No podía despedir el año sin colgar el último relato sobre móviles de este 2014. ¿Qué os ha parecido esta sección? Intermitente, no hay mejor manera de definirla. Aunque, al menos, creo que atesora los suficientes relatos como para entretenerse durante unas cuantas horas. De humor, con menos gracia (es lo que tiene que los escriba yo), de misterio, alguno guiado por el estilo thriller… Y también plagados de melancolía. Porque la Navidad es un contraste en sí misma: invita a la sonrisa y también a la lágrima, dañando el corazón de aquellos que más compañía necesitan. Como ocurre con nuestro protagonista, claro. Venga, ya tenéis listo el último relato de 2014: que lo disfrutéis.

El teléfono sonará aunque no quieras responder

Relato: El teléfono sonará aunque no quieras responder

Hay silencios que envuelven más que otros, existiendo algunos que, encima, terminan ahogando a pesar de que por ellos circule el aire con total libertad. Ausencia de sonido, de interacción, pensamientos que son capaces de escucharse si se agudiza el oído y tristezas que, igual que haría un camaleón de dibujos animados, mimetizan su piel para adaptarse al frío y lánguido entorno que las arropa. ¿Qué se puede hacer ante tal panorama? Sumergirse en el pozo que se abre ante los pies del que no desea más que dejarse arrastrar por la melancolía, sintiendo en el estómago la aceleración de la caída libre a pesar de seguir sentado incómodamente sobre la silla.

“¡Riiinnnnggg!”

¿Por qué seguiría con ese tono? Imposible saberlo. O sí: tenía tan pocas ganas de cualquier cosa que incluso cambiar la melodía de llamada suponía un esfuerzo superior al que podía permitirse. Además, ¿quién iba a llamarle? Sea quien fuese el remitente de aquel timbre, se habría equivocado. Seguro: el móvil no sonaría más de un tono.

“¡Riiinnnnggg!”

Por más que pudiera pensarse lo contrario, existen silencios tan densos que incluso una estridencia se ve sepultada bajo el peso de la insonoridad, quedando diluida en el ambiente igual que lo haría una nube de perfume en cualquier pocilga. ¿Tendría la fuerza suficiente como para agarrar el teléfono y ver quién llamaba? Antes prefería perder el brazo a estirarlo, tal era el nivel de apatía que dominaba sus actos. Aunque claro, si el móvil sonase una tercera vez…

“¡Riiinnnnggg!”

Él levantó la cabeza, irguió el cuerpo, alzó las posaderas justo unos centímetros y, estirando el brazo igual que lo haría un preso a través de los barrotes para alcanzar las llaves cercanas, logró tocar con la punta de los dedos el cuerpo del teléfono. Se estiró un poco más, sintió la vibración del aparato removiéndole las falanges, consiguió el agarre suficiente para arrastrar hacia sí el dispositivo y, justo cuando la pantalla quedó a la vista, descubriendo con ello el identificador de la llamada, un escalofrío le recorrió el cuerpo paralizando en seco todos sus músculos. Y dejándole con una postura tan cómica que hubiera despertado las risas de todo aquel que hubiera logrado verle. “¿Quién querría eso?”, se preguntó. “¿Ella?”.

“¡Riiinnnnggg!”

Estaba claro que ella le llamaba por alguna razón: el móvil ya había sonado cuatro veces. Cuatro, él las había contado incluso aunque no les prestase atención en un inicio. Y ahora, sintiendo el temor por que no sonase una quinta, puso su cerebro a trabajar en pos de los posibles motivos de la llamada. ¿Quería decirle algo importante? Imposible, ya se lo habían dicho todo en la amarga despedida. Amarga, muy amarga. Tanto, que aún sentía las punzadas de dolor con sólo imaginarla. Pero ¿realmente era dolor lo que ahora sentía? No, la esperanza se había escapado del recóndito lugar al que se había visto recluida amenazando con llevar de nuevo las riendas de los sentimientos. Aunque, no tan deprisa… ¿Para qué le llamaba? “Piensa, piensa. Tienes que darle una respuesta coherente cuando respondas”. Mientras su cerebro funcionaba al mismo ritmo que una central eléctrica en el peor día de invierno, y la tristeza se evaporaba junto con el silencio, los dedos dejaron de acariciar el teléfono para asirlo en toda su amplitud.

“¡Riiinnnnggg!”

Cinco tonos y ella aún no había desistido, eso quería decir algo. “¿Pero qué?”. Él deseó escuchar unas palabras de reencuentro, quiso recuperar la ilusión en una Navidad que le había desprovisto de todo ánimo, se emocionó con la voz de ella mucho antes de escucharla a través de la distancia… Pero fue incapaz de deslizar el dedo para responder. Y tampoco sonó un sexto tono: dando por terminada la llamada, el número se borró de la pantalla quedando como único vestigio del mismo un icono de teléfono en la barra de notificaciones. Y un sueño roto en el corazón de quien sostenía el móvil, regresando a las catacumbas de su desánimo con la intención de quedarse allí por el resto de Navidad. Igual que el silencio, que volvió más furioso que nunca del momentáneo destierro.

“¡Riiinnnnggg!”

Imposible, estaba sonando otra vez. Él miró de nuevo la pantalla, reconoció al momento el remitente, alejó a todos sus fantasmas emocionales con la eficacia de una brigada Cazafantasmas y contestó. Sí, deslizó el dedo por la pantalla sin titubear para después acercarse el móvil a la oreja. Y escuchó la voz que le trajo de nuevo a la vida.

—Antes de que digas nada, ¿quieres quedar conmigo esta Nochevieja?

Relato: El teléfono sonará aunque no quieras responder

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