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En nuestro relato de hoy vamos a abrazar la temática de la ciencia ficción para conseguir una historia actual con unos toques futuristas, siguiendo la estela que ya marcaron otros escritores y científicos a lo largo del siglo pasado y finales del diecinueve. ¿Quién no ha soñado alguna vez con viajar en el tiempo? ¿Cuántas películas y libros se habrán escrito siguiendo esta hipótesis? Aparentemente imposible y científicamente factible, en el relato de hoy vamos a poner en práctica la imaginación uniendo a un móvil con los viajes en el tiempo, mediante una historia que, siendo fantástica, acaba resultando cercana. Y es que, como podréis comprobar si leéis el relato hasta el final, siempre hay un motivo de peso por el que todos nos arriesgaríamos a viajar en el tiempo. ¿Cuál sería el vuestro?

Relato: El móvil del tiempo

El móvil del tiempo

Aquella había sido una sorpresa tan grande para Óscar que a duras penas podía contener el corazón en el pecho, mientras sus ojos se clavaban en la aparición con la ansiedad y desasosiego de encontrarse ante el fantasma de una pesadilla. Fantasma conocido al fin y al cabo, ya que le eran familiares todos y cada uno de sus rasgos, como si de repente hubiera caído ante sí un espejo y el reflejo se mostrara en tres dimensiones y de carne y hueso, aunque con algunos años más desdibujando las líneas faciales. Extendió una mano temblorosa hacia la aparición, que se encontraba sentada en el sofá justo delante de él, y, al sentir en los dedos el tacto del rostro caliente, retiró la mano como si le hubiera alcanzado una descarga, pellizcándose a continuación su propia cara para comprobar que no, no estaba soñando.
—Soy real —dijo aquel Óscar fantasma llenando de comprensión su tono—. Sé que no te lo vas a creer, al menos en este momento, pero soy tu yo del futuro.
—¡Apártate de mí!
El Óscar del presente dio un respingo en el sillón alejándose de él sin darle la espalda al recién llegado, surgido de la nada después de una pequeña explosión de sonido y de luz que convirtió en décimas de segundo a un puñado de cuadrados flotando en el aire en una persona, combinándose entre sí hasta definir el cuerpo mediante un proceso tan rápido que, por excepcional, quedó grabado en la memoria del Óscar del presente como ese accidente de tráfico que se puede reproducir mentalmente a cámara lenta. El del futuro observaba tranquilo a su gemelo temporal mientras sostenía en las manos un teléfono que procedió a alzar como el cáliz de una misa, centrando sobre él toda la argumentación que, obligada, estaba a punto de detallar.
—Este móvil sirve para viajar en el tiempo —la sentencia fue clara y concisa, siendo a todas luces increíble. Y sabiendo de antemano su inverosimilitud, la aparición, ya cada vez menos fantasma, continuó—. Sé que ahora no me vas a creer, pero el móvil que tengo en las manos, el mismo que tienes tú en las tuyas —el Óscar del presente alzó tembloroso su propio móvil, que aún sostenía a pesar de la impresión, y comprobó que, en apariencia, eran iguales—, permite viajar en el tiempo.
—¡Eso es imposible!
—No seas tan rotundo —el Óscar del futuro encendió la pantalla de su móvil y procedió a utilizar un programa que el otro Óscar no podía percibir—. Para comprobar lo que digo, voy a viajar en el tiempo hasta dentro de un minuto. Esto ha sido un avance incre…
La aparición se esfumó de la misma forma que había surgido, aunque en sentido contrario. Su imagen se desdibujó hasta formar un contorno basado en pequeños cuadrados, que fueron haciéndose más y más grandes hasta que, al ser sólo uno, desapareció con un destello junto a una pequeña explosión de sonido. Mientras, el Óscar del presente no daba crédito a lo que veía, sintiéndose como el protagonista de una novela de Wells embebido dentro de su propio sueño. Pero no, las posibilidades de que estuviera durmiendo eran ínfimas, ya que percibía el ruido y los sonidos con claridad, notaba el tacto en los dedos y podía pellizcarse sintiendo el dolor, cumpliéndose las convenciones habituales en temas oníricos. Pero tampoco tuvo demasiado tiempo para valorar su situación ya que, poco después de desaparecer del sillón, su yo del futuro surgió de pie justo delante suyo, imitando de nuevo el proceso cuadricular de aparición.
—…íble en lo que respecta a la tecnología de manipulación temporal, ya que hizo posible el viaje en el tiempo a un precio ridículo. Y sólo con un móvil.
—¡Ahora estás aquí delante! —el Óscar del presente sintió cómo le flaqueaban las piernas, sentándole pesadamente en el suelo al ser incapaces de sostenerle—.
—Voy a explicarte por qué he venido hasta tu época —el Óscar del futuro flexionó las piernas y procedió a sentarse junto a su falso gemelo—. El móvil que tienes en las manos, y que también tengo yo en las mías, fue el primer modelo en integrar un chip temporal, mucho antes de que los científicos descubrieran las verdaderas implicaciones de un procesador tan complejo. Por eso es importante que protejas el teléfono, te será muy valioso.
—¿Y para eso has venido hasta aquí? ¿Para decirme que tenga cuidado con el móvil?
—No sólo para eso —el Óscar del futuro tragó saliva y procedió a explicar los verdaderos motivos del salto en el tiempo—. Quiero que no dejes escapar a Isabel.
Aquel nombre produjo un efecto extraño en el Óscar del presente, consiguiendo que sus nervios se relajaran y aflojando con ello la tensión corporal provocada por el pánico.
—¿Qué le pasa a Isabel?
—Verás.
El Óscar del futuro explicó punto por punto cómo se había deteriorado el romance con Isabel a partir de la negativa del chico a sentar las bases de una relación seria, llegando a la posterior ruptura de la pareja y a la inmersión de Óscar en el torbellino de la tristeza y de la desesperación. Nunca volvió a ser la misma persona, encerrándose en una vida oscura y aburrida animada únicamente por los recuerdos imborrables de un pasado que se torció en un punto concreto. Así que decidió retroceder en el tiempo justo hasta ese punto, aprovechando que aún conservaba el móvil que permitía viajar al pasado, una vez los científicos descubrieron dicha posibilidad.
—Así que, si has venido justo hasta mi época, es porque estoy a punto de decirle a Isabel que no quiero tener una relación seria con ella —el Óscar del presente expuso sus conclusiones, mientras su yo del futuro asentía en silencio—. Y para que no suframos el resto de la vida, tengo que comprometerme.
—Exacto.
—Pero yo no quiero hacerlo —dijo tozudo—. Sé que ella busca algo más serio, cada vez que quedamos comenta lo de vivir juntos o lo feliz que sería si nos casáramos y tuviéramos niños. Pero esa no es mi vida.
—Te entiendo, a tu edad pensaba igual —el Óscar del futuro hizo una pausa, valorando la manera de convencer a su otro yo—. Recuerda que somos la misma persona, así que créeme: sin Isabel tu vida no tiene sentido, no me habría arriesgado a venir si no lo supiera a ciencia cierta.
—Pero…
—Por favor, no arruines nuestra vida. No vas a encontrar a nadie como ella.
—Quizá tengas razón…
—¿Acaso no te sientes feliz cuando salís juntos? —El Óscar del presente asintió sonrojado—. ¿Y cuando hacéis el amor? ¿O con la forma que tiene de sonreír mientras se le forman dos hoyuelos en las mejillas?
Los dos coincidieron en los sentimientos hacia Isabel, por lo que decidieron impedir que el destino les separase de ella. Acordaron que Óscar, el del presente, se presentara a la cita con la intención de sorprender a su pareja proponiéndole matrimonio, mientras Óscar, el del futuro, procedía a hacerle un regalo a su otro yo por todas las molestias causadas con el salto en el tiempo.
—Te voy a explicar cómo funcionan los viajes temporales.
—¿Estás seguro de que eso sirve para mi teléfono? —El Óscar del presente palpó centímetro a centímetro su móvil, sin terminar de creerse que bajo aquella carcasa plástica existiese tanto potencial—. Es un teléfono corriente.
—Sí, nos lo regaló Isabel el año pasado —el Óscar del futuro hizo una pausa mientras abría una conexión Bluetooth en su móvil—. Por eso lo sigo conservando a pesar de que han pasado muchos años, es un recuerdo que me une a ella.
—Es cierto, le tengo mucho cariño.
—Te enviaré la aplicación para viajar en el tiempo.
—¿Tan sencillo como eso? ¿Una aplicación?
—Sí, el móvil ya tiene el hardware necesario, sólo hace falta un programa que sea capaz de hacer uso de dicho hardware —el Óscar del futuro procedió al envío—. Acepta e instala —su otro yo obedeció—. Ahora abre la aplicación, verás que muestra un selector de fecha separado en día, mes, año y hora. Puedes viajar en el tiempo a cualquier momento de la vida útil del teléfono, los límites estarán marcados en el selector de fecha disponible.
El Óscar del presente abrió la aplicación del tiempo y movió la rueda del año, llegando hasta el límite inferior. No le resultó demasiado curioso, ya que marcaba el 2012, año en el que Isabel le regaló el teléfono. Acto seguido, movió la rueda hasta el límite superior, llegando hasta el 2055.
—Sí —afirmó el Óscar del futuro adivinándole el pensamiento—. Es la fecha de nuestra muerte, nos incinerarán junto al teléfono —un escalofrío recorrió el cuerpo de ambos, como si hubieran metido a la vez los dedos en idéntico enchufe—. Has de tener en cuenta otros puntos muy importantes: todo lo que hagas en un viaje a través del tiempo alterará permanentemente el futuro. Si se estropea el móvil seguramente sea imposible de arreglar, imposibilitándose su funcionamiento temporal para siempre. Y algo muy importante —el del futuro remarcó las palabras siguientes—. Antes de viajar en el tiempo has de asegurarte de que la carga del móvil esté lo más completa posible, porque te quedarías a medio viaje en el caso de que se agotara.
—¿Cuánto consume habitualmente un viaje en el tiempo?
—Más o menos el cuarenta por ciento de la batería, depende de la distancia en años que recorras. También has de tener en cuenta su salud, ya sabes que las baterías se estropean y hay veces que no muestran su capacidad real.
—Entendido.
—Has de seleccionar la fecha, la hora y pulsar sobre el botón de viajar, aparecerás en el sitio donde se encuentre el teléfono en el momento marcado, sea cual sea.
—Por eso antes has aparecido en el sofá —recordó el Óscar del presente como si aquello hubiera sucedido horas atrás—.
—Exacto.
—Vale, creo que lo he entendido todo —el del presente asentó los conocimientos mientras observaba la hora, comprobando que su cita con Isabel estaba muy cerca—. Tengo que marcharme, y aún no sé qué voy a decirle.
—Lo que sientes. Sinceramente.
Y eso fue lo que dijo. Tras los preparativos para la cita con Isabel y después de sentarse en la misma mesa con ella, el Óscar del presente expresó una a una sus emociones, puestas de manifiesto tras la visita de su otro yo. La chica se sorprendió gratamente, sonriendo primero para ponerse a llorar después, confesando entre sollozos lo mucho que se había equivocado al creer que su pareja era superficial y sin conciencia de futuro, alegrándose de dicha equivocación. Y mientras los dos se confesaban sentimientos, el otro Óscar les observaba desde una mesa alejada y próxima a los baños, sintiendo que por fin su vida merecía la pena. ¿Habría alejado a la soledad para siempre? Era pronto para saberlo, aunque sólo necesitaba un gesto para comprobarlo. Se levantó de la mesa echando una última mirada a la emocionada pareja, se adentró dentro de los servicios y comprobó que no había nadie haciendo sus necesidades. Sacó el móvil del bolsillo, lo encendió y procedió a arrancar la aplicación para viajar en el tiempo, buscando el 2017, su presente. Aunque primero comprobó que la rueda llegara hasta el 2055, por pura curiosidad, topándose de lleno con una alteración que no esperaba: el año límite se encontraba en el 2022, treinta y tres años antes de lo esperado. “¿Y esto?”, se preguntó nervioso Óscar. “No puede ser, se ha acortado más de treinta años la vida útil del teléfono”. Aunque pronto se dio de bruces con el hecho asociado. “¿¡Muero más de treinta años antes!?”. Aquello era demasiado trascendental como para obviarlo, así que sólo podía hacer una cosa: comprobar personalmente la razón de aquel adelanto. Tanto si sólo era el teléfono quien moría como si lo hacía en conjunción con Óscar, necesitaba averiguar el porqué y, sobre todo, alargar los años cuanto pudiera, por lo que seleccionó el máximo en años mientras hacía lo propio en las horas, retrocediendo estas últimas en dos para tener opción a solucionar cualquier problema. Pero entonces cayó en la cuenta de otro asunto, con el que no había contado en la preparación del precipitado plan: apenas le quedaba un cincuenta y dos por ciento de batería, por lo que esto ponía en serio riesgo el salto en el tiempo. “A ver”, recapituló Óscar. “He hecho dos viajes, y uno de sólo un minuto. Teniendo en cuenta que no son ni diez años contando desde ahora… yo diría que no debo de tener ningún peligro si viajo al futuro”. El dedo pulgar levitó a apenas dos milímetros del botón de viajar, sin decidirse. “Sí, seguro que llego sin problemas, he de saber el porqué del recorte de fecha”. Respiró hondo, exhaló sonoramente todo el aire que pudo y pulsó el botón, justo antes de que se abriera la puerta del baño.

—¿Qué haces aquí?
Esta vez fueron los dos Óscar quienes se mostraron sorprendidos, aunque no había ni rastro de temor en ninguno.
—¿Dónde estoy? —Preguntó el Óscar recién aparecido—. ¿Qué año es?
—¿No te parece que soy yo el que debe de preguntar primero? —Respondió su otro yo mientras le miraba con gesto enfadado—. ¿Se puede saber qué haces aquí? Isabel se casó conmigo, y ambos somos muy felices, no tenías porqué volver.
—¿Qué año es este? —Repitió el viajero en el tiempo—. ¿Es el 2022?
—No, el 2015.
—Algo ha pasado…
El Óscar del futuro trató de encender el teléfono, sin que mostrara signos de vida. Por lo que supuso, debió de quedarse sin batería a medio viaje, siendo inexplicable el hecho de haber avanzado sólo dos años con todo lo que aún le quedaba por gastar. Aun así, no tenía más remedio que resignarse, así que procedió a pedirle el cargador a su otro yo.
—Tienes que largarte de aquí —recibió como respuesta—. Si Isabel nos ve juntos, ¿cómo se lo vamos a explicar? Puedes irte despidiendo de ella.
—Tienes razón, tienes razón… —el Óscar del futuro recompuso sus pensamientos—. Se me ha debido de acabar la batería mientras viajaba al futuro.
—¿Al año en que vives?
—No, al año máximo que permite el teléfono —la cara de su yo del presente adoptó un gesto de incomprensión, por lo que Óscar pasó a explicarse—. Algo pasó cuando hablé contigo, el tiempo máximo para los viajes se redujo en más de treinta años.
—¿Cambiamos el futuro?
—Eso parece.
—Es imposible… —el Óscar del presente sacó su propio móvil del bolsillo, encendiendo la pantalla. Esta sí respondió—. A ver… Sí, la fecha máxima ha cambiado.
—Para dentro de siete años, ¿verdad?
—No, para este año —su yo del futuro le arrebató el teléfono, comprobando que no mentía—. ¿Qué día pone?
—El veinte de enero.
—¡Es hoy!
—Sólo puedo mover la rueda hasta dentro de dos minutos —dijo el Óscar del futuro comprobando una y otra vez que no había ningún error—. Hemos vuelto a cambiar el tiempo…
—¿Pero qué es lo que ha ocurrido?
—No tengo ni idea —respondió el viajero devolviendo el móvil a su dueño—. Pero apenas tenemos tiempo para descubrirlo.
—¿Por qué?
—La vida útil del teléfono se agota, algo está a punto de pasar.
Tan absortos estaban en sus pensamientos que no escucharon la puerta de la casa ni cómo Isabel se adentró por el pasillo hasta donde ellos se encontraban, ignorando que ya no eran dos los presentes en el comedor. La chica, sin creérselo, se frotó los ojos tras ver a dos gemelos que siempre habían sido una sola persona, parpadeando repetidamente sin que aquella imagen duplicada desapareciera. Entonces, espoleada por la incomprensión y por una furia que le creció súbitamente en el pecho, procedió a coger aire para sorprender a los dos Óscar, poniendo dicha furia en el grito.
—¿¡QUÉ PASA AQUÍ!?
El susto fue mayúsculo. Ambos Óscar dieron un respingo tal que estuvieron a punto de despegar del suelo, absorbiendo la sorpresa de maneras diferentes. Mientras que el del futuro simplemente se alteró sin mostrar evidencias físicas, el del presente sufrió un espasmo nervioso que le obligó a soltar lo que sostenía en la mano, lanzando el teléfono por los aires y yendo este a parar, tras una parábola perfecta, de lleno contra el suelo, saltando en varios pedazos como si estuviera fabricado con las piezas de un juego infantil de construcción. Los dos Óscar observaron los restos horrorizados, siendo sólo una parte del desastre completo. Y es que el teléfono que aún estaba intacto, el que sostenía el Óscar del futuro, desapareció en sus manos como si se hubiera trasladado a una época distinta, desdibujándose en pequeños cuadrados hasta fusionarse en uno grande y único para explosionar y volatilizarse, llevándose con él cualquier posibilidad de devolver al dueño a su época.

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