, acaba recluido entre la homogeneidad debido a su flojo carácter.

—Así que atrevimiento —sonrió Alejo pulsando en el respectivo botón de la app—. Si te toca algo conmigo no me voy a cortar un pelo.

Alejo era el dueño del móvil y aquel que había instado a sus dos amigos a participar, manteniendo el compromiso del resto del grupo, diez compañeros más de clase, de que se integrarían al juego una vez hubiesen acabado de comer. No había que ser muy avispado para darse cuenta de las intenciones del chico a la hora de elegir el juego, pero ninguno había podido resistirse a compartir la experiencia avivados por la picardía que implicaban las confesiones y los atrevimientos. Algo que Alejo entendía como una victoria personal.

—Tienes que quitarle una prenda a Ismael —éste dejó de sorber de su refresco asaltándole un repentino rubor—. Y tú —Alejo se dirigió a su amigo a punto de entrarle un ataque de tos—, no te tienes que dejar.
—¡Voy a por ti!

Rocío estiró del jersey de Ismael sin ningún miramiento tratando de arrebatárselo por la fuerza. Y éste, muerto de vergüenza, intentó aguantar la embestida debilitándose instantáneamente ante el cuerpo de la chica. Rocío se había echado completamente encima suyo, viéndose multiplicadas sus extremidades como si, en realidad, le estuviese atacando un pulpo aficionado a hurtar en el Zara. Y no sólo aficionado, también experto: Rocío volvió a su sitio enarbolando su trofeo recién ganado.

—Qué mala leche tenéis los dos —se quejó Ismael recolocándose la camiseta y el pelo. En su mente aún revoloteaba el tacto y el olor del cuerpo de Rocío—. Al final me vais a dejar en pelotas en medio del restaurante.
—Es verdad —río Rocío comprobando el dato—. Ya sólo te quedan pantalones, camiseta y… —hizo una pausa sonriendo con picardía—. Supongo que también los calzoncillos.
—Sí, llevo ropa interior.
—Va, que ahora te toca a ti —Alejo se volvió a Ismael obligándole a apartar los ojos de Rocío—. ¿Verdad o atrevimiento?
—Verdad.

Ismael no estaba dispuesto a que le tocase quitarle la ropa a sus amigos o ponerse a bailar encima de una mesa, así que optó por seguir el camino más fácil. A pesar de que le hubiese gustado dejar de jugar, claro.

—A ver… —Alejo pulsó sobre la pantalla de su teléfono—. Verdad. ¿Cuál fue la primera mujer que viste desnuda?

Ismael sintió de nuevo el rubor ascender a sus mejillas mientras una oleada de nervios le sacudía como quien estampa una alfombra contra la pared para retirarle el polvo. Y se encontró entre la espada y la pared. ¿Qué haría? ¿Mejor mentir o decir la verdad? Por otro lado, también podía pagar prenda. Pero ¿quitarse la camiseta en medio de la gente y de, sobre todo, Rocío? O peor aún: ¿sería capaz de sacarse los pantalones? Menudo dilema.

—Pues… —A Ismael se le atragantó la confesión en la garganta. Pensó en sorber otro poco de su refresco, pero intuyó que no lograría nada con ello—. Pues…
—Va —le animó Rocío—. Ni que fuese tan malo decir cuál fue la primera tía a la que viste en pelotas.
—Eso —corroboró Alejo—. O a lo mejor es que todavía no has visto a ninguna más allá de las que salen en tu ordenador.
—¡Qué va! —Protestó Ismael—. Claro que he visto a mujeres desnudas.
—Pues entonces di cuál fue la primera —inquirió Alejo—. Que estamos entre amigos.
—Está bien: vi a tu madre desnuda.

A Alejo se le borró la sonrisa de la cara. Al instante, igual que si alguien le hubiese pasado un borrador por el rostro, dejándole un gesto rígido y una mirada tan perdida que, por espacio de unos segundos, nadie hubiese dicho que el chico permanecía en el mismo sitio. Como si su mente se hubiera escapado del cuerpo yendo a ese lugar feliz que tienen todos los niños incluso después de haber crecido. Aunque claro, no tuvo más remedio que regresar, trayéndose consigo ciertas emociones que no tenía antes de marcharse.

—¿¡Como que has visto a mi madre desnuda!? —Ismael se protegió la cara con las manos, pero el ataque nunca llegó—. ¿¡Qué te has creído!?
—Pero, pero… —Balbuceó Ismael—. Te juro que yo no quería.
—¿¡Como que tú no querías!?

Rocío, ajena a la discusión, permanecía más divertida que asustada. Sabía bien que Alejo era incapaz de lanzar más que palabras, por lo que no temió por ninguno de los dos. Y aquella confesión bien merecía explicarse a fondo.

—Te lo juro, yo no quería. Me habías invitado a pasar la tarde en tu casa, fui al baño y… —Ismael rememoró la situación ante la mirada asesina de su amigo—. Y pasé delante de la habitación de tu madre. La puerta estaba entreabierta, ella se estaba cambiando sentada sobre la cama…
—Y no pudiste evitar mirar.

La sentencia de Rocío era tan lógica que hasta Alejo tuvo que reconocer su validez. Por lo que se tranquilizó, decidió tragarse su orgullo e hizo las paces simbólicas con su amigo, manteniendo para siempre una astilla que, sin saberlo en ese momento, crecería hasta convertirse en todo un palo.

—Está bien, te lo paso —Alejo pulsó en el botón de aceptar la prueba dando por zanjado el caso—. Pero que sepas que no voy a invitarte a mi casa en una buena temporada.

El resto de la partida transcurrió sin más incidentes aparte de los habituales en el juego, saltando gran cantidad de confesiones, de pruebas picantes que mezclaron a los tres amigos y, también, liberando alguna que otra prenda entre los contendientes. Como la camisa de Rocío que, para fortuna de sus dos amigos, dejó paso a un top de escote tan pronunciado que la chica tuvo que sacudirse varias veces sus miradas de tan centralizada zona.

—Venga, que le toca a Ismael —le dijo Rocío a Alejo chasqueando sus dedos por delante de la cara del chico—. El botón de la prueba no lo tengo aquí delante.
—No, tú tienes un buen par de boton… —Rocío cortó el chiste con una cariñosa bofetada—. Está bien, está bien. ¿Verdad o atrevimiento?
Ismael valoró sus posibilidades y volvió a elegir mentalmente verdad. Al fin y al cabo, ¿qué más podía salirle mal? Confesara lo que confesase, no iba a ser peor que decirle a su mejor amigo que había visto a su madre desnuda.
—Verdad.
—¡Uy! —Alejo rió ante lo que mostraba la pantalla del móvil—. Mira qué pregunta: ¿cuál fue la primera persona con la que te acostaste?

Rocío también río con la ocurrencia del juego, aunque no tan sonoramente como su amigo. De hecho, su expresión denotaba más curiosidad que diversión, aguardando impasible a que Ismael confesara. Y a éste no sólo se le atragantó la verdad, también sintió náuseas y un principio de mareo.

—Venga, responde —dijo Alejo—. Responde o suelta prenda —Ismael siguió callado mientras valoraba seriamente desprenderse de su camiseta; incluso de los pantalones—. Ahora no dirás que la primera mujer con la que te acostaste fue mi madre.

Ismael se quedó blanco, casi tanto como su amigo al verle. Aunque lo de Alejo no fue tan instantáneo, debiendo caer en la cuenta tras el profundo silencio de Ismael. Por fortuna para éste, mantendría todas las prendas que le quedaban puestas. Aunque tendría suerte si, además de conservar la amistad de Alejo, seguía manteniendo todos los dientes.

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